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-11*.- ■
/•^
ESTRELLA
OBRAS COMPLETAS
ESTRELLA
OBRAS COMPLETAS
\
COPYSIGHT BY
GRRGORIO MAKTfNBS SIERRA, 1920
CONCESIONARIO EXCLUSIVO PARALAVBNTA.
EDITORIAL «SATURNINO CALLEJA», S. A.
CALLE DE VALENCIA, 28^**-MADRID
>
ES PROPIEDAD
Cebñ
-.^-
COPYRIGHT BY G. MARTÍNEZ SIERRA, ItaO
CONCfiSIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA:
EDITORIAL «SATURNINO CALLEJA», S. A,
CALLE DE VALENCIA, 28. — MADRID
nc
PRÓLOGO
^,
eñoras mias, mujeres de España: Estamos en
Abril de 1920, Oficialmente, hace mus de año y
medio que terminó la guerra; pero, efectiva-
mente, sigue la humanidad en lucha. Aquella gran
pelea de naciones, provocada por egoísmos, incons-
ciencias j imperialismos desesperados y desafora-
dos militarism^os, ha hecho de tal modo añicos to-
das las normas embusteras de una civilización ar-
tificial, que en este instante la humanidad no tiene,
en realidad, sostén formal a que acogerse. Destro-
zada la ley por la misma codicia de sus defensores,
se ha visto cómo en la mayoría de los casos no era
sino una justificación oficial de la injusticia, ¡y
está el m.undo tan harto de sufrir, que sólo por el
' reino de la justicia clamaJ,,. Pero, como el mendi-
go del drama de Ghrki, aunque ha oído hablar de
742694
PROLOGO
«2a tierra justa* y por ella suspira, aún ignora el
camino que a ella conduce, y por eso va en agita-
ción, aZ parecer insensata, dándose de cabeza por
las paredes, buscando la salida y el •camino real*.
Digo coZ parecer insensata* porque esta agitación
delirante es al cabo la mayor sensatez. Cuando se
nos han cerrado sistemáticamente las buenas sali--
das, es preciso buscarlas •legamente, con violen-
cia, fiados del instinto, guiados del deseo... Asi el
mundo, y en especial Europa, donde él ^tdolor de
la civilización» hoMa llegado a ser más intolera--
ble, busca, tantea, se hiere el rostro, las manos,
el corazón...: ¡pero haUaráJ, porque — es palabra
divina — €¡todo el que busca, haüal^
T en esta agitación del mundo entero las mujeres
ponen el fermento apasionado y firme de su pie-
dad. Su voz de m^adres de la raza está empezando a
dictar los capítulos de la Nueva Ley. Hasta España
ha Uegado más que un eco del grito universal feme-
nino. Un intento, fracasado, pero no estéril, ha de-
rramado la buena semilla. Se ha tratado de cele-
brar en Madrid él VIII Congreso de la Alianza
Internacional para el Sufragio femenino. Falta de
preparación y sobra de prejuicios no han permitido
que él proyecto sea realidad; pero ustedes, mujeres
de España, unas cuantas, por primera vez, han en-
8
P R o L o G o
trado (McHvamente en el movimiento mundial, ¡^
parecen ustedes decididas a integrar su apasiona-
miento de españolas en la corriente universal. ¡Ade-
lante! ¡Stlquennos ustedes de España al mundof
¡Hagan ustedes cesar este aislamiento peninsular en
que los hombres hemos aherrojado a nuestra pa-
tria triste! ¡Sean ustedes las conservadoras^ las
derechistas de nacimiento, las que acaben con el
ape^rtamiento suicida en que han sumido a esta
tierra infeliz sus Oobiemos, tantas veces liberales!
¡Adelante^ señoras!
Con esta ocasión, y para dar a ustedes un poco
de ánimo, si acaso le fian menester, me ha pareci-
do interesante reunir en volumen unas cuantas
opiniones, resultado de una •encuesta» o inves-
tigcudón que hice hace ya tres añosj en Abril de
1917. Apuntaban entonces las gloriosas victorias del
feminismo militante; empezaban los pueblos a reco^
nacer el valor eficaz del factor •mujer» para la go-
bemacián de los Estados y el arreglo total de la
vida; yo, pensando que la corriente de progreso no
podia míenos de llegar a España ^nás tarde o más
temprano, pregunté a los intelectuales españoles:
¿Qué piensan ustedes acerca del problema feminis-
tat Muchos se abstuvieron de responder, otros res^
pondieron vacilantes, pero bastantes dieron con
9
I
PROLOGO
toda lealtad eu parecer, Y como el problema, aun-
que plenamente resuelto ya en otras naciones, si-
{fue siendo el mismo en España, y como los que
respondieron tampoco han cambiado, ofrezco hoy
u ustedes sus respuestas como tema de meditación
y motivo de aliento y esperanza,
G, M. 8,
-»'».
I
EL FEMINISMO Y LA ESPAÑA QUE PIENSA
ABRIL, 1917,
SEÑORAS mías: Si leen ustedes periódicos,
habrán encontrado estos días, entre las noti-
cias de la guerra, formando parte de ellas, dos in-
teresantísimas y de honda significación para la
causa feminista, a saber:
Primera. En Inglaterra, dos hombres de Go-
bierno, Lloyd George y Asquith, feminista el uno
desde siempre, antiíeminista el otro hasta ahora
mismo, se unen para proclamar que la mujer in-
glesa, gracias a su heroísmo cívico, ha demostra-
do con su esfuerzo y competencia, durante estos
largos meses de prueba, que es tan útil como el
hombre para la vida de la Patria, y que, por lo
tanto, no hay derecho a negarle por más tiempo
la participación absoluta en el Gobierno de la na-
ción. En la próxima legislatura quedará, sin duda,
consignada la igualdad en derechos políticos para
11
G. MARTÍNEZ SIERRA
,u^, ^ — . ^.^^
todo citidacianó inglés, sin distinción de sexos.
Se^^jridá. El nuevo Gobierno mso, al derro-
carlas viejas tiranías y afirmar la voluntad na-
cional como única soberanía legitima para el Go-
bierno de la nación, proclanla que no hace dife-
rencia entre hombres y mujeres, y que, desde
luego, establece igualdad absoluta en derechos y
deberes civiles y políticos. Las mujeres rusas se-
ráp electoras y podrán ser elegidas para desempe-
ñar todos los cargos necesarios al buen gobierno
de la nación, incluso el de ministro. Rusia ha re-
conocido, como Inglaterra, que la igualdad en
competencia y la equivalencia en heroísmo bo-
rran toda diferencia de sexo en el derecho a go-
bernar la Patria, por la cual unos y otros están
igualmente dispuestos a sufrir y a morir.
.España, en la contienda actual, no ha sido lla-
mada a misión de heroísmo. Ya tiene derrochado
harto a través de los siglos, y acaso es ley de
vida que, en esta ocasión, calle y contemple. Por
lo mismo, sus mujeres no sienten, en la hora pre-
sente, el estímulo de un deber imperioso que las
obligue a los grandes esfuerzos y a los heroicos
sacrificios. Pero eso no quiere decir que su deber
de patriotismo no sea igual al de los hombres es-
pañoles. Hombres y mujeres españoles, en la
hora actual, podremos no estar obligados a dar la
vida por España; pero sí lo estamos a conseguir,
mediante el estricto cumplimiento del deber pa-
triótico, que en España se pueda vivir. La labor
de urgencia para todo español no es por ahora de
12
LA MUJER MODERNA
defensa, sino de construcción; y para esta labor,
que ha de ser intensa e incesante, creo que no es-
tará demás que se unan todas las fuerzas de que
pueda disponerse. Creo también que España en-
tera lo reconocerá así y no tardará de un modo o
de otro en hacer xm llamamiento a la buena vo-
luntad de sus mujeres, hoy por hoy alejadas, con
notable perjuicio para la comunidad, de toda in-
tervención en los asuntos de interés vital.
El feminismo triunfa gloriosamente fuera de
España, donde las mujeres lo han reclamado como
derecho y los hombres lo van otorgando como
justicia. En España no triunfará, sino que se im-
pondrá como deber a las mujeres, sin que ellas se
levanten a pedirlo, por llamamiento de los hom-
bres, convencidos de que han menester su ayuda
para salvar a España. Y como veo la inminencia
de esta intervención femenina en la vida nacio-
nal, he creído útil, casi necesario^ saber lo que
acerca de su posibilidad y utilidad piensa la alta
intelectualidad española. A este fin he dirigido a
las personas que verdaderamente meditan y que
por su situación y alta mentalidad me parecen
obligadas a preocuparse del porvenir de España,
el cuestionario siguiente:
— ¿Cree usted que en realidad existe oposición
esencial entre feminidad y feminismo, enten-
diendo por feminismo la igualdad de la mujer
y el hombre en derechos civiles y políticos, y,
por lo tanto^ la facultad de intervenir efectiva
y directamente en la vida de la nación?
13
G. MARTÍNEZ SIERRA
__ — — ■ — ^ ■— . . — — ■ ■ ■ ■ - - ■ ■
— ¿No piensa usted que^ puesto que la mujer
está sujeta a la ley con tan estricta sujeción como
el hombre, debe contribuir con él a jormarla?
'^¿No cree usted que la administración muni-
cipal es tarea esencialmente femenina?
— ¿No cree usted que la intervención de la mu*
jer en los negocios de Estado pondría en su fun-
cionamiento un elemento de moralidad y un sen-
tido práctico y constructivo de que en la actua-
lidad carece ?
— Ya que el triunfo del jeminismo en Euro-
pa—se quiera o no se quiera — es inevitable^
¿cuáles piensa usted que sean en España Zas
mejores medios de capacitar y preparar a la
mujer española para la nueva tarea que bien
pronto le -ha de incumbir, por ley ineludible del
progreso?
L<is respuestas han ido llegando, y desde aquí
doy las gracias a cuantos se han servido atender
a mi petición, un tanto indiscreta. Leyendo lo que
muchas grandes inteligencias españolas opinan en
esta cuestión, sabrán ustedes, señoras mías, a qué
atenerse respecto de la esperanza que la Patria ^
tiene puesta en la ajnda que ustedes puedan pres-
tarle; así despertarán a la evidencia de deberes
nuevos; así podrán ustedes prepararse y ajustar
sus fuerzas y su voluntad a la carga de desusadas
y graves responsabilidades.
¡Sutil y noble espíritu de la mujer de España,
que has permanecido tanto tiempo silencioso, por-
que el engaño de viejas rutinas te había hecho
u
LA MUJER MODERNA
creer que los únicos deberes íemeninos son el ca-
llar y el resignarse, aprende que hay una obliga-
ción más fuerte que la paciencia: la eficiencia!
Aprende que es mucho más grande hacer que pa-
decer. El sufrimiento estéril es fuerza perdida, y
el que no procura un bien, contribuye a que pros-
pere un mal. Ha pasado el tiempo, mujeres, de la
virtud pasiva. Hay que hacer algo para valer algo
y para tener derecho a vivir.
Esta predicación que yo os he hecho tantas ve-
ces, os la harán ahora desde estas páginas no po-
cos hombres, cuyas palabras estáis acostumbradas
a escuchar con admiración y aun reverencia. Los
que se muestran partidarios de vuestra causa os
predican el esfuerzo, por la fe que tienen en vos-
otras. Los enemigos os le predican también, y no
menos elocuentemente, con la misma desconfianza
que hacia vosotras sienten. Tanto os debe inipulsar
a haceros dignas de intervenir en los destinos de la
Patria el que los hombres os tengan por sus igua-
les, como el que os consideren sus inferiores. A
unos por agradecimiento, a otros por noble orgu-
llo, estáis obligadas a demostrarles que sois su
equivalente en cuanto fuerza nacional. ¡A traba-
jar, pues, señoras mías, no tanto por conquistar
la austera eminencia, como por merecerla, porque
el merecerla es el mejor medio de lograrla!
V
II
LA POLÍTICA, QUE, EN RESUMIDAS CUENTAS,
ES EL BUEN GOBIERNO DE UNA CASA GRAN-
DE, DEBE SER NEGOCIO EXCLUSIVAMENTE
FEMENINO
LBS sorprende a ustedes la afirmación rotunda
que sirve de título al presente artículo? La po-
lítica es negocio exclusivaptente femenino. La
opinión no es mía, aunque estoy muy cerca de
compartirla en absoluto. El pensador ilustre que
la da, en respuesta a nuestro cuestionario, es uno
de los novelistas favoritos de ustedes— y mío, por
supuesto—: el autor de Marta y Maria^ de La
alegria del capitán Ribot^ de La aldea perdida;
Armando Palacio Valdés, en una palabra.
Dice así:
«Mi feminismo es ultra-radical. No sólo pienso
que la mujer es apta para la política, sino que
estoy persuadido de que es más apta que el hom-
bre. Aún m^s: estoy seguro de que, tarde* o tem-
17
2
G. MARTÍNEZ SIERRA
prano, todos los fines adjetivos de la vida social
caerán en sus manos,
» Ahora debo confesarle que en ninguna parte,
y menos en España, la mujer está preparada
para cumplir estos fines. Vivirán y desaparece-
rán algunas generaciones antes que se borren del
alma femenina las huellas de la esclavitud en que
la hemos tenido.
» Ya sé que se quiere cohonestar esta esclavi-
tud con el famoso cliché de € Ángel del hogar».
Esto no es más que dorarle la pildora. Si son án-
geles, deben volar y no vivir encerradas como
odaliscas. Son la mitad del género humano y de-
ben contribuir por mitad a la realización de nues-
tro destino,
•¿Cuáles son los mejores medios de capacitar y
preparar a la mujer española para el cumplimien-
to de su tarea?
»Por lo pronto, ennoblecerla, dándole con el
voto participación en la vida política; que sean
electoras ypuedan ser elegidas representantes de
la nación; después, hacerles asequibles por oposi-
ción las cátedras de las Universidades e Institutos;
después, darles entrada en el Jurado para fallar de
la responsabilidad criminal de los acusados; des-
pués, crear Juntas de prisiones, compuesta's ex-
clusivamente d^pmujeres, para la inspección y vi-
gilancia de los establecimientos penales; por úl-
timo, cuando haya un número suficiente de abo-
gados entre ellas, dejarles abiertas también las
carreras de la Judicatura y la Administración.
18
LA MUJER MODERNA
ͻPero antes, mucho antes que todo esto, ense-
ñar a los hombres a que tributen a la mujer el
debido respeto, no ese respeto galante, sonriente,
irónico con que hoy disfrazamos nuestro desdén,
sino el leal y sincero con que debemos honrar a
los seres sobre los cuales descansa la justicia y la
moralidad en la sociedad. Mientras se dé el caso
(único ya, por fortuna, en el mundo) de que nues-
tras mujeres sean ultrajadas de palabra en las
calles por chulos y señoritos chulos sin que la
autoridad intervenga, no hay que pensar en que
prosperen otras reformas trascendentales.»
¿Han leído ustedes un libro interesantísimo de
este mismo autor? Lleva por título Los papeles
del doctor Angélico. Entre sus muy sabrosas pá-
ginas hay unas cuantas que forman un ensayo:
«El Gobierno de las mujeres». En él, a la manera
de los diálogos platónicos, es decir, mezclando la
doctrina en una leve acción, que dramatiza e in-
tensifica el «tema», el autor ha expresado sus
ideas sobre esta debatida cuestión. ¿Deben go-
bernar el mundo los hombres o las mujeres, o las
mujeres y los hombres? Y la respuesta, inespera-
da por ultrafeminista, es ésta: Resueltamente, la
mujer ha nacido para gobernar, que es oficio hu-
milde, pero ajustado a sus capacidades. Intervie-
nen en el saladísimo y substanciosísimo diálogo
varios hombres y una mujer, y poco a poco, entre
bromas, paradojas, donosas ocurrencias y algún
19
G. MARTÍNEZ SIERRA
que otro atisbo de emocionada seriedad, se va
pasando revista a todos los argumentos antifemi-
nistas y acabando con ellos airosamente^ La
dama es escritora de oficio, y, sin embargo, no
cree en la capacidad de la mujer para las bellas
letras; tampoco piensa que las artes plásticas ni
la música sean campo dispuesto para que ella lo-
gre resonantes victorias; no reconoce la excelen-
cia femenina en las labores llamadas domésticas;
los grandes bordadores de los siglos pretéritos,
hombres eran; los grandes modistos y cocineros,
hombres son... En cambio, la política, el gobier-
no, «el arte de relacionarse sin perjudicarse», el
arte de encontrar las soluciones justas y de dis-
cernir los motivos de las acciones, es decir, la
magistratura, el arte de administrar fondos y or-
denar gastos, femeninos son y a manos de mujer
deben encomendarse. Sueñe el hombre, cree en
las altas regiones de la ci^icia, de la investiga-
ción, de la elevada inspiración, libre del tráfago
molesto de defender lo justo y de atender al diario
conflicto de la vida mezquina. Arregle la mujer
el mundo para él como arregla el hogar. Para
él, la creación de riqueza material y espiritual^
para ella, la administración de la riqueza por él
creada, es decir, el gobierno. Y no porque ella
sea más débil de inteligencia que el hombre, sino
porque, poseyendo la misma fortaleza, es de ma-
tiz distinto y habilitada para funciones dife*-
rentes.
Claro es que a los hombres que en él ensayo
20
LA MUJER MODERNA
discuten con la dama les escandalizan sus teorías
y las discuten acaloradamente.
Transcribo para ustedes unas cuantas páginas
del precioso ensayo. Como verán ustedes, su
esencia es ésta: «El hombre es principalmente un
ser intelectual; la mujer, un ser moral. Por tanto,
la dirección de las costumbres y Ja política, a ella
deben ser encomendadas.»
Esto, que en un momento ha podido acaso pa-
recer paradoja, a la luz de los actuajies aconteci-
mientos se ve como verdad bastante clara. Lo
que las mujeres de Europa han hecho durante los
años de guerra; lo que las de Norte-América
se disponen a hacer; los trabajos de organización
que desde meses antes de declararse la guerra
entre los Estados Unidos y Alemania ha reali-
zado la Federación General de Club de mujeres,
en previsión del acontecimiento; el valor con que
se declaran dispuestas a tomar sobre sus hombros
la inevitable carga del servicio nacional; la natu-
ralidad con que han salido de la pequeña esfera
del hogar y han afrontado las nuevas responsabi-
lidades, y, sobre todo, la perfecta eficiencia que
demuestran para libertar a los hombres de la
preocupación material, mientras ellos luchan por
intereses que les parecen más altos, todo ello ha-
bla elocuentemente en favor de la capacidad go-
bernadora, organizadora y administradora de la
mujer.
III
EL GOBIERNO DE LAS MUJERES
i FRAGMENTOS
DE ARMANDO PALACIO VALDÉS
EL Arte no ha sido, ni es, ni será jamás, patri-
monio de la mujer. Se supone que, siendo la
sensibilidad la propieded más desarrollada en el
ser femenino, está llamada la mujer al cultivo del
arte. Es un profundo error, desmentido por la
historia del género humano. ¿Dónde está el Sha-
kespeare, el Dante, el Cervantes 8 el Goethe
íenaenino? ¿Dónde está el Miguel Ángel, el Rem-
brandt, el Tiziano? Se citan algunas rarísimas
excepciones: Safo, por ejemplo. Ignoramos el mé-
rito de Safo. Hay que creer en él bajo la fe de las
tradiciones, no siempre dignas descrédito. Los
fragmentos que de ella se conservan no me pa-
rece que tienen gran valor; son gritos eróticos
23
G. MARTÍNEZ SIERRA
más que sana e inspirada poesía. En cambio, co-
nocemos perfectamente a las literatas de nuestros
tiempos...
—¿Y qué? Madame Stael. . . '
—Madáme Stael... Toda la obra literaria de
madame Stael es de reflejo, y hoy la encontra-
mos de una afectación insoportable. ¿Quién lee
actualmente la Delfina y la Cqrina? Su talento
era muy grande, pero de un orden distinto.
—Y madame Sand.
— Un buen estilista que no ha producido obras
duraderas. Sus novelas son declamatorias, inve-
rosímiles, sin caracteres y sin interés. Tampoco
se leen actualmente.
— ¡Qué dureza, doña Carmen!
— Eso mismo exclamaba Camila Selden oyendo
a Enrique Heine llamar a la autora de Indiana
•bas bleui^, a lo cual replicó el gran poeta son-
riendo: «Bueno, bas rouge^ si usted lo prefie-
re». El talento de Jorge Sand era inmenso tam-
bién; pero, lo mismo que el de madame Stael ,
era má$adecuado a otra cosa que a la literatu-
ra... Pero, en fin, aun concediendo que lo fue.
se, ¿cuántosnombres de artistas femeninos puede
usted citarme? ¿Qué originalidad ha ofrecido su
talento?
—Observe usted que la mujer no ha tenido ja-
más una educación adecuada para que sus facul-
tades intelectuales y sus aptitudes artísticas se
desenvolviesen. Se la ha obligado a vivir aparta-
da de la alta cultura intelectual.
24
LA MUJER MODERNA
— Sí, esees el razonamiento de Stuart Mili.
Para mí tiene poco valor. Cierto que hasta ahora
no se ha dado a la mujer ana educación literaria
y artística; pero muchos de los grandes poetas
que el mundo admira tampoco la han tenido.
Cuando el alma está preparada para beber, con
pocas gotas basta. Además, advierta usted que
en la antigüedad, y también en la Edad Media,
h^n existido mujeres muy instruidas, tanto en
filosofía como en literatura. ¿Por qué, pues, si
encontramos en todas las épocas mujeres sabias,
no se cita entre ellas poetas inspirados o filósoíos
originales?... Por lo demás, usted sabe perfecta-
mente que, desde hace ya mucho tiempo, a la
mujer se le da una educación intelectual seme-
jante a la del hombre, y en cuanto a la artística,
más esmerada aún. Apenas hay niña bien educa-
da a quien no se enseñe la música, el dibujo, la
pintura, y a algunas la escultura también. ¿Pien-
sa usted que si naciese entre nosotras un Beetho-
vén o un Rossini, se contentarían con teclear el
piano o sacudir las cuerdas del arpa? Escribirían,
como es justo, óperas y sinfonías. En todo el si-
glo XIX a la mujer no le ha faltado pluma y pa-
pel. Si nú ha escrito Las noches, de Musset, Las
meditaciones, de Lamartine, ni las Leyendas, de
Zorrilla, es porque no ha podido.
— Quizás exista, doña Carmen, una razón meta-
física para ello. Así como el conocimiento puede
conocerlo todo, menos a sí mismo, de igual modo
la actividad de la mujer se puede aplicar a cual-
25
G. MARTÍNEZ SIERRA
quier cosa, menos a la poesía, porque ella misma
es la poesía. La mujer es la primera materia para
el trabajo poético. ¿No parece absurdo que actúe
de poeta? Es como si un paisaje se pusiese a hacer
el boceto del pintor.
—Bueno— replicó doña Carmen riendo—, esos
piropos metafísicos no me los diga usted a mí. Dé-
jelos para las jóvenes y hermosas. ..
• f**>*.< ■••••••••*•••.«•*•••• ••••••••••••*•••
— Acá en Europa las mujeres tenemos otras co-
sas más serías que hacer.
—Pero, en fin — apunté yo—; si la mujer no tie-
ne capacidad para las artes bellas y la poesía... ^
—Puede usted darlo por seguro. La mujer es un
ser esencialmente prosaico— internmipió dofLa
Carmen.
—¡Cómo! ¡Cómo! ... Eso que está usted diciendo
es una abominable herejía— exclamó don Sini-
baldo.
—Es una verdad que todo el mundo puede com-
probar. En el fondo, a la mujer le interesan poco o
nada las bellezas de la Naturaleza o del Arte.
Cuando se encuentra frente a un paisaje, o una
estatua, o im cuadro, hace lo que puede por en-
tusiasmarse; pero no lo consigue, y sus alabanzas
suenan a falso. {Cuan diferente su actitud estu-
diada y frivola de la profunda emoción que se
advierte en los hombres!
—Pues, querida amiga, yo he observado siem-
pre que las mujeres se conmueven en el teatro
más fuertemente que los hombres.
26
LA MUJER MODERNA
— No es la belleza lo que las conmueve, sino el
piíncipio moral, más o menos humillado o ame-
nazado en el curso de la obra. De aquí que las
mujeres lloren más con los melodramas que con
los dramas, con las antiguas novelas sentimenta-
les que con las realistas de ahora. Crean ustedes
que las bellezas de una obra de arte, sus propor-
ciones, su elegancia, su pureza de dicción, no le
importan. Lo que le tiene con muchísimo cuidado
son los eclipses pasajeros que la bondad y la jus-
ticia experimentan en ella.
— Acaso esté en lo cierto—dijo en tono concen-
trado don Sinibaldo.
— Eso es otra cosa. Yo no quiero discutir ahora
la primacía de la bondad sobre la belleza: sólo
hago constar un hecho.
— Pero, en fin — dije yo, volviendo a la carga—,
si la mujer no tiene capacidad para las artes be-
llas, la tiene muy grande para las artes útiles .
Esas labores tan necesarias en las casas, el arre-
glo y la comodidad del nido, a ella está encomen-
dado. ¿Qué sería de nosotros si las mujeres no se
encargasen de coser, de planchar, de bordar
nuestra ropa, de mantener en orden y dignidad
nuestra vivienda?
— ¿Qué sería de ustedes?... Pues lo pasarían a
las mil maravillas, porque los hombres cosen, y
planchan, y bordan, y guisan, y limpian, y lavan
mejor que las mujeres. No hay oficio de los enco-
mendados ordinariamente a la mujer que el hom-
bre no llegue a poseer con mayor perfección.
27
G. MARTÍNEZ SIERRA
Hasta en la confección de los mismos trajes feme-
ninos nos aventajan. Ya saben ustedes que las
grandes modistas de París no son modistas, sino
modistos.
Pareja soltó una estridente y pedagógica car-
cajada.
—No cabe duda: nuestra insigne poetisa odia ^^
su propio sexo, y no le encomienda otro empleo
que el de la perpetuidad de la especie.
— Pues sí cabe duda, amigo Pareja— replicó
doña Carmen un poco picada — . Su profunda in-
tuición en este caso ha hecho quiebra. No sólo
amo a mi sexo, sino que su suerte futura es mi
constante preocupación desde que he renunciado
a la literatura.
— Pero si no sirve para nada, ¿qué quiere usted
que hagan los hombres con ese sexo más que per-
petuar la especie?
— Yo ño he dicho que no sirviese para nada.
—No tiene aptitud para las ciencias, para la
literatura y las artes; no la tiene tampoco para la
industria, ni aun para los menesteres de la casa.
¿Qué clase de ta;rea quiere usted encomendar a la
mujer?
— Una sola, pero muy importante.
—¿Cuál?
—La política. No se asusten ustedes... ¿Qué es
la política en el fondo? El arte de relacionarse los
hombres unos con otros sin perjudicarse. Pues yo
sostengo que este arte lo conoce la mujer por
intuición mejor que el hombre.
28
LA MUJBR MODERNA
— ¡Oh, Carmita!— -exclamídonSinibaldo— , Me
es imposible suponer que habla usted en serio. La
mujer, por su naturaleza, por la historia del gé-
nero humano, por las palabras de las Santas Es-
crituras, por la opinión de los Santos Padres y la
de los grandes filósofos que la Humanidad res-
peta, es un ser subordinado, se halla destinado a
obedecer, y no a mandar.
— Pues yo creo todo lo contrario: que es el
hombre quien está destinado a obedecer... Y de
hecho así sucede en cuanto ustedes dejan de ser
bárbaros. Está ley natural convengo en que se ha
contrariado hasta ahora casi sistemáticamente,
pero es una ley; y asi que se apartan los obstácu-
los que se oponen a su libre funcionamiento, se
pone en marcha de nuevo.
— No se ofendei'á usted, Carmitá, si le digo que
San Juan Damasceno afirma que «la mujer es una
muía traidora, una horrible tenia que busca su
guarida en el corazón del hombre».
— A mí no me ofenden las citas, me aburren.
— Y de que San Juan Crisólogo la llame fuente
del mal, autor del pecado, piedra del sepulcro,
puerta del infierno..., y San Gregorio el Magno
la niegue el sentido del bien.
— Tampoco.
—Platón, el divino Platón, tiene tan en poco el
sexo femenino, que trueca en mujer en la otra
vida al hombre que haya pecado en ésta.
— Platón ha dicho cosas muy sublimes, pero ha
dicho también enormes tonterías.
29
G. MARTÍNEZ SIEJ^RA
—Hablemos de los Santos Padres, a quienes
respeto más en estos asuntos de moral... Para mí
es absolutamente seguro que los Santos Padres,
al hablar en términos tan duros y despreciativos
de la mujer, sólo se referían a las mujeres que la
depravada sociedad griega y romana ofrecían a
su vista. Si hablasen en un sentido general, si sus
dardos acerados fuesen directamente al corazón
del sexo femenino, a la mitad del género humano^
se pondrían en abierta contradicción con el pensa-
miento y la doctrina del divino fundador del Cris-
tianismo. En el Evangelio la mujer es perdonada,
es respetada, es iniciada en los misterios de la
religión, sigue a Jesús como los hombres en sus
peregrinaciones, escucha sus palabras y las pro-
paga. Muerto Jesús, ella es la que se encarga de
revelar su gloriosa resurrección. Después..., des-
pués..., cuando llega el momento de confesar su
fe ante los verdugos, a pesar de su naturaleza
frágil y sensible, sufre crueles martirios con idén-
tico valor que los hombres, y sabe morir como
ellos. ¿Es posible que los Santos Padres, teniendo
en la memoria a las santas María Magdalena y
Verónica, a Santa Olimpia, a Santa Paula, a
Santa Mónica y a tantas otras sublimes mujeres,
hablasen de nuestro sexo con tanta ira? La Iglesia
católica no distingue entre santos y santas, y en
sus oficios celebra con igual veneración el día de
una humilde doncella que el de un sabio doctor.
Y, por fin, mi querido amigo, no olvide usted que
30
LA MUJER MODERNA
por encima de todos los santos la Iglesia ha co-
locado una mujer.
— I Sí, ya sabemos que el Catolicismo tiene una
diosa! — exclamó Pareja en un tono burlón, que
contrajo fuertemente el rostro de don Sinibaldp.
— Una diosa, no — repuso doña Carmen—. Eso
queda para la gentilidad. Dios es algo incompren-
sible e inefable que se halla a infinita distancia de
la separación de los sexos. Pero lo que la humana
inteligencia puede concebir de más puro y de más
excelente después de Dios, está encarnado en la
Virgen María, esto es, en una mujer.
— Considere usted, Carmita, que Dios ha hecho
a la mujer más débil de cuerpo y también dé in-
teligencia, indicándole con esto su papel subor-
dinado.
— Dios no la ha hecho más débil ni de cuerpo
ni de alma: han sido ustedes.
— ¡NosotrosI— exclamó don Sinibaldo, en el col-
mo de la estupefacción.
— I Sí, ustedes!... Dirija usted una mirada al
mundo de la animalidad, del cual, según se afir-
ma, proceden los seres humanos, cosa que yo no
discuto ahora. Si la subordinación de la hembra
al macho fuese una ley universal y esencial a la
separación de los. sexos, en este mundo debiéra-
mos encontrarla. Nada de eso acontece. En un
gran número de especies animales la hembra es
superior al macho por el tamaño y por la fuerza;
en otras es igual, en otras inferior, pero en nin.
guna el macho conádera a la hembra como su
31
G. MARTÍNEZ SIERRA
subordinada, sino que viven en un estado de per-
fecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y
maltratadas sistemáticamente; al contrarío, los
machos las ayudan, las protegen cuando necesitan
protección, las respetan, las miman y las seducen,
no por la fuerza, sino por la estética.
—Sin embargo, considere usted, mi buena ami-
ga—manifestó el señor De la Puente — , que ape-
nas aparece en la tierra la Humanidad, ^e inicia
esta subordinación.
^ —Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos
prehistóricos, necesitamos atenernos a las conje-
turas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo
animal podemos conjeturar que en la Huma^iidad
primitiva, tan próxima a él, debiera pasar algo
semejante. La mujer primitiva, por la agUidad y
por la fuerza, no debiera ceder mucho al hombre.
—Y entonces, ¿cómo explica usted su inferiori-
dad actual?
—No es otra cosa que una consecuencia de la
guerra. Mientras los hombres vivieron en paz...
— Pero ¿cree usted, señora, que los li^ombres
vívierdn alguna vez en paz? — pregtmté yo.
-—Sí que lo creo. Para mí ha existido en la his-
toria del género humano un largo período de ino-
cencia y de paz. Las tradiciones de todos los pue-
blos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras
así nos lo aseguran. El hombre ha comenzado por
ser fructívoro, y los animales fructívoros no se
pelean. Además, si, como la ciencia antropológica
afirma, la ontogenia no es otra cosa que un resu-
32
LA MUJER MODERNA
men de la philogenia, el género humano debió de
haber atravesado un largo período de infancia.
— iBravoI, ibravo! —gritó Pareja batiendo las
palmas— . Me siento inimdado de gozo al ver que
nuestra ilustre amiga, a la par que a las musas,
rinde culto a la ciencia contemporánea. Permí-
tame, sin embargo, hacerle observar que el pe-
ríodo de infaacia es un período de iniciación, y,
por tanto, deficiente e incompleto.
—¡Quién sabe!, quién sabe!— murmuró la poeti-
sa con melancolía — . Por lo pronto, fisiológica-
mente, el niño está más alejado del animal que el
hombre.
—De todos modos, mi querida amiga, es un
hecho demostrado que en los clans más rudimen-
tarios, aquellos que se han hallado en la Australia
y en la Papuasia, los cuales lindan estrechamente
con la animalidad, y que por su posición aislada
no han debido ser alterados por otras influencias,
la condición de la mujer es subordinada, y aun
puede decirse horriblemeate subordinada.
— ¡Los dans de la Australia y de la Papuasia!
Y ¿quién es capaz de demostrar que ése es el co-
mienzo del género humano? Como usted sabe me-
jor que yo, todo en este mundo evoluciona o cam-
bia, para bien o para mal, espontáneamente, por
virtud de una fuerza interior y automotora. Esos
clans pueden muy bien no ser los tipos primitivos
de la sociedad humana; pueden haber degenerado
y ser más bien residuos o excrecencias, tipos re-
zagados y no primitivos. Si la teoría de usted
33
G. MARTÍNEZ SIERRA
fuese exacta, como quiera que en la mayor parte
de las islas del Pacífico hemos hallado la antropo-
fagia, debemos deducir lógicamente que el hom-
bre ha empezado siempre por ser antropófago, lo
cual es una monstruosidad que a nadie se le ocu-
rre sostener.
—Tiene usted razón, señora— manifesté yo— ;
la Geografía y la Historia proporcionan armas
para todas las causas. Los negros del África me-
ridional maltratan a las mujeres, las convierten
en bestias de carga. La condición de la mujer allí
es horrible. Los negros del África septentrional,
los etiópicos, muy superiores ^a ellos como raza,
respetan y consideran de tal modo a la mujer, se
le otorga allí tales privilegios, que a las más ar-
dientes de nuestras feministas les parecerían exce-
sivos. No sólo disponen de su persona y de sus
bienes libremente, sino que no están obligadas a
contribuir al sostenimiento de la famila en el ma-
trimonio. Son, por tanto, más ricas que los hom-
bres. En tiempo de guerra son intangibles, circu-
lan por el campo de batalla y por los pueblos ene-
migos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas.
En Madagascar, una isla también como esas que
cita el amigo Pareja, los franceses, al conquistar-
la, hallaron que en el Código malgache el adulte-
rio del hombre se castigaba con ocho meses de
prisión; el de la mujer, con cuatro.
—Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Ji-
ménez—observó doña Carmen— ,. que no hace
muchos días leía yo que los exploradores que des-
34
LA MUJER MODERNA
cubrieron en el siglo pasado los archipiélagos de
la Polinesia, se ^encontraron allí con seres huma-
nos que vivían todavía en la edad de la piedra
pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudi*
mentarías la mujer era igual al hombre. Existía
allí un feudalismo grosero, pero la mujer ejercía
el poder lo^msmo que el hombre. Según los rela-
tos de los viajeros, cuando una de estas señoras
se presentaba, los hombres se ponían en cuatro
patas... Lo mismo que hacen ustedes ahora cuan.
do ven al ministro de Fomento.
— ¡Señora, yo no one pongo en cuatro patas
cuando veo al ministro de Fomento!
—¿Qué?... ¿No se pone usted así? Pues adelan-
tará poco en su carrera.
— ^Dejemos estos asuntos, porqué me interesa
saber c6mo doña Carmen explica que los hombres
hayamos hecho a la mujer más débil de cuerpo y
de inteligencia...
—Perdone usted, Jiménez; yo no he dicho que
fuese más débil de inteligencia. La inteligencia
de la mujer, aun actualmente, es distinta, pero
no inferior a la del hombre. Su inferioridad física
depende de que los hombres han vivido en perpe-
tua guerra desde hace muchos miles de . años,
mientms la mujer se mantuvo apartada de la lu-
cha; no porque la mujer no fuese apta para ella...
—-{Opina usted que la mujer es apta para la
guerra?
—Mucho más apta que el hombre; tanto, que
35
G. MARTÍNEZ SIERRA
SÍ las guerras no se suprimiesen, a ellas debieran
encomendarse. Pero se suprimirán, porque la mu-
jer quiere que se supriman, y no ejerceremos
otro oficio militar que el de la seguridad y el or-
den público.
— ¡Oh, querida amigal Usted delira.
—Hablo completamente en serio. Aun en la ac-
tualidad, al cabo de miles de años de vida seden-
taria, que ha producido nuestra evidente inferio-
ridad física, si ustedes toman mil niñas de cuatro
o cinco años; si las fortifican con una gimnasia
adecuada; si las obligan a sufrir los rigores de la
intemperie: el írio> el calor, el hambre, la sed, las
marchas forzadas, a escalar las montañas y a
atravesar los ríos a nado; si las adiestran ustedes
en todos los ejercicios militares, cuando lleguen
á los veinticinco años habrán ustedes obtenido un
batallón tan fuerte y tan ligero como si estuviese
formado de hombres, y desde luego, mucho más
intrépido.
— ¿La mujer es más valiente que el hombre?
— ¡Muchísimo más! La mujer es valiente por
nat.uraleza: ustedes lo son por vanidad. La mujer
.es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo.
Cuandojse trata de salvar su hogar, de defender
a sus hijos, a sus ancianos padres; cuando corre
peligro la independencia de la Patria, las mujeres
luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en
los labios, sin esperar condecoracicmes y galones
ni sueltos en los periódicos. Ahí están las mujeres
de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el
N 36
LA MUJER MODERNA
día existen ejemplos notables de amazonismo. No
ignorarán ustedes que en el Dahomey el nervio
de su ejército lo componen dos cuerpos de amazo-
nas. Cuantos viajeros y misioneros los han visto,
aseguran que no es posible llevar más alto el es-
píritu militar, esto es, la disciplina ciega, la fuer-
za, la agilidad, el valor intrépido. No hay quien
no les reconozca ventaja sobre el ejército masculi-
no; y estas mujeres se hallan tan persuadidas de
su superioridad, que si en medio del combate al-
guna de ellas flaquea, las otras le gritan con des-
precio: «I Quita allá, que no vales más que un
hombre! »
— ¡Carambita, cuan dulces esposas harán esas
señorasl
— lAhí está el toque de todo! — respondió dofla
Carmen, dejando escapar un suspiro—. A esas
mujeres les está prohibido el matrimonio mientras
no queden inútiles para el servicio militar. La ma-
ternidad es nuesti*a dicha y nuestro tormento,
nuestra emancipación y nuestra cadena. La hem-
bra del animal sólo por algunos días prodiga
cuidados a sus hijuelos, que pronto se pueden va-
ler por sí nusmos. La infancia del hombre se pro-
longa bastantes años, y en esta prolongación de
la infancia ven algunos filósofos el origen causal
de la familia, y, por consecuencia, de toda socie-
dad humana y de la civilización. Pero esta pro-
longación ha ocasionado la subordinación física
de la mujer, y después la subordinación moral.
Para que el hombre existiese, fué necesario que
37
G. MARTÍNEZ SIERRA
la mujer abandonase la caza y la guerra y se hi-
ciese sedentaria y casera. Perdió sus aptitudes
guerreras, y cayó en la esclavitud. lOh, qué his-
toria tan triste la historia de la mujerl ¡Cuánto
dolor, cuánta lágrima, cuánta infame deprava-
ción! Es un largo martirologio que ha durado mi*
les de años y que aún no há concluido. Somos
madres antes que nada, y los hombres se han
aprovechado cobardememte de nuestro amor ma-
ternal para hacemos descender a la categoría de
animal doméstico. Pero esta monstruosa villanía
no ha quedado sin castigo. Las mujeres han de-
rramado muchas lágrimas, pero los hombres tam-
bién las derraman por ellas. Los dolores más agu-
dos de vuestra alma, la mujer es quien los causa;
los dolores sin nombre, las noches de insoninio,
la agonía que lleva a la sien el cañón de una pis*
tola. El alma femenina, desconocida, ultrajada, se
venga de vosotros. ¡Pagad, cobardes, pagad mies-
tras lágrimas, pagad nuestra esclavitud!...
La voz de doña Carmen vibraba con indigna-
ción; sus pálidas mejillas se tiñeron de carmín.
— No es constante, mi ilustre amiga, la esclavi-
tud dé la mujer ---manifestó Pareja, sin duda para
calmarla—. La noble raza berebere, la que prime-
ro pobló las costas del Mediterráneo, hasta que no
sufrió la influencia del Islamismo, se mostró siem-
pre extremadamente respetuosa con la mujer. Y
en el antiguo Egipto, la más grande civilización
que conocemos, cuna de todas las otras mediterrá-
neas, el predominio de la mujer ha sido evidente.
38
LA MUJER MODERNA
— ¡Oh, noble pueblo, maestro de todos los otros!
Sí, ya sé que durante miles de años la mujer fué
venerada a las orillas del Nilo como el ser más
próximo a la divinidad. Los hombres buscaban en
ella la inspiración, el honor, la felicidad de su
vida. Su alma era respetada desde la infancia, y
nadie osaba tocar a su independencia. «Ama a tu
mujer — repetian sin cesar los padres y los maes-
tros—, aliméntala, adórnala^ perfúmala, hazla fe-
liz durante toda tu vida: es un tesoro que debe
seir digno de su poseedor.» ¡Cuan infieles han sido
sus discípulos los griegos, y sobre todo los roma-
nos, a éstas nobles enseñanzas!
— Los romanos, mi buena amiga — manifiesto
el señor De la Puente—, han sido los fundadores
de todo el Derecho. Nadie hasta ahora ha supera-
do, ni aun igualado, a sus juriconsultos...
— ¿Sabe usted lo que le digo, amigo La Puente?
— profirió con vehemencia la Salazar— . ¡Que no
me hable usted de esos bandidos! Han sido el pue-
blo más frío, más sistemáticamente brutal que se
registra en la Historia. ¡Los detesto! Ellos son los
que impusieron a la Europa ese negro fantasma
que se llama pater /atnilias, ese odioso tirano que
absorbe en si todos los poderes, que dispone de la
suerte y de la vida de sus hijos, que mantiene a la
mujer en degradante tutela.
—Degradante, no, Carmita: necesaria, ¡abso-
lutamente necesaria! La mujer salía de la manus
del padre y entraba in manu de su marido, y gra-
cias a ello, se hallaba constantemente protegida.
39
G. MARTÍNEZ SIERRA
«■^' ■■■ ■ ■■■■ ■ I ■■■■■■■ » ■ I I ■■! W^— — I »^B^^^ 1 I »■ «IBI ■^^^■^— ^» ^^—M — ^P^i— — —
La mujer, por su naturaleza, no es apta, como el
hombre, para dirigir las relaciones exteriores de
la familia, para sostener sus derechos cuando son
vulnerados. ¿Cómo quiere usted que una mujer
desenrede la madeja de un pleito? ¿Cómo quiere
usted que se presente sola ante los Tribunales?
— I Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer
sea quien únicamente se presente en los Tribuna-
les, que éstos se hallen formados exclusivamente
por mujeres, que sean mujeres los abogados y pro-
curadores..., y quiero que, mientras tanto, se que-
den ustedes en casa, sin meterse en cosas que no
les incumben.
—La insigne poetisa — manifestó Pareja— acaba
de estremecemos con una de sus habituales e in-
geniosas paradojas. Decía que los Tribunales de
justicia debieran hallarse formados exclusiva-
mente por mujeres. Escuchemos su explicación,
que seguramente nos sorpréndela y nos encan-
tará, como todo lo que sale de sus labios.
— No trato de asustar ni sorprender a nadie,
querido amigo. Estoy persuadida de que eso que
usted caliñca de paradoja, en el transcurso del
tiempo será un hecho, porque debe serlo. El espí-
ritu de justicia le ha sido otorgado por el Cielo'
a la mujer con mayor abundancia que al hombre;
la práctica de la justicia en este mundo a ella debe
ser encomendada. Un Jurado compuesto de muje-
res sería siempre mes clarividente que si lo fuese
de hombres, porque el alma femenina, inspirada
40
LA MUJER MODERNA
por el soberano Espíritu de Sabiduría, sabe pene-
trar más profundamente en los abismos de la con-
ciencia, y distingue con mayor claridad en ella lo
responsable de lo irresponsable. ¡Oh, si nosotras
juzgásemos, cuántos hombres y mujeres que gi-
men en las cárceles andarían sueltos por la callet
¡Cuántos que andan sueltos por la calle gemirían
en las cárceles!
— Este verano, en la aldea de Asturias donde
acostumbro a pasar los calores, una pobre mujer
que yacía en la miseria, desesperada oyendo a sus
hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una
casa y, en la ausencia de sus dueños, hurta un pan
y algunas viandas. Pues bien, acabo de saber que
esta mujer ha sido condenada a tres años de pre-
sidio. Este verano también se habrán ustedes en-
terado de que un hombre tenía secuestrada a su
mujer y a sus hijos desde hacía algunos años, que
les obligaba a vivir en una atmósfera mefítica, y
que, entregado al juego y a la crápula, descarga-
ba el mal humor que le causaban sus reveses o
sus hastíos sobre la infeliz esposa^ atormentán-
dola refinadamente con las más extrañas y crue-
les torturas, arrojando sobre ella cubos de agu^
fría en las noches de invierno, obligándola a dor-
mir sobre los ladrillos del pavimento, priván4o-
la de alimento durante días enteros, etc., etcé-
tera. Pues bien, acabo de saber, igualmente, que
este hombre ha sido condenado a urios meses de
prisión. ¿Son éstas justicias de Dios? No: son
41
G. MARTÍNEZ SIERRA
justicias de los hombres; mejor dicho, son justicias
del diablo.
'•••••••••••*•••••••■•••••• ••••••••••••••• •
— La suprema justicia es la suprema piedad. El
mundo moral, como el mundo físico, se reduce a
leyes simplicísimas: amor y odio, atracción y re-
pulsión. El secreto del amor lo posee la mujer: a
ella pertenece, pues, el mundo moral; ella es
quien debe juzgar. El sentimiento de la piedad no
se extingue jamás en el corazón de la mujer por
degradada que se halle, por bárbaro y feroz que
sea el medio en que viva. Entre los negros an-
tropófagos de la Australia y del África, allí don-
de la mujer no es más que una bestia de carga,
que el hombre considera inferior al ganado; allí
donde las golpean,las mutilan y las matan a ca-
pricho; allí donde un viajero blanco añrma que
en los muchos años que pasó en África jamás ha
visto a un negro mostrar la menor ternura, hacer
la más leve caricia a una mujer, allí, sin em-
bargo, los viajeros han encontrado corazones
femeninos tiernos y compasivos. La crueldad
de que eran victimas desde largos siglos no ha-
bía podido^ sofocar la llama del amor. ¿No es
ésta una prueba irrecusable de que en la mujer
es donde reside el principio moral? El hombre
es, principalme^ite, un ser intelectual; la mu-
jer, un ser moral. Por tanto, repito, la dirección
de las costumbres y la política a ella debe ser en-
comendada.
—¡Usted lo ha dicho, ilustre amigal— exclamó.
42
LA MUJER MODERNA
Pareja con sonrisa mefistofélica — . Desde el ponto
de vista intelectual, la mujer es un ser inferior.
— Yo no he negado la superioridad intelectual
del hombre en muchos aspectos. La prueba es que
no reconozco a la mujer grandes aptitudes para
las artes, para la literatura y aun para la filosofía.
Lo único que sostengo es que la mujer es más
apta para la política, esto es, para todo lo que se
relaciona con la moral y las costumbres.
— Demos por sentada esa inferioridad. ¿Qué
implica para el acto de juzgar de la bondad o de
la maldad de las acciones? Cuando forman uste-
des la lista de jurados, ¿escogen ustedes en una
ciudad los hombres más sabios y más inteligentes?
Los llaman uste4es a todos por igual, y puede
acaecer, y de hecho acaece muchas veces, qtíe un
tribimal se componga de hombres zafíos y maja-
deros... Y quien dice un tribunal, dice también un
parlamento.
— ¿Cómo?, ¿cómo? Va usted demasiado lejos,
Carmita.
—No rebaso los límites de la verdad. ¿Por ven-
tura eligen ustedes diputados a los hombres más
cultos de la nación? Cuando voy a la tribuna del
Congreso y echo una mirada a los escaños, no
puedo menos de estremecerme. Yp estoy segura,
absolutamente segura de que el día en que nos "
otras nos encarguemos de la política, no elegire-
mos representantes a las necias, a las disipadas,
a las tramposas, a las perdidas... Nosotras guar-
43
G. MARTÍNEZ SIERRA
damos siempre en el fondo del alma respeto a lo
que debe respetarse. La mujer no cae jamás por
completo en la abyección como el hombre. Diría-
se que permanece sobre ella suspendida, sin que
sus manos ni sus pies la toquen. La mujer impura
ama y venera en el fondo de su corazón la pureza.
El ideal de bondad, de belleza y de justicia jamás
se desvanece delante de sus ojos. Al contrario
de lo que sucede con el hombre, aun sumida en la
más profunda degradación, cree siempre en su
propia alma. Quizá por eso las mujeres se absuel-
ven tan pronto de sus pecados, porque saben que
estos pecados no atentan al pudor inmaculado de
su ser.
— Esas últinjas palabras son una preciosa con-
fesión, ilustre amiga— dijo Pareja-—. La mujer se
absuelve pronto de sus pecados porque es un ser
tornadizo en el cual las impresiones no arraigan.
¿Me perdonará usted si le digo que tiene además
un entendimiento superficial? Observe usted que
las mujeres, salvo rarísimas excepciones, sólo
aprecian el talento por el éxito que alcanza en el
mundo...
—¿Y los hombres no?
— La mujer es inepta para los negocios delica-
dos y para la política, porque carece, en general,
de reflexión. Es un ser impulsivo, casi infantil...
—Mejor que sea infantil. Ustedes no son ama-
bles más que de niños. Jesucristo lo ha dicho:
«O niños, o como niños». Me alegro de que aumen-
te la inteligencia y de que aumente hasta lo infi-
44
LA MUJER MODERNA
nito, que se apodere de todas las fuerzas de la
Naturaleza y de todos los secretos del Universo;
pero dejad que el corazón permanezca niño, que
sea dulce, espontáneo, inocente y libre. Entonces
la Humanidad habrá tocado a la meta del más
alto progreso que se pueda realizar en esta vida,
el reinado de Dios habrá bajado a este mundo, el
cíelo y la tierra se habrán confundido.
— Todo eso es fascinador y romántico. Pero la
política, querida amiga..., la política es una cosa
muy seria.
—Precisamente por eso debe encomendarse a
la mujer, que es e! ser serio por excelencia, el
único que sabe poner toda el alma en su activi-
dad, el único que cree en los resultados de ella...
Una fila de señores con levita y sombrero de copa
será un espectáculo muy serio en la apariencia;
en realidad es bien cómico.
— Encuentro esas observaciones exactas— hube
yo de manifestar—; pero, al mismo tiempo, te-
niendo en cuenta la atracción irresistible que so-
bre la mujer ejerce el círculo de la familia, ¿no
sería de temer que, dedicada a la política, traba-
jase más 'por el bien de su hogar que por el pú-
blico?
—Y los hombres, ¿no hacen otro tanto, amigo
Jiménez?... Efectivamente — añadió con sonrisa
maliciosa y bajando la voz — , a veces no trabajan
por su hogar, sino por el de sus queridas.
— Pero, doña Carmen— repliqué yo — , ¡esas
ideas trastornan y hacen cambiar radicalmente
45
G. MARTÍNEZ SIERRA
la dirección de la sociedad contemporánea!...
Cuando todos los pensadores convienen en la ne-
cesidad de vigorizar el organismo social, cuando
no se escucha otro grito que el de: «¡Hay que vi-
rilizar la razal»...
—¿Virilizar la raza? ¿Para qué? Lo que hay que
hacer es afeminarla. O lo que es igual, hay que
volverla un poco menos brutal y ^egoísta; hay que
infundirla las cualidades femeninas de la fe, de la
piedad y del valor...
—-¿Del valor?— exclamó el conde—. ¿No había-
mos convenido en que la mujer es un ser tímido?
— Doña Carmen no cree en la timidez de la
mujer — respondió Pareja riendo.
— Siempre he pensado lo mismo; pero no es esa
la opinión general. La mujer es tímida por coque-
tería. Que se trate de aparecer bella, y será ca*
paz de arrojarse desde la Giralda de Sevilla.
— ¿Quién tiene la culpa de esa coquetería? —
profirió doña Carmen con viveza — . Desde hace
largos siglos, ustedes no le han asignado otro pa-
pel que el de agradar. O agradar al hombre, o
vivir y morir despreciada: tal es su destino. El
mundo, para la mujer, no es más que un vasto
harén disfrazado.
—Y ¿cuál destino más noble, señora, qiie el de
amar y el de ser amada? Mientras los hombres,
espoleados por la necesidad y la ambición, nos
fatigamos ha'i^ta caer rendidos, luchamos hasta
perder la vida, la mujer, en el recinto de su gabi-
nete, sigue con mirada ansiosa nuestra carrera y
46
LA MUJER MODERNA
se ofrece como pfemio a nuestros esfuerzos. La
mujer es la estrella que nos guia en las lóbregas
noches de nuestra existencia, es la flor perfuma-
da que guardamos en el jardín de nuestra alma.
¿Cómo quiere usted, señora, que la expongamos
a los vendavales furiosos de la política? Sus bellas
manos delicadas no están hechas para mezclarse
en esos juegos, muchas veces sucios y casi siem-
pre peligrosos.
— Sea usted franco, conde; la mujer ha sido, es
j debe ser siempre la eterna odalisca.
— No la quiero odalisca, pero tampoco ía quiero
transformaba en senador vitalicio. ¡Es demasiado
prosaico!... Figúrese usted, señora, que una her-
mosa mujer dijese a su marido: «Perdona, hijo;
hoy no puedo er^tretenerme demasiado conti-
go, porque necesito prepararme para una in-
terpelación que tengo mañana en el Congre-
so sobre la reforma del Arancel...» |Es ho-
rrible!
— ¿Por qué horrible? Encuentran ustedes ho-
rriblemente prosaico que las mujeres discutan la
cnestión de tarifas o la conversión de la Deuda.
¿Es más poética cuando toma la cuenta a la coci-
nera: tanto de arroz, tanto de chorizos? ¿O cuan-
do llama a la lavandera y apunta la ropa sucia:
tantas enaguas, tantos calzoncillos? En cuestión
de estética, no veo gran diferencia. Por el con-
trario, la administración del Tesoro público, por
su magnitud y por su trascendencia, imagino que
es una tarea más elevada.
47
G. MARTÍNEZ SIERRA
—¡Oh, cielos! El día en que sean ustedes dipu-
tados y senadores, será un espectáculo bien di-
vertido el presenciar cómo se arrancan los moños.
— No lo será más que cuando ustedes alzan los
puños en el Congreso y se dirigen injurias soeces
acompañadas de frases de carretero... Pero no;
las mujeres, si no respetamos los recintos, respe-
tamos los sentimientos justos y los nobles pro-
yectos. Recientemente se ha organizado una mag-
na asamblea de señoras en Versalles. Pue^ bien,
aquella asamblea celebró varias sesiones con la
mayor mesura, discutió sus acuerdos y llegó a
formular sus conclusiones con perfecta corrección.
Sólo unos caballeros feministas allí admitidos
desentonaron, y fueron llamados al orden por la
presidenta... Y sin ir tan lejos, todos los días en
Madrid se reúnen en asamblea muchas señoras
con objetos benéficos, se organizan en comisiones,
discuten, ponen en práctica sus decisiones, y todo
pasa sin los lamentables incidentes que suelen
ocurrir en las asambleas masculinas...
-¿De dónde procede, entonces, que en tertu-
lias, en bailes, en teatros y conciertos armen us-
tedes insoportable algarabía? ¿Cuál es la causa
de que ustedes se detesten tan cordialmente, y en
los paseos se miren ustedes como se miraban los
güelfos y gibelinos?— manifestó el conde.
—Por la razón que antes he dicho: por el mise-
rable papel que hasta ahora nos han obligado us-
tedes a representar. La mujer viene de la esclavi-
tud, y viene con todos los defectos que la esclavi-
48
LA MUJER MODERNA
tud engendra: la timidez, la mentira, la hipocre-
sía, la ligereza. Pero levantadla a otros destinos
más altos, y su alma recobrará su celestial heren-
cia, se abrirá al espíritu de justicia. La mujer es
un ser nacido para la política, porque la política
toca a las costumbres, y en todos aquellos pueblcüs
que han alcanzado cierto grado de cultura es la
reina de las costumbres. De hecho bien saben us-
tedes que ha intervenido siempre de un modo
capital en ella...
— Ahí está la Historia para mostramos que no
lo ha hecho bien— dijo Pareja.
— Ni mejor ni peor que los hombres. ¿Desean
ustedes saber por qué ha intervenido algunas ve-
ces perniciosamente en los negocios públicos?
Porque carecía de responsabilidad, porque la polí-
tica ha sido hasta ahora para ella un juego. Le
está vedado pensar en la trascendencia de sus
actos, pero se le permite, como a los niños, satis-
facer sus caprichos. La du Barry hacía saltar
sotn-e la mesa, delante de Luis XV, unas na-
ranjas, gritando y riendo: < {Salta, Choiseul!,
¡salta, PraslinI» Y con estas travesuras hizo
caer al primer ministro, su enemigo. Aquella
pobre mujer era considerada como un animal
hermoso destinado al recreo. Pero aquella mu-
jer guardaba en el fondo del alma un tesoro de
bondad admirable: era noble, generosa, inocente.
Si en vez de degradarla se la hubiese elevado
con una educación adecuada, si en vez de un
ser irresponsable la hubieran hecho un ser res-
49
G MARTÍNEZ SIERRA
ponsable, no haría saltar a Choíseul por capri-
cho o por venganza..., aunque tal vez le hubiera
destituido por traidor.
—De todos modos, mi querida amiga, yo no
puedo resignarme a ver la política y las leyes en
manos de las mujeres. Son harto frágiles para co-
sas tan pesadas— apuntó don Sinibaldo.
—¿No se resigna usted? Pues parece usted bien
resignado. Al fíente de la política y las leyes es-
pañolas se encuentra hoy una mujer, y usted la
obedece y la acata (1). Pues si usted no duda
de que una mujer, no escogida, sino llevada
por Ja casualidad del nacimiento a la dirección
política de un país, es apta para gobernarlo,
tiene di cernimiento bastante para decidir nada
menos que de la paz y de la guerra, para po-
ner su veto a las leyes que los representantes
del país han votado, para «elegir a todos los fun-
cionarios públicos, ¿por qué no quiere usted otor-
gar a las mujeres elegidas entre las mejores del
país aptitud suficiente para contribuir a la elaba-
ración de las leyes y para decidir de lo justo y
de lo injusto?
— Pero, en suma, mi ilustre amiga— manifestó
Pareja—: si es verdad que hasta ahora han repre-
sentado ustedes un papel miserable, ¿cuál es el
que usted quiere que representemos nosotros el
día en que el Parlamento, los Tribunales de jus-
(1) Este estudio está escrito durante la Regencia de
D.* María Cristina.
50
LA M U J E R M O D E R N A
I j I . I , , — _
ticia y la Hacienda pública se hallen en manos de
ustedes?
— I Ahí me duele, amigo Pareja, ahi me duele!
— exclamó doña Carmen dejando escapar un sus-
piro—. Quizá piense usted, como todos los hom-
bres, que, al arrebaterles esas cosas, les priva-
mos del mayor tesoro de la existencia. Vive usted
engañado. La política no es un tesoro, sino una
carga. El progreso la hará cada día más ligera;
pero hoy es bien pesada. La política no es algo
substancial, no pertenece al fondo y a la esencia
de la vida, a ese fondo divino que la presta sen-
tido y valor. Sólo es un medio para que la Huma-
nidad pueda gozar de ese tesoro los breves días
que el Cielo nos permite alentar sobre ía tierra.
Al entregamos la política, ustedes son quienes
nos arrebatan el fruto verdaderamente sabroso de
la existencia, nos condenan irremisiblemente a
un papel secundario. El culto a la Divinidad, el
arte, la ciencia, la industria, eso es lo que enno-
blece la vida: no la gestión de los presupuestos ni
la policía de las calles... Observen ustedes la vida
de un sabio o de un artista. Si Dios le ha concedi-
do una esposa prudj^nte, a ella entrega la admi-
nistración de sus intereses, y sus días se deslizan
serenos y felices en la evocación de hermosas
imágenes o en la investigación de las sublimes
leyes de la Naturaleza... Pues eso que hacen mu-
chos de ustedes dentro de su casa particular, con
el tiempo lo hajrán todos dentro de la casa públi-
ca. Entonces no seremos nosotras las esclavas
51
\
G. MARTÍNEZ SIERRA
que se arrastran temblando a los pies de su seüor,
ni tampoco esos ídolos caprichosos a quienes en
el Norte de América se rinde un culto que resulta
irónico, esas máquinas imponentes de gastai: di-
nero que necesitan los millonarios anglosajones
para deslumhrar a la muchedumbre. Queremos
solamente el papel que la providencia de Dios nos
ha asignado en este mundo: la guarda de la casa
y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los
altos problemas de la metafísica, a sondear las
profundidades de la teología, a escribir poemas
inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos
inmortales, a conquistar las fuerzas de la Natura-
leza y hacerlas esclavas sumisas de nuestro bien-
estar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacien
da, a perseguir a los malvados, a recompensar a
los buenos, a dar a cada uno lo que le pertenece, a
limpiar de abrojos el camino del sabio, del explo-
rador y del artista. Para vosotros, el goce inefable
de la*conquista; para nosotras, el trabajo y el peli-
gro sin la gloria. Una bella aurora luce en el hori-
zonte. El eje del mundo, desviado de sus polos dia-
mantinos, se endereza. La claridad desciende al
cabo del cíelo, y una felicidad desconocida inunda
a los mortales» Un nuevo imperio se descubre a
nuestra vista: el imperio déla paz y la justicia. Lu-
chemos hasta morir por conseguirlo; esperemos
que el Espíritu de Infinita Paz nos lo conceda...
IV
ACERCA DEL FEMINISMO
DE JULIO CBJADOR
QUERIDO amigo, delicado poeta y generoso abo-
. gado de las mujeres: Me pide la opinión que
tengo sobre varios pimtos acerca de la doctrina
feminista, hoy tan en vías de llegar a la práctica
que el Gobierno inglés acaba de proponer la con-
cesión del derecho electoral á las mujeres, en
igualdad con los hombres, en reconocimiento de
su eficacia como factores de la vida nacional y en
premio al heroísmo cívico que han demostrado
durante los tres años de guerra.
Cabalmente, el día 7 del presente mes leímos
en los periódicos un parte de Washington conce-
bido en estos términos:
«En la votación del estado de guerra votaron a
53
G. MARTÍNEZ SIERRA
favor 373 diputados, 48 en contra y ocho se abs-
tuvieron. Al pronunciar el presidente, el nombre
de miss Jeanette Rankin, representante del Esta-
do de Montana, ésta contestó con voz débil, des-
pués de largo titubeo: Estoy dispuesta a apoyar
a mi país; pero no puedo votar por la guerra; y
se sentó, llorando, en el escaño. »
Tal decía el parte, el cual responde ya con he-
chos a los puntos que usted me consulta, y sólo
hace falta manifestar cómo responde a ellos, sa-
cando del hecho las consecuencias. ¿Cómo se por-
tarán las señoras diputadas en las Cámaras? Ahí
10 tiene usted; pero repito que este hecho pide co-
mentario.
Ya se lo ha sacado Cavia en El Imparcial,
11 de Abril, y yo voy a sacarle el mío. Dice
Cavia: «No sé lo que a estas horas habrá preva-
lecido en el ánimo de aquellos electores ante el
«singular» extremo de su diputada: si el temple
necesario para enviarla «a hacer calceta», o el
sentimentalismo, «nada feminista», pero muy fe-
menino, de que ha dado muestras dicha señorita
en la memorable sesión del 2 de Abril».
«Singular» llama Cavia a lo hecho por miss
Rankin. ¿Por qué singular? Eso es lo que hace
toda mujer, eso es lo común. «A hacer calceta»
añade que sus electores tendrían gana de enviar-
la, si tienen «el temple necesario». ¿Por qué habían
de enviarla a hacer calceta, quitándole el acta de
diputada, habiendo cumplido con su deber? Por lo
menos, con su deber de mujer, con su corazón,
54
LA MUJER MODERNA
— — iWi— — — i— — » ■ ■ ■ ■ — ■ ■ ' - ■■
que es el que dicta las más reces sus dictámenes
a la cabeza. {Acaso la enviaron al Parlamento de-
seando dejase su natural mujeril y tomase presta-
do el de varón? No, señor; como mujer la envia-
ron, y para que como mujer hablase. De otra ma-
nera no habría problema feminista. Si las muje-
res, al ser igualadas en todos los derechos al
hombre, hubiesen de obrar como hombres, no
habría feminismo: lo que habría sería una falsifi-
cación social, que, como toda falsificación, daría
pésimos frutos, porque no pudiendo la mujer imi-
tar enteramente al hombre, al querer representar
un papel varonil, lo exageraría y lo haría muy
retemal. Tendríamos diputados hombres y diputa-
dos hembras que trataban de ser hombres sin lo-
grarlo, disparatando a cada paso y dando que
reir. La mujer ha de ser mujer en todos esos de-
rechos que se trata de concederle. Eso es el fe-
minismo, y pretender que obren como los varo-
nes, es negar el feminismo, es un disparate y una
ridiculez.
El sentimiento que la diputada mostró al no vo-
tar por la guerra y al sentarse llorando, dice Ca-
via que no es «nada feminista, pero muy femeni-
no». Pues yo digo que fué femenino y feminista,
según he discurrido. Y según discurre nada me-
nos que el sentido común en la mollera de Sancho
Panza.
El cual dijo la última palabra acerca del femi-
nismo, y a ella me atengo. Para que se me en-
tienda claro, mi opinión, amigo Gregorio, es que
55
G. MARTÍNEZ SIERRA
la mujer debe de tener iguales derechos que el
hombre, en todo y por todo^ porque al cabo y a la
postre, es el hombre (hotno), y contribuye por
la mitad a la vida de la sociedad, de la familia y
del individuo. Pero ha de portarse en la práctica
de esos derechos y de sus correspondientes debe-
res como mujer, no como varón, que eso se que-
da para los marimachos, entes híbridos, ridiculos,
por consiguiente, casos monstruosos como los de
los varones afeminados, que no cuentan sino como
objetos de risa y escarnio. Miss Rankin hizo lo
que debía, y mostróse tan feminista como femeni-
na, y en vez de ser argumento práctico contra el
feminismo, lo es en pro del feminismo. Esto es
más claro que la luz para Sancho, para el sentido
común y para mí.
Oigamos a Sancho: «Si me he puesto en cuen-
tas dé tanto más cuanto acerca de mi salario, ha
sido por complacer a mi mujer, la cual^ cuando
toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo
que tanto apriete los aros de una cuba como ella
aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efec-
to, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mu-
j^^f y pues yo soy hombre dondequiera, que no
lo puedo negar, también lo quiero ser en mi casa,
pese a quien pesare, y así no hay más que hacer
sino que vuesa merced ordene su testamento con
su codicilo...» Total: que a Sancho le había apre-
tado su mujer para que trajese dinero a casa o
algo que lo valiese, como salario de sus correrías
escuderiles, cosa bien puesta en razón, y tanto,
56
LA MUJER MODERNA
que Sancho quedó persuadido de que la tenía su
mujer, la cual se mostró, al darle este consejo,
mujer práctica y casera y tiró de las riendas a su
marido para que no afanase y corretease de balde
j sin su porqué.
Mucho habría que alabar aquí a las mujeres
por su talento práctico, que completa y redondea
el teórico de los hombres, para venir a parar a
que la mujer hace mucha falta en los consejos de
la familia y de la sociedad, además de tener tanto
derecho como d hombre para participar de ellos.
Porque si en el hombre aventaja el discurso y la
cabeza, aventaja en la mujer el corazón y los sen-
timientos, y el humano ser no es cabeza tan sólo^
sino más todavía: corazón. He advertido cien ve-
ces que en casos apurados en que a fuerza de de-
vanarse los sesos el hombre se hallaba cada vez
más enredado y perplejo, la mujer dio de repente
el corte más discreto con una cixrazonada y con la
mayor sencillez del mundo. La inteligencia sola
no sirve a veces más que para embarullar las co-
sas más llanas de la vida, y en ellas el tino instin-
tivo de la mujer es maravilloso.
Pero lo que más es de advertir en las palabras
de Sanci|io, que quiere ser un hombre y no tener
cuenta con su mujer, al mismo tiempo que toma
su discreto y práctico aviso, es la frase aquella
que encierra todo el- feminismo, con sonar a pe-
rogrullada de patán:
«El hombre ha de ser hombre, y la mujer,
mujer.»
57
G. MARTÍNEZ SIERRA
«A los hombres les toca trabajar, y a las muje-
res llorar», dicen que decían las antiguas purita-
nas de América. Y Cavia afiade: «La señorita
Rankín ha querido hacer entrambas cosas, y pre-
ciso es reconocer que le ha salido mal la prueba.
Peor le ha salido al feminismo su estreno parla-
mentario en Yanquilandia. No ha podido resistir
la prueba de la primera «hombrada» que le depa-
raban los acontecimientos».
Ahí esta el error: en creer que se trataba de
una «hombrada». La Rankin ha hecho una «hem-
brada», no una «hombrada»; y eso pide de la mu-
jer el feminismo, para que las determinaciones
sociales no sean sólo para los hombres, sino tam-
bién para las mujeres; que sólo así serán determi-
naciones «humanas». El feminismo que se propon-
ga el que las mujeres se porten como hombres, no
lleva camino, está en un error, quiere mudar la
naturaleza de la mujer, cosa imposible y necia de
pretender, o que la falsifique haciendo papel de
hombre. Hombres nos sobran; lo que hace falta
son mujeres en todos los cargos que el varón, in-
justa y dañinamente, acaparó. Ese feminismo no
es feminismo, sino marimachismo, cosa fea, mons-
truosa y que de nada sirve.
La mujer ha de ser mujer, y la señorita Ran-
kin,, al hacer esa «hembrada» y no una monstruo-
sa «hombrada» o «marimachada», ha hecho lo que
dettía y lo que el buen feminismo pretende. La^
prueba de Yanquilandia ha residtado muy buena
y en favor del feminismo, y no en su contra, como
58
LA MUJER MODERNA
da a entender Cavia, que esta vez no está con
Sancho ni con el sentido común. No se mostró
más mujer que diputada, más femenil que femi-
nista, «sino que se mostró verdadera «diputada»
y no «diputado», como la condesa de Pardo Bazán
es verdadera «catedrática» por obra y gracia de
Burell, y no es «catedrático», como ella se llama.
Y si fuera «catedrático» y no catedrática, en el
hecho, quiero decir que si en su cátedra y libros
hiciera de hombre y se olvidara de que es mujer,
peor para ella, pues como a marimacho y a mons-
truo híbrido y feo, se le reirían las gentes y no la
tendrían por discreta, y 9atural, y excelente es-
critora y doctora.
II
Quedamos en mi última, mi querido Gregorio,
en que miss Rankin ^o se mostró en la Cámara
«más mujer que diputada, más femenil que femi-
nista», como cree Cavia. Por mostrarse mujer y
femenfl, mostróse buena diputada y excelente fe-
minista. Creo que el eje de la cuestión del femi-
nismo está en deshacer esta equivocación. La mu-
jer, al obtener todos Iqs derechos del hombre, no
ha de mostrarse hombre, sino mujer: io que es.
Este feminismo es el que yo aplaudo, no el otro,
59
G. MARTÍNEZ SIERRA
que califico de «marimachismo», payasada digna
de rísa, y que ni en broma ha de proponerse como
problema, si la mujer es digna de todo respeto.
Eso sólo cabe entre los que la consideran como un
muñeco para divertir al feo y, en este caso, as.
queroso y acanallado sexo. Por ahí las veréis a
las cuitadas, hechas muñecos por los modistos,
siendo el hazmerreír de las gentes. Se empeñaron
ellos o algunos de ellos en que han de vestir el
pantalón como los hombres, y tras el fracaso no
dan su brazo a torcer; hacia la falda pantalón, o
«braguisaya», que yo llamé, tienden todas las mo-
das tiempo ha. T eso antifeminismo es, pues tira
a hacer de la mujer un marimacho en vestir, un
muñeco para entretener a los hombres acana-
llados.
La mujer es más digna de respeto que el va-
rón, cabalmente por ser más débil; tiene los mis-
mos derechos que el hombre por su naturaleza
humana. •
Con esto he respondido a su primera pregunta,
que dice: ¿Cree usted que en ^realidad» existe
oposición esencial entre ^Jeminidad» y m/eminis-
nio»y entendiendo porjeminismo la igualdad de
la mujer y el hombre en derechos y deberes civi-
les y políticos, y, por lo tanto, lajacultad de in-
tervenir efectiva y directamente en la vida de la
nación?
No; no hay la menor oposición entre la «femi-
nidad» o naturaleza mujeril y la igualdad de dere-
chos respetables del hombre, porque entrambos
60
LA MUJER MODERNA.
son seres humanos, y si en cuanto humano tuvo
siempre el hombre esos derechos, £por qué no los
ha de tener la mujer? Pero ha de ser con condi-
ción de que la mujer siga siendo mujer, pues sólo
asi es ser humano y digna de respeto, y tan seño-
ra de su libre albedrío como el hombre. Cuando a
hombre se meta, sólo será un payaso digno de
risa, un muñeco con que se entretengan algunos
hombres casquivanos y sin entrañas, un ente hí-
brido y monstruoso merecedor de todo desprecio.
«Feminismo» dice derechos de la «mujer», no de
ese monstruo, muñeco y payaso, de ese ser híbri-
brido, machihembruno.
Las lágrimas de miss Rankin expresan la parte
más admirable del Mensaje de Wilson, ese hondo
sentir de los norteamericanos y del mundo ente-
ro, esa noble manifestación de que se declara la
guerra con el mayor pesar, con lágrimas del co-
razón. Si bien se portaren, pues, los diputados al
votar la guerra como varones, muy bien se portó
la diputada, como mujer, regando ese voto bélico
con sus lágrimas. Las lágrimas de miss Rankin
son lágrimas de todos los norteamericanos, de los
hombres todos del mundo, que lloran el triste sino
de tener que irse a matar unos a otros, cuando
sólo debieran irse a abrazar como hermanos e hi-
jos de mujer. Dejad que llore miss Rankin, y ve-
nerad su llanto, que también lloró María al pie de
la Cruz, y no por eso iba contra la decisión de su
Hijo de morir por todos.
¿No piensa usted que, puesto que la mujer está
61
G. MARTÍNEZ SIERRA
sujeta a la ley con tan estricta sujeción como el
hombre, debe contribuir con él a formarla?
Las leyes sociales las dan los mismos que for-
man la sociedad, acomodando al vivir en común
las leyes naturales que su conciencia de seres ra-
cionales les dicta.
Ahora bien; ese imperativo categórico por el
cual el hombre se dicta la ley a sí mismo en el foro
de su conciencia, no es privilegio del varón, sino
del ser humano; por consiguiente, no lo es menos
de la mujer. Es, pues, una injusticia el juntarse
solos hombres para legislar sobre hombres y mu-
jeres, robando a éstas el privilegio que la Natura-
leza les da lo mismo que a ellos. Además, que los
varones podrán entender de lo varonil; de lo fe-
menino hemos de suponer que mejor entienden las
hembras. La ley, dada sólo por varones, es sólo
media ley humana, puesto que falta la otra mi-
tad, la que den las mujeres.
¿No cree usted que la administración munici-
pal es tarea esencialmente Jemenina?
Yo entiendo que la ciudad o Municipio no es
más que una casa grande, el conjunto de casas, y
así la misma palabra «economía», que de suyo
suena «gobierno de la casa», se aplica al gobierno
del Municipio, que tal dice la «economía política»,
y al de toda la nación. «El gobierno casero» siem-
pre se encomendó a las mujeres^ y, por consi-
guiente, no creo, amigo Gregorio, que va usted
descaminado al preguntar si el gobierno del Mu-
nicipio no debía también encomendarse a ellas
62
LA MUJER MODERNA
más bien que a los hombres. El hombre gana a la
mujer, comúnmente hablando, en la fuerza abs-
tractiva y razonadora de la inteligencia; pero gá*
nale la mujer en la atención, cuidado y curiosidad
con que trata y dispone las cosas particulares, las
menudencias. Así, lo universal es del dominio del
varón; lo particular, de la mujer. Préndese ella,
según decimos, con cincuenta mil alfileres, mien-
tras el hombre se atosiga con sólo prenderse un
alfiler de corbata, y así acude a su esposa, las
más veces, para que se lo prenda. No es el hom-
bre para esas menudencias. Si él tuviera que co-
rrer cqn la cuenta del panadero y carnicero, de la
planchadora y lavandera, daríase a todos los dia-
blos, y en casa andaría todo de manga por hom-
bro. Pues bien; la administración municipal no es
más que ese enredijo de cuentas con carniceros,
panaderos, carboneros y demás sacadineros, en
cuyas trabacuentas las Juntas de Subsistencias
(«de abastos» se dice en castellano) se hacen un
lío, acabando los más cumplidos varones, aunque
sean unos Paraísos, por echarlo todo a rodar e
irse, diciendo: |Ahí queda eso!
Las mujeres, buenas mujeres de su casa, son las
que a los sacadineros todos saben ponerles las pe-
ras a cuarto. Muchos cargos municipales, en su-
ma, pienso que los desempefiarían harto mejor las
mujeres. Ellas tienen la casa hecha una tacita de
plata y adornada con flores y cintas, y ellas ador-
narían la ciudad con bonitos jardines y barrerían
las calles, y las adoquinarían y las tendrían lim-
63
G. MARTINEZSIERRA
pitas, mucho más limpitas que lo que están las de
Madrid desde tiempo imnemoríal, esto es, desde
que las cuidan, o mejor dicho, descuidan los hom-
bres. No bastan para eso todos los gallegos del
mundo. Una sola gallega haría más que todos
ellos. Por buenos criados que haya en una casa,
al punto se echa de ver la mano de la mujer o la
falta de ella.
Ello es tan sabido, que a muchos sólo les ocu-
rrirá decir:— -Buenos oficios son esos para ellas;
pero si se las ha de igualar a los hombres en de-
rechos y deberes, no sé qué podrían hacer como
soldados, o soldadas, en la guerra, y si no iban,
adiós igualdad de deberes y derechos. En esto de
la soldadesca, y en otras muchas cosas que pare-
cen propias de solos hombres, Sancho dio cumpli-
da solución al decir que el^hombre ha de ser hom-
bre, y la mujer, mujer. En el campamento y en la
ciudad, en paz y tn guerra, hay menesteres feme-
ninos, como los hay masculinos. La igualdad no
está en que todos sirvan para todo: esa es des-
igualdad, como es injusticia la justicia no distri-
butiva. A un letrado, corto de vista y flaco de es-
tómago, no le darán en el campamento los mis-
mos destinos que a un mozo de buena pupila y
capaz de digerir piedras. ¿No hay cocinas, lava-
deros, hospitales y demás, en el campamento,
donde las mujeres se pintan solas y los hombres
lo hacen peor que medianamente? Pues tome el
otro mozangón el chopo y deje a Marta con sus
pollos.
64
LA MUJER MODE R N A
Acat)o hoy con este episodio, ya que seria alar-
garme demasiado tocando a las últimas pregun-
tas que quedan por contestar, para las cuales ma-
ñana será otro día.
III
Siempre he creído, mi querido amigo Gregorio,
que la inteligencia, por sí sola, no hace más que
disparates, y así casi casi me acuesto al parecer
de nuestro común amigo Schopenhauer, el cual es
de parecer que la inteligencia es el mayor enemi-
go del hombre, y como la flor y nata que la volun-
tad del Universo ha brotado en su» cogoUito para
ser verdugo de ella y causa del fenecimiento trá-
gico del cosmos. El cual pagará así la pena de su
soberbia, por haber engendrado una cosa tan su-
blime como la inteligencia humana, cumpliéndose
de esta suerte los famosos versos de Calderón,
que el mismo Schopenhauer tomó como divisa de
su filosofía:
«Pues el delito mayor del hombre es haber nacido.»
Sí; la inteligencia, por sí sola, no da más que
especulación abstracta y teórica, faltando para el
completo sentido común y discreto consejo en el
vivir lo otro: la práctica, el sentido práctico.
Lo bueno es que, si el abstracto teorizar de la
65
G. MARTÍNEZ SIERRA
inteligencia es gloria del varón, el sentido prácti-
co lo es de la mujer. Juntas teoría y práctica, es-
peculación y manejo, inteligencia e instinto, ha-
cen una mezcla tan completa y excelente, como
el mejor de los casorios. Ya lo dijo Dios en «El
Génesis»: «No está bien el hombre solo; hagámos-
le una compañera que sea igual a él.» Aquí tene-
mos el feminismo proclamado desde el mismo Pa-
raíso, con toda la igualdad de naturaleza, y, por
consiguiente, de derechos y deberes, y también
como una necesidad del vivir en familia y en so-
ciedad para el hombre.
«No está bien el hombre solo.» No está bien
que los diputados norteamericanos declaren a sus
solas la guerra; hace falta que alguna diputada
muestre con la silenciosa elocuencia de las lágri-
mas que la nación va a la guerra bien a su pesar.
Esa declaración de la Cámara es cumplida, por-
que está formada de todos los miembros que de-
ben componerla, de varones y hembras. Si el
primer Estado europeo que declaró la guerra pre-
sente hubiera hablado por boca de mujeres junta-
mente, y no tan sólo por boca de hombres, acaso
la guerra no se hubiera declarado, o hubiera sido
mejor razonada, más humana.
¿No cree usted que la intervención de la mujer
en los negocios del Estado pondría en su fun-
cionamiento un elemento de moralidad y un
sentido práctico y constructivo de que en la ac-
tualidad carece?
Bien ve usted que es así. Miss Rankin en la
66
LA MUJER MODERNA
declaración norteamericana y la falta de otra míss
Rankin en el primer Estado que declaró la guerra
europea, séase el que se fuere, han contestado a
su pregunta. El sentido práctico es más de la mu-
jer que del hombre, y es indispensable para que
las especulaciones teóricas de los hombres formen
una liga duradera que haga fraguar sólidamente
las instituciones sociales.
Yo le recomiendo la lectura de tm libro de don
Ramón Campos, titulado «De la desigualdad per-
sonal en la sociedad civil», impreso en l^arís, 1823,
postumo, por Rodríguez Buron, en el cuai su
autor lleva en todo la contra a Rousseau, mos-
trando la real desigualdad personal, particular-
mente la de la ínujer y el hombre, y cómo se com-
plementan entrambos, formando el verdadera-
mente perfecto ser humano social. La mujer tiene
una moralidad harto diferente de la del hombre, y
con ella ha de tener cuenta la ley para que sea
humana y no sólo hombruna.
Su última pregunta perdóneme que la califique
de «morrocotuda». Es tan dificultosa, espinosa y
prolija de contestar, que casi será mejor dejarla
para que la contesten varones más entendidos que
yo, que demasiado he sacado los pies de las alfor-
jas y metídome en esta camisa de once varas que
usted ha tenido la mala ocurrencia de mandarme.
Ya que el triunfo del feminismo en Europa —
se quiera o no se quiera — es inevitable^ ¿cuáles
piensa usted que sean en España los mejores
medios de capacitar y preparar a la mujer es-
67
G. MARTÍNEZ SIERRA
pañola para la nueva tarea que bien pronto
le ha de incumbir por ley ineludible del pro-
greso?
A esta pregunta, que digo y repito es tan mo-
rrocotuda e indigesta, quiero decir de tan dificul-
tosa digestión como los pimientos morrones, yo
no sé más que taftajear en lugar de responder,
abrir la boca y quedarme hecho un páparo. Y, sin
embargo, a cualquiera se le ocurre por primera
respuesta qué se eduque a la mujer para mujer, y
no para niña perpetua, como en Espafia se la edu-
ca. El caso es que también a los niños casi no se
les educa más que para niños perpetuos, y no para
hombres. Y luego nos asombramos de que una
nación de niños y niñas no sea nación formal d:e
hombres y mujeres, cuando lo asombroso es que
todavía viva tal nacioncita de niños y niñas en
esta Europa de naciones que la rodean, hechas de
muy varones y muy hembras, con su salsa de pi-
Uastrones y marienredos.
Hombres fracasados, que hasta estudiantinos
en risible motín echaron de los ministerios, vuel-
ven tan orondos a gobernar a... niños. Políticos
que se llaman liberales y se erigen en dictadores,
legislando contra la ley y sin que las Cortes, a las
que sólo legislar incumbe, abran la boca. ¿A qué
quiere usted que comience el inacabable rosario
de nuestras chiquilladas políticas, que comienza
por el primer grano de la injusticia y compadraz-
go y acaba en él último del compadrazgo y de la
injusticia? Ahora bien: «La Justicia levanta a las
68
LA MUJER líODERNA
naciones, y desgraciados hace a los pueblos el pe-
cado, la injusticia» .
Ñiflas para juguete de sus mamaitas, de sus no-
ritos, de sus mariditos, para perpetuo juguete de
todos, son las mujeres tal como las familias las
crían, los hombres las tratan y las leyes las consi-
deran. No hay mujeres en Espafla: el feminismo
está de más, o será feminismo de colegio el nues-
tro, como de colegio son nuestros políticos, perpe-
tuos bedeles de incultura gruesa, de modales por-
teriles, de decretos y reales órdenes a palo limpio,
hasta sin preámbulo, como de galoneados, pero
avillanados ordenanzas.
Hay que educar mujeres y... hombres; pero
esto es dificilillo, porque había que comenzar edu-
cando a los bedeles hasta que tuvieran alguna
traza de gobernantes, respetadores de la ética so-
cial, del concepto de la ley, del principio de la jus-
ticia.
Dirá usted que esto no es contestar a la pre-
gunta; pero yo no sé más; soy tan niño ignorante
como los demás españoles, y harto habré hecho
con entender que todo el meollo del feminismo
está encerrado en las palabras de Sancho, con
que comencé y acabo:
«El hombre ha de ser hombre, y la mujer,
mujer.»
Sólo sí sé que mis intenciones son generosas,
grandes mis aspiraciones y mucha la admiración
y el cariño que hacia usted siento.
COMO MUJER LA ENVIARON Y PARA QUE
COMO MUJER HABLASE
CAJETA ABIERTA A D. JULIO CRJADOR
MI querido amigo: No es posible que deje yo
pasar sin comentarios las tres admirables
cartas con que ha respondido usted a mis pregun-
tas sobre feminismo: porque en lo que usted dice
en ellas está, a mi parecer, el fundamento de toda
sana y recta doótrina feminista. Tiene usted
razón: «El hombre debe ser hombre, y la mu-
jer, mujer >, y eso es lo que yo vengo predican-
do a las mujeres— aunque muóhas y muchos fin-
jan creer lo contrario— desde que ando metido
«n estas andanzas de adoctrinar a las españolas,
para hacerles comprender que, precisamente «co-
mo mujeres», tienen grandes deberes que cumplir
con la Patria, y que, para cumplirlos libre y efi-
cazmente, necesitan gozar, como los hombres,
todos sus derechos de ser humano.
71
G. MARTÍNEZ SIERRA
Además de las respuestas solicitadas por mí
especialmente, recibo a diario cartas más o me-
nos anónimas, quiero decir que unas vienen sin
firma y otras firmadas con caprichosos anagra-
mas; las mujeres no suelen atreverse en esta
tierra a confiar papeles firmados con su nombre
a un caballero, lo cual prueba el menguado con-
cepto que de nosotros tienen, y tal vez explica el
horror que a algunas, en exceso timoratas, les
causa la probabilidad de que el feminismo, si
triunfa, les haga parecerse en algo a nosotros,
los picaros hombres. Digo que recibo a diario
bastantes opiniones femeninas en pro y eñ contra
de esta campaña, y es el caso que ni las partida-
rias ni las adversarias parecen acabar de com-
pn-ender estas verdades sencillas que hoy subra-
yo, para ver si quedan establecidas con mayor
claridad:
cEl feminismo no pretende hacer hombres de
las mujeres. Pretende, eñ primer t^mino, educar
lo más completamente posible a la mujer, para
que alcance el pleno desarrollo^ la perfección de
su naturaleza femenina. Quiere, después, liber-
tarla de la tiranía con que la ley la sujeta al hom-
bre, porque mientras, legalmente, siga siendo
considerada y tratada como esclava y menor, no
podrá ejercer influencia ninguna eficaz sobre el
destino de la Humanidad; y es preciso que lo
ejerza, porque la Humanidad está compuesta de
hombres y mujeres — en mayor número de muje-
res que de hombres — , más los niños, y es absur-
72
G. MARTÍNEZ SIERRA
do qne xin criterio absolutamente masculino rija
la vida de una comunidad en que la minoría son
los hombres precisamente.
•Para asegurar ese criterio femenino, especial*
mente femenino, esencialmente femenino, preci-
samente archifemenino, es para lo que el feminis-
mo reclama el voto de la mujer, la elegibilidad de
la mujer para los cargos públicos, la intervención
directa de la mujer eu el arreglo mimicipal y en
la gobernación del Estado.»
¿Está claro? Tiene usted razón, amigo Cejador;
nos sobran hombres. Es preciso que el corazón
de la mujer y su sentido práctico pongan una cen-
tella de piedad y una chispa de sentido común en
esta despiadada civilización masculina, que ha
llevado al mundo a la locura trágica de la guerra
actual. Aun cuando sólo se tratase de esto, aun
cuando el feminismo no tuviese en su programa
otro bien que el universal deseo femenino de
acabar con la guerra, estaría justificada la inter-
vención de las mujeres en el gobierno de los Es-
tados. Ellas levantan, al pedir sus derechos, la
blanca bandera de la paz universal. ¡Démosles
ocasión a que puedan imponer su voluntad pacífi-
ca! Y la impondrán, si pueden: no es un sueño:
ahí está precisamente el caso de miss Rankin, la
primera diputada yanqui, que usted toma, con
magistral acierto, como base de su argumenta-
ción, y que Mariano de Cavia ha juzgado con tan
parcial criterio antifeminista. La señorita Ran-
kin, primera representación del pueblo en el Par-
73
LA MUJER MODERNA
lamento de Norteamérica, llegada la hora de en-
viar a su pueblo a la guerra, en medio de una
Cámara arrebatada por el tormentoso entusiasmo
de un concepto patriótico masculino y, por lo
tanto, agresivo, empujada por los viejos sofismas,
qué un hombre no puede aún desamparar sin des-
honor, ha tenido el valor de afirmar su criterio de
mujer y de levantar la bandera feminista, y ha
dicho, con las lágrimas en los ojos: «¡No voto la
guerra, no puedo votarla, porque soy mujer! »
Confieso que esta gran victoria feminista me
ha llenado de júbilo, y confieso quQ esperaba con
temor la decisión de esta mujer, primera en >su
tierra. Con temor, porque bien hubiera podido
suceder que la primera diputada careciese en la
hora crítica de la fortaleza de ánityo bastante
para substraerse a la tentación de hacer una
«hombrada», de quedar como un hombre. Ha he-
cho una «hembrada» — dice usted con justeza,
amigo Cejador— , ha hecho una «hembrada», y
con ella ha logrado afirmar y cuajar en realidad
tma de las más nobles aspiraciones de su causa.
/Si las mujeres tuviesen igua^ldad de votos
con los hombres en un Parlamento, ese Parla-
mento no seria capas de mandar su país a la
guerra!
Esto nos vienen prometiendo las mujeres como
parte del programa de su candidatura, y en la
primera ocasión, arrostrando la impopularidad
y hasta el ridículo, demuestran que eátán vallen-^
temente Hecididas a cumplir lo que prometieron.
74
G. MARTÍNEZ SIERRA
I - ■ ■ I 1 -- - -Tr-ii
¿Qué candidato triunfante, en nuestra tierra puede
vanagloriarse de otro tanto?
Criterio femenino en el pensamiento director de
la vida humana. Limpieza de mujer en el arreglo
material de los bienes comimes. Mano de mujer
para llevar el hUo que marque la salida del labe-
rinto. Corazón de mujer que ahorre carne y sangre,
destruyendo la guerra y combatiendo el vicio. Eso
es lo que, ^a la hora actual, falta en el gobierno
del mundo . Y el exigir— no el otorgar— a las mu-
jeres que den su parte de femenino -esfuerzo es
todo lo que el feminismo pretende conseguir.
Algunas remilgadas me aseguran que temen
manchar su. femenil pureza interviniendo, en
comunidad con los hombres, en los negocios de
Estado... Es extraño, verdaderamente, que asus-
te a las «señoras» votar a medias con los hom-
bres, y que no alarme sus pudores bailar con ellos
el tango T) el/ojcíroí. .
• El flirt y señoras mías, que me escriben ustedes
tan alarmadas, desmoraliza bastante más que re-
cogerse im poquito la falda y entrar en un mer-
cado o en un hospital o en una inclusa para velar
por la buena administración de los fondos provin-
ciales o municipales. Ustedes, las recatadísimas,
que se asustan de echar una papeleta en la urna
electoral, no se creen rebajadas en su exquisitez
femenil por poner un billete de Banco en los «ca-
ballitos» de un casino elegante, y papel por papel
y mesa por mesa, decidan ustedes cuáles ofenden
más a la tan decantada delicadeza femenina...
VI
OPINIÓN DE UN GRAN NOVELISTA QUE ES AL
MISMO TIEMPO FERVIENTE CATÓUCO
SEÑORAS mias: Lean ustedes atenta y agradeci-
damente los elocuentes párrafos que siguen:
están escritos en defensa de ustedes por uno de
sus autores favoritos: el novelista ilustre, el casti-
zo estilista, español en el alma y en la lengua
como muy pocos: el insigne autor de Casta de
hidalgos; Ricardo León, en una palabra.
La respuesta del que tan decidido paladín se
muestra de la causa de la mujer española, es la
primera que ha llegado a mis manos, y lo tengo
por buen agüero, porque además de ser en abso-
luto favorable a mi intención, funda sus opiniones
sobre el cimiento esencial de la justicia absoluta,
sin tener en cuenta circunstancias accidentales de
ninguna clase. La mujer — dice — es igual en de-
rechos y en deberes al hombre, porque es, como
él, hechura de Dios y está redimida por la sangre
77
LA MUJER MODERNA
de Cristo. Hablando con ustedes, en otras ocasio-
nes» les he dicho: El problema esencial está fun-
dado en esto: ¿Es la mujer un ser humano, tan ser
humano como el hombre? Esta es la raíz de la
cuestión y la única base en que puede asentarse
firmemente el derecho. Y el derecho es lo esen-
cial. Pueden caber en la aplicación modificacio-
nes, retrasos, restricciones impuestas por necesi-
dades, incapacidades o imposibilidades de momen-
to; pero lo único realmente importante es que el
derecho exista y se reconozca, porque, un poco
más tarde o un poco más temprano, lo que es «en
esencia» no tiene más remedio que manifestarse
«en accidente».
Dice así D. Ricardo León en recuesta a nues-
tro cuestionario:
«Soy feminista^ amigo mío; radicalmente femi-
nista. Y lo soy por ser caballero, por ser español,
y sobre todo, por ser cristiano. En el Cristianis-
mo están las raices del feminismo, como lo están
de toda liberación. La ley cristiana es ley que no
admite componendas ni subterfugios: se dio para
arrancar de cuajo toda suerte de esclavitudes, y
muy singularmente, la esclavitud de la mujer. No
es condición del Cristianismo redimir a siedias,
pues hasta la última gota de su sangre derramó
Cristo por los hombres... y por las mujeres. El
alma ante Dios no tiene sexo, e igual corona ciñen
Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús. Y si en lo
fundamental, en los derechos divinos, en la salva-
ra
I
LA MUJER KÍODERNA
■ I mi - ■ - •
ción del alma, todos somos iguales, ¿por qué no
hemos de serlo-en las leyes y negocios humanos?
Tan radical soy en este punto^ que casi estoy por
afirmar, y no sería paradoja, que más derechos le
corresponden a la mujer que al varón, por lo mis-
mo que ella tiene mayores y más delicadas obli-
gaciones.
Pero, contrayéndome a las preguntas que usted
me hace, respondo: La mujer ha de ser igual al
hombre en la vida política y civil (¿por qué un
jayán ha de tener más derechos que una mujer de
superior espíritu?); que ha de intervenir con harta
más rectitud y seriedad que nosotros en todas las
ítmciones de la ciudadanía, quieran o no los paca-
tos de la derecha y de la izquierda, de los cuales
son los últimos los más feroces esclavistas. Preci-
samente en contra de lo que muchos creen, los
vencedores, probablemente los únicos de la gue-
rra universal, van a ser el feminismo y el socia-
lismo. (No el socialismo de por acá, gracias a
Dios.) ^
Y ese feminismo, esa igualdad política y civil,
que es de derecho natural, de justicia social y de
conciencia' religiosa, no ha de oponerse de ínodo
alguno a la virtud, a los encantos y dulzuras de
la más exquisita feminidad. La mayor injuria que
se puede inferir a la mujer es imaginar lo contra-
rio: que ha de dejar de ser mujer en cuanto deje
de ser sierva. ¿Es que la libertad afemina a los
hombres? Más viril es el hombre cuanto más li-
bre. La mujer redimida será, ¿quién lo duda?, más
79
G. MARTÍNEZ SIERRA
mujer. El tipo de marimacho sólo se concibe allí
donde las mujeres tienen que dejar de serlo para
lograr un poco de independencia. La libertad no
sofoca, antes bien, estimula y realza las virtudes
naturales.
Todas las razones del aütifeminismo son de una
simplicidad y de una cursilería estupendas . La
debilidad del sexo, el buen orden del hogar, la
crianza de los hijos, la misión sagrada de la mu-
jer, cuando no el grosero recurso de la calceta y
el fogón; he aquí los argumentos habituales.
{Débil la muier! Claro que en fuerza agresiva
no suele igualar al hombre (aunque hogaño, lo
mismo que antaño, las hay que son Cides); pero
en cambio, le excede en fuerza de resistencia, en
energía moral, en perseverancia, en sufrimiento
para el dolor... ¡El hogar! ¡Buenos están la mayor
parte de los hogares! Esto lo saben los confeso-
res... jLa crianza de los niños! ¿Cuántas son las
que crían a sus hijos y no los dan, desde el punto
de nacer, a manos mercenarias? ¡La misión de la
mujer 1 Pero ¿es que no tiene otra misión que la
doméstica y familiar? Así lo creían, sin duda, los
que llamaban a la santa de Ávila fémifia inquie •
ta y andariega, ¿No tiene la mujer obligaciones
morales* deberes de la inteligencia, imperativos
del espíritu, altas funciones que cumplir en la hu-
manidad y en la Patria? ^lay tiempo para todo,
'Como dice el Eclesiastés^ y hasta las cosas más
vulgares y pequeñas hace mejor quien está hecho
a las altafe y superiores.
80
LA MUJER MODERNA
En ñn: ¿cómo en la tierra del Tanto monta^ en
la patria de las santas, de las reinas, de las Te-
resas e IsabeleSi de las Marías y las Blancas; aquí,
donde las hembras, con aceros y bríos invenci-
bles, acertaron siempre a enmendar yerros y fla-
quezas de varones, podría ser novedad el femi-
nismo?
Capacitada está la mujer española, siglos ha,
para el ejercicio de todos sus derechos y deberes.
No hay sino otorgárselos, y nunca mejor que
ahora, ya que España no quiso nunca, mientras
fué grande, aguardar que otros le diesen leccio-
nes de libertad...»
Vean ustedes, señoras mías: el ilustre académi-
co, no sólo reconoce a ustedes todos sus dí«cuti-
dos derechos, sino que cree que están ustedes ya
capacitadas para cumplir todos los deberes que los
tales derechos imponen. Sobre esto último habría
un poquillo que discutir. Claro es que hay hom-
bres ignorantes como la más ignorante mujer,
que no solo votan, sino ejercen autoridad dentro
del Municipio y del Estado; pero el. ideal del fe-
minismo es traer a la gobernación del país un ele-
mento nuevo, selecto, consciente, del cual pueda
exigirse mucho y esperar más. Hagan ustedes
examen de conciencia, y, después, el propósito
firme de aprender todo lo que no saben, y de ad-
quirir pronta y sólidamente las virtudes cívicas que
puedan faltarles para responder leal y satisfacto-
81
G. MARTÍNEZ SIERRA
riamente a la confianza entusiasta que demues-
tran tener en ustedes hombres de tan alta menta-
lidad, voluntad tan recta y corazón tan noble
como el autor de ^ amor de los amores.
VII
HÁGASE LO JUSTO, PORQUE ES JUSTO. SIJES O
NO ES CONVENIENTE, SE VERÁ DESPUÉS
HABLA hoy en nuestro pleito, señoras mías, la
condesa de Pardo Bazán. Testigo es de ma-
yor excepción la muy ilustre dama, porque es mu-
jer, porque siéndolo ha alcanzado en su labor un
grado de eminencia que le peAnite mirar de igual
a igual a todos los hombres sus contemporáneos,
que, al mismo tiempo que ella, han trabajado en su
mismo oficio. Porque, con su trabajo, ha logrado
abundante fruto de honra, de caudal, de persona-
lidad independiente, y porque, con todo esto,
como ella misma dice, ha sido madre y ha criado a
sus hijos, dando así un soberano mentís a cuantos
ridiculamente ponen el espantajo de la maternidad
como justificación de la esclavitud femenina.
Dice así la insigne autora de La madre Natu-
raleza:
83 ^
LA MUJERMODERNA
«Ante todo, perdóneme el retraso en contestar
a su interrogatorio sobre la cuestión feminista .
Otros lo han hecho ya con extraordinario em-
puje, demostrando ser cierto que cuanto se inten-
te aquí en favor de nuestro sexo ha de ser princi-
palmente iniciativa y obra del otro, resaltando
una vez más la verdad histórica de que a los es-
clavos siempre los redimen los libres.
Contestar^ a su interrogotorio, ajm cuando mi
respuesta pudiera adivinarse, por lo que frecuen-
temente he propalado, por escrito y de palabra i
oportuna e inoportunamente, según el consejo del
Apóstol.
Me pregunta usted si creo que existe oposición
entre feminidad y feminismo, Y respondo: ¿Qué
es feminidad? ¿Se entiende por feminidad el con-
junto de funciones relacionadas con la reproduc-
ción de la especie? ¿Merecen respuesta siquiera los
que fingen — les concedo el honor de que es fic-
ción y no otra cosa que no nombraré — creer que
si llega un día en el cual sean otorgados a la mu-
jer los mismos derechos políticos, civiles, etc. que
al hombre, ese conjunto de funciones sufrirá una
crisis y hasta cesará en su ejercicio?
Hay que desdeñar semejantes objeciones, si
son sinceras, por la mentalidad que descubren, y
si falsas, por la insidia. Argumentar suponiendo
la supresión de ninguna de las grandes funciones
fisiológicas es de una miseria tal, que aflige el áni-
mo pensando que aún hay espíritus sencillos que
se alarman y ven un mundo que se extingue por
84
G. MARTÍNEZ SIERRA
falta de mamas y de niños. ¡No tengan miedo!
Tan necesario es para la humanidad reproducirse
como respirar y nutrirse, con la diferencia de qwt
parte de la humanidad femenina, de tiempo atrás,
evita las funciones reproductoras y sus conse-
cuencias, unas veces de buen grado, y general-
mente de mal talante. El instinto natural vigila.
Así, tratándose de: la mujer, no pocas, y más
cada día, no por feminismo, sino por circunstan-
cias económicas o de otra naturaleza social, ni se
casan, ni son madres. Y, en cambio, bastantes
que se han dedicado al estudio, al arte, a la cien-
cia, cumplieron los deberes de la maternidad, sin
hallar la más mínima oposición entre sus diversas
aptitudes. Bien pudiera citarme a mi misma como
ejemplo, pues he criado a mis hijos, y ni un mo-
mento se enzarzaron en pelea mi feminismo y mi
feminidad.
Sólo con risa y pulla se pueden rebatir esas
afirmaciones de que la mujer, al igualarse en de-
recho al varón, dejará de ser mujer o lo será me-
nos. ¿Menos, en qué? ¿Menos, cómo? Se me agol-
pan las preguntas sardónicas, y no quisiera echar
a broma algo tan serio y grave: el mejoramiento
de la condición de la mujer, cosa que interesa vi-
talmente a mucho más de la mitad del género hu-
mano. Aquí no hay conflicto de aspiraciones de
clases, de obreros ni de patronos; aquí no hay lu-
cha de raza ni de pueblos. Esta reforma incruen-
ta afecta igualmente a todas las hembras, en to-
dos los clinías y latitudes. Las naciones más ade-
85
G. MARTÍNEZ SIERRA
lantadas tienen que preparar el terreno para que
la acepten las que se hayan rezagado en el cami-
no. Para que en Marruecos no unzan el arado a
la mujer, es preciso que en Europa se la lleve al
Parlamento. ^
Sí por feminidad sé entiende no tan absurda
hipótesis como la de que un sexo desaparezca,
sino la ya más admisible de que el modo de ser de
ese sexo, en conjunto, sé modifique, tal conjetura
no tiene nada de alarmante. Poco se perdería con
que la mujer no viviese tan esclava del moño y
del trapo, y con que pusiese un dique prudente a
la frivolidad y al derroche. Si la feminidad es esto,
ignoro por qué interesaría la conservación de la
feminidad. Más vale votar concejales y senadores
que encargar diez y siete vestidos y doce sombre-
ros por estación. Reconozco, al mismo tiempo,
que este aspecto de la feminidad es restringido.
En las clases populares y en la mesocracia, en las
densas capas sociales, ese género de feminidad no
hace estragos, o los hace en escasa importancia.
Esa feminidad del coqueteo, el adorno, el vértigo
de diversiones, nace de la ociosidad, como dijo ya
Cervantes por boca de Don Quijote. Y por exten-
sos derechos que sé le concedan, la mujer no re-
nunciará a querer agradar.
Los adversarios del feminismo han visto sin
protestar a la mujer en la mina de carbón, como
la ven descargando fardos en los muelles. Esto no
les alarma. Verla en los comicios es lo que sub-
vierte el orden social. Mucho se habla de demo
86
LA MUJER MODERNA
■ lili » ' ■ .
cracia, mucho de igualdad, mucho de justicia. No
creáis a nadie que tales palabras pronuncie si es
partidario de la esclavitud femenina. En este sig-
no conoceréis a los efectivos demócratas y tam-
bién a los cristianos sin hipocresía, a los que no
gastan las anchas filacterias del fariseo. Y este
aspecto de la respuesta de Ricardo León no es el
menos digno de alabanza, en documento tan ejem-
plar.
¿Quién duda que la mujer debe tomar parte en
la formación de las leyes qae ha de acatar y cum-
plir? Tampoco se comprende cómo ha sido nece-
sario que el mundo entero,, el masculino, se arro-
jase a destrozarse entre sí para que semejante
cuestión se plantease. Esto ha tenido de bueno la
guerra, que se ha podido calcular matemática-
mente la capacidad de la mujer para lo antes ex-
clifeivizado por el hombre. La demostración ha
sido concluyente. Dedúzcanse de ella consecuen-
cias. Yo espero que se deducirán hasta en Fran-
cia, donde Á feminismo había adelantado muy
poco, y me refiero a Francia, porque de ella sue-
len venir a España las corrientes.
Se ha visto que la mujer está perfectamente en
sazón para que puedan otorgársele derechos. Su
conciencia se ha afirmado en la ruda tarea que la
guerra le hizo desempeñar cumplidamente.
No quisiera extenderme demasiado (es el peli-
gro de hablar de lo que interesa); pero no dejaré
sin respuesta concisa dos preguntas. No pretendo
que la Administración municipal sea exclusiva-
87
G. MARTÍNEZ SIERRA
mente íemenina. Mi tendencia, en este particular
y en todos, ha sido no separar lo que conviene que
esté unido; y nada he creído tan contraproducen-
te como las publicaciones, empresas, estableci'
mientos, centros y círculos unisexuales. Además,
si a la mujer se le concede la Administración mu-
nicipal con exclusiva, es de temer que, por cien
años, sigan cerrándosele las puertas del Senado y
del Congreso. El ideal es suprimir estas distincio-
nes, y no prejuzgar aptitudes que el tiempo y la
experiencia se encargarán de aquilatar. ¿Sirve o
no la mujer para esto o aquello? Quítesele la traba
que la tenía sujeta y se verá. Yo no afirmo que
sirva. Afirmo que sería inicuo que sirviese y no se
le permitiese probarlo.
Tampoco me anticipo a decir que la interven-
ción de la mujer en los negocios del Estado ponga
en su funcionamiento elementos de moralidad. Ni
atribuyo excesiva importancia al resultado prác-
tico y' utilitario de una justa concesión. Hay que
proceder según es debido, sin pueril temor ni ilu-
sión férvida. No son perfectos los elementos mas-
culinos que rigen, gobiernan y manejan todo. La
mujer realmente es más moral que el hombre,
pues da a la criminalidad y a la delincuencia, a la
embriaguez y al vicio, menor contingente. Este
es punto delicado y afecta a la sociología, ence-
rrando uno de los aspectos más dignos de consi-
deración en la tradicional esclavitud del sexo.
«Animo, pues; que los gobernantes y legislado-
res no vean cocos y endriagos donde no hay sino
88
LA MUJER MODERNA
la más sencilla de las reparaciones, el reconoci.
miento de una verdad enterrada, ultrajada, pero
esplendorosa: que no hay mujeres ni hombres ante
la ley, sino Humanidad tan solo.»
Invito a ustedes a considerar muy especialmen-
te uno de los argumentos de esta brillantísima de-
fensa feminista. Dice: No atribuyo excesiva im-
portancia al resultado práctico y utilitario de
una justa concesión. Hay que proceder según es
debido. . . Y tiene razón: precisamente el mal más
grave de que ahora sufre el mundo es el de un
excesivo utilitarismo. Hasta el entusiasmo con que
se defienden las causas más nobles parece aver-
gonzarse de sí mismo y se disfraza y envuelve en
cobardes velos de «utilidad». Ciencia, arte, reli-
gión, política, todas las actividades humanas se
esfuerzan por demostrar que son útiles, y hacia la
utilidad encaminan casi exclusivamente su esfuer-
zo; y esto, que inmediatamente puede ser prove-
choso, honda y esencialmente es desmoralizante
y corruptor. Ya Paul Bert, el ilustre fisiólogo
francés, muerto en 1886, se dolía en el prólogo de
uno de sus libros elementales de ciencia de la ten-
dencia bajamente utilitaria que se advierte en las
escuelas modernas, en las cuales se intenta el es-
tudio de la Naturaleza mirando únicamente a su
aplicación práctica. Los defensores del feminismo
estamos expuestos a caer en este lamentable
error; para que no se tachen de suefio vano nues-
tras aspiraciones, nos inclinamos a exaltar, en
89
G. MARTÍNEZ SIERRA
primer término, la utilidad que al mundo reporta-
ría la reivindicacián que deseamos. Y acaso hace-
mos mal. Una valiente mujer española nos da una
alta lección moral. La justicia hay que defenderla
por la justicia. Hágase lo que es justo, porque se
deber hacer. Y esa es la suprema razón.
VIH
EL PELIGRO DE. LA INCULTURA Y DE LA
VOLUNTAD INEDUCADA
9
SEÑORAS mías: Mediten ustedes valerosamente
sobre la opinión que hoy se les ofrece. Habla el
cultísimo escritor Sr, Gómez de Baquero, a quien
algunas de ustedes acaso conozcan más por su bri-
llantemente acreditado seudónimo de Andrenio.
La característica de toda la labor literaria y crítica
de este pensador es la serena imparcialidad. Bien
pocas veces se apasiona con entusiasmos inclina-
dos a parcialidades, y el más culto sentido común
parece ser la norma de sus especulaciones. Fiel
a su ngble modalidad de espíritu, hoy mira cara a
'cara la cuestión que traemos entre manos, y tie-
ne el valor— -siendo partidario, por justicia, de la
causa feminista— de decirles a ustedes una amar-
ga verdad. «Sí, seftoras mías— les dice—: tienen
ustedes derecho por ley de naturaleza, que es tan-
to como por ley de Dios, a ayudarnos en igualdad
91
G. MARTÍNEZ SIERRA
perfecta, a dictar, aplicar y hacer cumplir las le-
yes...; pero si ahora mismo pusiéramos en manos
de ustedes el arma del sufragio, tal vez fuese po-
ner una espada en manos de un niño, porque son
ustedes un poco demasiado ignorantes, y porque
no saben ustedes tener voluntad».
El Sr . Gómez de Baquefo teme— tal vez no sin
razón — que el voto, que debieran ustedes emplear
libremente, le vendieran ustedes, ya que no por
dinero, por imposiciones de amor o de flaqueza, al
hombre ante quien están ustedes acostumbradas
a doblegar la voluntad: al marido, al hijo, al
amante, al confesor. Y que así, el muchas veces
injusto criterio masculino, en vez de encontrar sa-
ludable oposición y razonable contrapeso en la
opinión femenina, lograse, por el contrario, armas
dobladas, en la ayuda que ustedes pudieran darle.
Este es el peligro de la flaqueza y de la falta de
educación. El que no sabe no puede querer, por-
que el arma primera de la voluntad es el conoci-
miento. La objeción es fundada, y el golpe, certe-
ro. Lean ustedes, y mientras leen, vayan hacien-
do examen de conciencia.
El Sr. Gómez de Baquero dice así:
«Primero. Creo que no hay oposición esencial
entre feminidad y feminismo, ni siquiera acciden-
tal, a menos que el feminismo se convierta en una
ocupación absorbente. No hay razón alguna para
que la mujer emancipada pierda el encanto y el
carácter del sexo.
92
LA MUJER MODERNA
Segundo. El que la mujer esté sujeta a la ley
como el hombre, no es razón suficiente para que
participe en la elaboración de la ley. Hay clases
de personas sujetas a la ley que no la forman,
cpmo los menores y los que están privados tempo-
ralmente del ejercicio del sufragio: mendigos,
condenados, etc . La elaboración de la ley no es
cuestión de reciprocidad de derechos y deberes,
sino de capacidad, como que se trata de una fun-
ción pública. Pero como yo creo en la capacidad
de la mujer, entiendo que puede tomar parte en
la función legislativa. Ahora bien; hay que distin-
guir entre la capacidad substancial o potencial, y
la capacidad histórica presente. En España creo
que la mujer no tiene, en general, capacidad polí-
tica actual, y que necesita una iniciación educa-
tiva en las funciones de la ciudadanía. Otorgar el
voto a la mujer, sin restricciones y sin prepara-
ción, sería tai:\|o como dar votos múltiples a los
hombres y a las corporaciones, que, verosímil-
mente, seguramente manejarían el sufragio fe-
menino, el cual no sería más que apariencia, una
ficción electoral más. Por algo, con certero ins-
tinto político, es partidaiio el Sr. Vázquez de Me-
lla del sufragio de la mujer en España. Entre
nosotros, el primer paso de la emancipación debe
darse en el Código civil, reformando el régimen de
bienes en el matrimonio y suprimiendo la potes-
tad marital, que hace de la mujer casada una me-
nor, una mujer capitis diminuida de peor condi-
ción que la soltera y que la viuda Tocante al su-
93
LA MUJER MODERNA
Cuarto. No sé si la mujer aportaría al gobier-
no del Estado elementos de moralidad y de senti-
do práctico y constructivo superiores a los que
aporta el hombre. Creo que serían, más bien que
superiores, complementarios. Me fundo en las ex-
periencias de las colonias inglesas oceánicas y de
los Estados americanos, donde está ya en vigor
la ciudadanía activa femenina. En España tene-
mos otro género de experiencia: la de la mujer en
la enseñanza, y no es superior al hombre, ni ape-
nas distinta su acción; maestros y maestras se
parecen extraordinariamente. Desde liiego hay
que considerar que estas experiencias s«n todavía
muy recientes y no tienen nada de decisivas.
Quinto. El triunfo del feminismo en gran par-
te de Europa y su generalización en los Estados
Unidos de América y en las nuevas Repúblicas
coloniales inglesas me parece seguro, como a us-
ted, y creo que, por imitación, se extenderá a paí-
ses menos preparados que los de raza sajona y es-
candinava. A España también, donde tenemos la
peligrosa costumbre de copiar sin discernimiento
y sin pasar de la cascara de las cosas. El camino
que debe seguirse, ya lo he indicado antes inci-
dentalmente: emancipación en el derecho civil;
iniciación prudente y progresiva en el sufragio y
demás funciones de la ciudadanía, y, sobre todo,
difusión de cultura moderna, sin la cual la mujer
podrá hacer figura aparente de ciudadano, pera
no será más que una ficha de combinaciones
ajenas.»
95
G. MARTÍNEZ SIERRA
Difusión de cultura, ya lo oyen ustedes: saber
para querer, querer para poder. Y siempre veni-
mos a parar a lo mismo: estudiar, aprender, edu-
cai^e. Claro es que a esta acusación de ignoran-
cia que les hacemos a ustedes los hombres pueden
ustedes replicar, preguntando: «¿Es que, por ven-
tura, son pozos de ciencia los varones españoles
que nos gobiernan y administran?» No, señoras
mías; por desgracia, no lo son. La verdadera tra-
gedia de España es la incultura, la ignorancia
crasa de la mayor parte de los españoles; pero,
por eso mismo, cuando ustedes vengan a formar
parte de la soberanía nacional, es preciso que lle-
guen, como Minerva, armadas de punta en blan-
co, sabias y fuertes. Porque, para aumentar el
número de los diputados incapaces de distinguir
moralmente entre un si y un no, o el de los conce-
jales rendidos al imperio de Su Majestad el Taber-
nero, no valdría la pena de romper lanzas en fa-
vor de la causa femenina.
IX
LA INMORALIDAD DE LA INFLOENaA OCULTA
PNDRÁ la intervención directa de la mujer an
elemento de moralidad en el funcionamiento
político 7 administrativo?
El ilustre autor dramático Sr. Linares Rivas,
tan aplaudido por todas ustedes, dice resuelta-
mente que no, señoras mías. Y se funda para afir-
marlo en que «la inmensa mayoría de las inmora-
lidades administrativas se cometen precisamente
por las mujeres».
El cargo es duro; pero, desdichadamente, es
merecido. Y entre los que van respondiendo a
nuestro cuestionario no es el autor de Fantasmas
el único que alude al efecto desmoralizante de la
oculta influencia femenina. De un modo o de otro,
esta afirmación irá apareciendo en estas páginas,
sobre todo cuando dan su opinión hombres que
desempeñan papel activo en la política o en la Ad-
ministración. La influencia oculta es desmorali-
97
G. MARTÍNEZ SIERRA
zante, perniciosa, inmoral. Y no puede ser de
otro modo, señoras mías. La mujer, alejada siste-
máticamente de la vida pública, no tiene ni la
más ligera idea de moral colectiva. Para ella el
patriotismo es un vago concepto, que se encierra
en la emoción sensual que despierta el paso de los
regimientos al son de marciales músicas excitan-
tes. Ni siquiera sospecha, en general, que la Pa-
tria es una construcción que hay que cimentar
sólidamente, un huerto que hay que cultivar, un
ser vivo a quien hay que atender, criar, educar,
fortalecer, lanzar al mundo para que en el mun-
do cumpla una misión providencial. Nadie le ha
hablado de esto, y, por lo tanto, las virtudes
cívicas no están en sü código, ni siquiera tienen
lugar en su conciencia. Si oye hablar de mujeres
patriotas, es posible que piense en Agustina de
Aragón disparando contra los franceses; pero
nunca se le ocurrirá figurarse como espejo de pa-
triotismo a una buena mujer, sana y fuerte, madre
de ocho hijos, que ha criado y educado a los ocho,
o a una maestra de escuela, o a una mujer traba-
jadora e inteligente que instale un colmenar, o
plante un jardín, o se ocupe en la cría de gusanos
de seda, o establezca un taller de encajes, o ad-
ministre una cantina escolar, o guíe una colonia
de vacaciones. La mujer española considera que
la moralidad es asunto meramente individual, fa-
miliar cuando más, y que las relaciones públicas,
los grandes intereses colectivos no están sujetos
a la sanción divina. Echará de su casa, con horror,
98
LA MUJER MODERNA
a una sirvienta que le haya robado cinco duros;
pero le parecerá naturalisimo, si su marido es
concejal, pedirle una plaza de barrendero fingido
para favorecer a un pariente irremisiblemente
vago. Si acaso el marido es gobernador — recuér-
dese el amirable Pedro Sunches de Pereda — no se
alarmará su conciencia por la tributación clandes-
tina de casas de juego, prostíbulos y comisiones
turbias. Si es ministro, le importunará con reco-
mendaciones para que decida en los más graves
asuntos en contra de su fe política, de su convic-
ción, de la conveniencia del país entero. Y todo
esto con mimos, caricias, lágrimas, enojos, toda
la escala de armas bajas y viles, con tenacidad de
niña mimada, con impertinencias de favorita.
Todo eso es cierto, desgraciadamente. Ciertí-
simo que los hombres ceden rabiando, pero al
cabo ceden, a la influencia inmoral de la hembra;
pero la inmoralidad de esta influencia oculta tiene,
a mi parecer, como único remedio el que la influen-
cia femenil deje de ser oculta e indirecta y se
convierta, de consejo ignorante, en acción cons-
ciente. Cuando las mujeres tengan que intervenir
en los asuntos públicos, no tendrán más remedio
que darse cuenta de lo que significa la vida públi-
ca y aprenderán las leyes morales que deben re-
girla. Y es seguro, al menos a mi me lo parece, que
su sentido moral traspasará los límites del hogar,
en que, por desconocimiento de campo más am-
plio, está hoy encerrado, y se extenderá a activi-
dades más amplias. Además, cuando es preciso
99
G. MARTÍNEZ SIERRA
dar la cara, la vergüenza de la nuda ocasión es
todopoderosa. A cara descubierta pocas mujeres
se atreverán a delinquir.
Para salvaguardia de su honradez pública
habrá dos garantías: primera, el temor feme-
nino al qiíé dirán; segunda, el sentido práctico,
femenino también. Las mujeres, mucho mem)S
idealistas que los hombres, no se dejarán des-
lumhrar como ellos por espejismos apasionan-
tes, y, por lo tanto, ocasionados a lamentables
caídas. Muy pronto se darán cuenta cabal de que la
vida— hasta la vida de los políticos— es mucho más
fácil y más abundante en un país próspero que en
un país caído y atrasado, y un país próspero es,
sencillamente, un país con buena administración.
Esta verdad, ^^e los políticos hombres, especial-
mente en España, no han alcanzado a comprender
aún, la descubrirán ellas a los dos días de estar
con las manos en la masa, y hasta aquellas— tal
vez no faltarán, porque de humanos es delinquir —
que hubieran de sentirse inclinadas a la irregular
ridad administraiiva^ comprenderán que en país
de miseria es muy difícil irregulariear amplia-
mente. Y se darán prisa a crear, fomentar y ad-
ministrar con honradez fuentes de 'riqueza nacio-
nal, que con el mero provecho lícito les den más
de si que los abismos de pobreza y hambre mal
administrados.
Dice el Sr. Linares Rivas:
«Primero. Creo que, en la realidad, apenas
100
LA MUJER M O D E.JR N A
* -
si existe nn 10 por 100 de oposición ▼er4a4eFa;'-
las otras noventa partes son ratinaríás,«^débid&S; '
sobre todo, a que el examen de la cuestión no se
quiere hacer seriamente. Voto, pues, por igualdad
en el disfrute de los derechos civiles y políticos.
Segundo. No creo que la mujer se halle sujeta
a las leyes del mismo modo que el hombre; pero
si creo que le afectan directa o indirectamente
tanto como a nosotros, y por ello que deben inter-
venir en la función legisladora.
Tercero. No creo que la tarea municipal sea
esencialmente femenina, y si abogamos por la
igualdad, parece incongruencia el abogar por la
excepción o por el exclusivismo de ninguno de los
dos sexos en esta materia.
Cuarto. No creo que la intervención de la
mujer en los negocios del Estado aporte elemento
de moralidad, ya que la inmensa mayoria de las
inmoralidades administrativas se cometen preci-
samente por las mujeres...; en mi opinión, habrá
la misma moralidad o la misma inmoralidad que
hoy... Pero si estoy conforme en que las mujeres
traerán sentido práctico a la gobernación del Es-
tado en mayor suma que los hombres; y^
Quinto. El mejor medio preparativo es indu-
dablemente el estudio, lo que podríamos Ua-
mar la carrera política y social; pero a condición
de especializarla; es decir^ de prepararlas para un
ramo determinado de la Administración, dejando
el estudio general para cuando el tiempo, relati-
vamente corto, crease un par de generaciones
101
\ «
G. »M.AR:TINEZ SIERRA
»>_ > i p
M »
. • «ptas-para esa iunción que hoy, por ley de heren-
cia:, I^si-^strü^r, extraña y anormal.»
No lo olviden ustedes, señoras mías; hay que
influir en los destinos del mundo; pero hay que in-
fluir a cara descubierta, porque de la obscuridad
no puede salir más que inmoralidad; por algo se
le llama al diablo el rey, de las tinieblas.
LO ÚNICO QUE PEDIMOS
DE MARÍA DE MAEZTU
SOY íeminista; me avergonzaría de no serlo, por-
que creo que toda mujer que piensa debe sen-
tir el deseo de colaborar, como persona, en la
obra total de la cultura humana. Y esto es lo que
para mi significa, en primer término, el feminis-
mo: es, por un lado, el derecho que la mujer tie-
ne a la demanda de trabajo cultural, y, por otro,
el deber en que la sociedad se halla de otorgár-
selo. En efecto: cultura es, en realidad, trabajo,
operación; es pensar nuevas soluciones científi-
cas, cumplir nuevos actos morales, crear nuevos
sentimientos estéticos; es dinamismo y no un
conjunto de cosas estáticas. Si, pues, cultura
es trabajo, la mujer tiene deredio a partici-
par en d trabajo, esto es, en la cultura. Ne-
garlo sería inmoral, sería tratarla como a cosa,
103
G. MARTÍNEZ SIERRA
■■ II ■■ ■ 1—^— I 1»»^.— — ^— ■— —1^»^
como a ser extrahumano, indigno ñe trabajar.
Se dirá que a la mujer no se le ha negado nun -
ca el derecho al trabajo, que más bien que dere-
cho es tm deber. Cierto; las mujeres realizan ta-
reas penosas en los muelles, en las minas, en las
fábricas. Entonces, por ironía del destino, nadie
discute su inferioridad física. Se le confia el go-
bierno del hogar y la suprema jerarquía del Es-
tado; está sometida, como el hombre, al Código
penal, pero si pretende intervenir en la forma-
ción de la ley, se le contesta con un gesto frivolo
o se añade un comentario satírico a sus preten-
siones. ¿Cuáles son éstas? No pueden ser más le-
gítimas. La mujer quiere participar en la cultu-
ra. Como ser humano, y por el derecho inexcusa-
ble que le asiste como tal, pide una colaboración
en toda clase de trabajo. Cuando los azares de
la vida, las condiciones económicas o los vicios
actuales de la sociedad le privan de la suprema
función que le asigna la Naturaleza, la de criar y
educar a sus hijos, la mujer no se resigna a labo-
rar tan sólo en los bajos men esteres del taller o
de la fábrica o en las faenas del campo, sino que
quiere cooperar taníbién en los grados superiores
de la cultjora humana: arte, ciencia, moral, polí-
tica. Quiere toínar parte activa en el proceso de
la civilización, en la marcha de la humanidad.
Quiere contribuir a lá reforma de I9S leyes, a la
constitución de los pueblos. Siente, tal vez más
hondamente que el hombre, el drama dd sufri-
miento humano en los niños pobres, en las muje-
104
LA MUJER MODERNA
: ... r , p
res abandonadas...; y como no se resigna a con-
templarlo impávida desde el rincón florido de su
corazón, quiere orientar la opinión pública j con-
tribuir con el hombre a la mejora de la vida hu-
mana desde la Cátedra universitaria, desde el
Foro, desde el Pariamento.
EstOy y no más, representa ese movimiento
feminista, cuyo triunfo, se quiera o no se quie-
ra, es inevit2di>le. Las mujeres que en él participan
no pueden significar un empeño vano e incons-
ciente, porque les guia un sentimiento moral, un
anhelo de reforma, un ansia infinita de liberación
humana.
No se han detenido a pensar si el cerebro de la
mujer pesa más o menos que el del hombre, sino
que 'aceptan sus fuerzas, pocas o muchas, para
ponerlas en la obra comiln de la defensa humana,
y luchan por ella con la pasión ardiente de muje-
res enamoradas.
Planteado así el problema, no creo que pueda
haber oposición entre feminidad y feminismo.
¿Por qué? El hecho de que la mujer colabore en
la formación de las leyes, que piense y razone,
que sea más moral, más humana, en suma, ¿por
qué va )Ei restar encantos a su atractivo femenino
Suponerlo sería hacer gran deshonor a los hom-
bres. Es verdad que todavía hace unos años ha-
bía en España el ptejuicio de que la ignorancia
era, como la belleza o la fortuna, una probabili-
dad más para el matrimonio. Recuerdo que cuan-
do yo empecé a trabajar, muchos padres, celosos
105
<J. MARTÍNEZ SIERRA
de SUS deberes, se negaban a que sus hijas siguie-
ran una carrera cien tinca o literaria » por temor
a perjudicarlas. Hoy ya no se registra ni un solo
caso. Los hombres que piensan prefieren una mu-
jer consciente que se entregue por libre elección
de su voluntad propia. Y los otros, los que no
piensan, aunque sean legión, no tienen por qué
preocupamos: su opinión no pesa en los destinos
del mundo.
Justo es proclamar muy alto io que ya repetidas
veces se ha dicho: los mayores enemigos del fe-
minismo no son los hombres, sino las mujeres:
unas por temor, otras por egoísmo. Las prime-
ras, al oir hablar de emancipación, de indepen-
dencia económica, no ven tras de esos tópicos su-
gestivos mas que la pei'spectiva triste de ganarse
la vida trabajando a jornal en las industrias, vic.
timas de una explotación miserable. Esta inde.
pendencia es para ellas, con razón, la peor
de las esclavitudes. Puestas a elegir entre la
sumisión al patrono o al marido, todas las
mujeres prefieren la última. Contra lo que afir-
maba Stuart Mili, la sumisión de la mujer
al hombre por medio del matrimonio es, en
esas circui;istancias , la única liberación po-
sible.
Las segundas no quieren oir hablar de emanci-
pación económica, porque lo único que desean es
enco;itrar un marido en ventajosas condiciones,
cosa que se hace más difícil si las mujeres deman-
dan un puesto en la economía social. Para unas y
106
LA MUJER MODERNA
otras el feminismo no es mía idea liberadora, sino
una promesa de esclavitud.
Por eso la primera tarea a realizar es la de
preparar a nuestras mujeres, y claro está que yo
confío, como único y exclusivo medio, en la edu-
cación, que al salvar las substancias ideales que
lleva dentro, ignoradas por ella misma, le dará
fuerza para descubrir nuevos mundos, no sospe-
chados hasta ahora.
No me atrevo a contestar afirmativamente a su
pregunta de si la intervención de la mujer en los
negocios del Estado pondría en su funcionamien-
to un elemento de moralidad y un sentido prácti-
co y constructivo de que en la actualidad carece.
No lo sé; D. Armando Palacio Valdés ha dicho
que la política debe ser negocio exclusivamente
femenino; y cuando él lo dice... Sin embargo, yo
no lo sé; hasta ahora hemos hecho tan poco, tan
poco, que no podemos aventurar nada. Pero es
ley de justicia que se nos deje ensayar.
Es lo único que pedimos.
XI
OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES
HABLA hoj, señoras mias, el elocaente diputado
Sr. Alcalá: Zamora, hombre de brillante ca-
rrera política, y su opinión es muy digna de te-
nerse en cuenta.
Pero no estriba precisamente en esto el valor
de los párrafos con que el Sr. Alcalá Zamora res-
ponde a nuestro cuestionario, ni tampoco en las
curiosas y aun graciosas revdaciones que en ellos
pueden atisbarse, leyendo entre lineas, sobre el
funcionamiento de la máquina parlamentaria, por
ejemplo, la «libertad relativa en que por excep-
ción» se encuentran alguna vez los diputados para
emitir su voto.
El valor esencial para nuestra causa de las de-
claraciones d€fl Sr. Alcalá 2^mora está en que no
son exposición de tm criterio platónico, sino reía*
to de un hecho concreto. No dice: «yo soy parti-
dario de que las mujeres intervengan en la admi-
109
G. MARTÍNEZ SIERRA
nistración municipal», sino: «yo he dado mi voto
en el Congreso para sostener mi opinión práctica-
miente». Y, señoras mías, obras son amores.
Dice el Sr. Alcalá Zamora:
«Sin entender yo que la administración muni-
cipal sea tarea esencialmente femenina, he creído
de siempre que la capacidad electoral de la mujer
no contradice ningún principio fundamental y le-
gítimo del derecho público, y que es ya llegado el
momento de iniciar el ejercicio de tal facultad en
las Corporaciones municipales españolas.
En tal sentido, cuando en 1908 se planteó esta
cuestión doctrinal, a la vez práctica, en el Parla-
mento español, aproveché la libertad relativa en
que, por excepción, se nos dejó a los diputados, y
di mi voto favorable al de la mujer en elecciones
municipales y con determinadas garantías de in-
dependencia y cultura en las que hubiesen de
ejercer tal derecho.
Aun cuando supongo que conoce usted comple-
tamente ese episodio parlamentario , llamo su
atención sobre lo que yo recuerdo de memoria,
pues no lo tengo a la vista. Creyendo no equivo-
carme, le diré que fuimos 35 los diputados que vo-
tamos en pro del derecho electoral de la mujer, y
en los 35, si no me engaño, figuraban, entre los
que ya faltan, los Sres. Mojret y Canalejas, y en-
tre los que viven, los Sres. Villanueva, Alba, Al-
varez, Vázquez de Mella, Azcárate, Piniés, Na-
no
LA MUJER MODERNA
varro Reverter (Vicente), Gasset, Pedregal y al-
gunos otros que siento no recordar. Mi voto se
emancipó de la mayor influencia política a que es-
taba sometido en intima relación, pues lo di inme-
diatamente después que el señor conde de Roma-
nones, quien casi interrumpió la votación con un
no rotundo y enérgico, acompañado de expresivos
comentarios, que regocijaron mucho a la Cámara,
y al cabo de lo cual el si mío renovó la algazara.
Quizá digan los demás radicales feministas que
exigir a la mujer condiciones de independencia y
cultura que no concurren en la mayoría de los
electores masculinos, constituye injusticia; pero
me permito observar que aun en los hombres n^ás
incultos hay cierta preparación experimental e
instintiva, menos frecuente en la mujer; que no
cabe aplicar igual solución a las restricciones que
a las ampliaciones de la legalidad que existen en
materia de sufragio; que toda innovación justa y
profunda exige, para su eñcacia, ser gradual; y
que, dada la realidad de la vida española» el voto
femenino sin garantías pudiera ofrecer peligros
para la tendencia liberal que fuera precisamente
el argumento explotado en la votación de 1908.
En el orden civil, le diré, en resumen, para no
alargar demasiado esta respuesta, que, a mi en-
tender, cuando se haga la revisión del Código,
debe ser el feminismo, en lo que tiene de razona-
ble y justo, una de las tendencias doctrinales y
hechos en la vida social que han de tenerse en
cuenta. Desde luego, en cuanto el problema no se
111
G. MARTÍNEZ SIERRA
I " ■■ I I 1 1 ■■ I I ■ ■ I 1 1 . I
complica con las relaciones conyugales, las pocas
incapacidades de la mujer o desigualdades que en
su contra existen, deben desaparecer.
Nada justifica, por ejemplo, que se la incapacite
para ser testigo en los testamentos, cuando la rea-
lidad de la vida impone, hoy mismo, la excepción
dentro de la ley, y para los casos en que precisa-
mente el abuso puede ser mayor. Del propio modo
admitido, ya que, en determinadas circuns^ncias,
la mujer puede ser tutora, incluso de su marido
incapacitado (no cuento las que lo son de hecho,
salvando al marido incapaz), no tiene sentido que
subsista la exclusión general para una misión en
que cabe presten los ciudadanos femeninos servi.
cios y utilidades de honradez insuperable en la
educación de personas y administración de bienes.
Dentro de la organización familiar, donde el pro-
blema se complica extraordinariamente, la ten-
dencia expresada deberá influir también, incluso
venciendo el derecho extemo del Estado las difi-
cultades que sean necesarias salvar para que re-
flejen la realidad del derecho íntimo del hogar
que establece la patria potestad conjunta, de la
cual hay algunos precedentes en nuestra misma
tradición legislativa. »
Leídas las palabras del Sr. Alcalá Zamora, in-
irito a ustedes a fijar la atención sobre un punto
concreto: la intervención de la mujer en elfun»
€Íonamiento de las Corporaciones municipales.
Las Corporaciones municipales, seftoras mías, son
112
LA M U J E R MODERNA
lo que ustedes están acostumbradas a llamar los
A3runtamientos, y es preciso que tengan ustedes
ep cuenta que, en todos los países, la intervención
de la mujer en la vida públi^ ha empezado pre-
cisamente por ahí. Y es natural, puesto que, entre
las funciones que las Corporaciones municipales
desempeñan, hay muchas que pueden llamarse de
arreglo casero. Un pueblo, un Municipio, es una
gran familia; para su vida próspera hay que aten-
der a problemas de limpieza, de abastecimiento,
de traída de aguas, de beneficencia, de cuidado
de enfermos pobres, ancianos, niños desampara-
dos, de educación, de expendición de bebidas al-
cohólicas, de creación de parques y jardines, de
suministro de leche en buenas condiciones, de
protección a industrias locales— que muchas ve-
ces son industrias exclusivamente femeninas—,
etc., etc. Todo esto es trabajo tan propio de mu-
jeres, que, como ustedes ven, sin esperar a que
ustedes deseen intervenir en ello, hay represen-
tantes en Cortes que votan reclamando que se les
imponga a ustedes esa tarea. Y como ha de lle-
gar el momento en que no puedan ustedes subs-
traerse a ella, es preciso que se preparen ustedes
desde ahora a poderla desempeñar. Empiecen us"
tedes por formar Ligas de amas de casa, Asocia-
ciones de consumidoras; preocúpense ustedes de
producir algo ' las que viven ustedes en el campo
tienen ustedes en sus manos el poder de aumentar
considerablemente la riqueza de España—, consa-
grándose a trabajos de agricultura especializada
113
8
G. MARTÍNEZ SIERRA
—producción de frutas, verduras y legumbres — y
a la cría de animales domésticos. Una vez que
sean productoras conscientes, comprenderán us-
tedes la necesidad de que el productor y el consu-
midor estén en contacto directo, sin someterse a
intermediarios explotadores, y formarán ustedes
cooperativas de producción y de consumo; lleva-
das por la sana corriente del trabajo, una vez que
le hayan ustedes emprendido, querrán ustedes
perfeccionarlo, y estudiarán ustedes inevitable-
mente en los libros y en la realidad; querrán us-
tedes conocer y aplicar los procedimientos que
han empleado las mujeres de otros países, apren-
derán ustedes las leyes que les favorecen y que
les perjudican, tomarán ustedes un grandísimo y
noble amor a la tierra, al pueblo, al Municipio en
que viven, no como parásitos, sino como fuerzas
vivas y elementos de progreso, y sin apenas dar-
se cuenta de ello habrán ustedes adquirido cono-
cimiento y voluntad que les capaciten para go-
bernar, organizar, remediar... El tema es largo
y hoy se acaba el papel. Otro día hablaremos más
por extenso. ¡Oh, mujeres de España, si ustedes
supieran lo rica en potencia y en posibilidades
que es la tierra de nuestra Patria, y lo que uste-
des podrían hacer de ella si, decidiéndose a rom-
per la pereza de siglos, la tomasen ustedes en sus
manos!
XII
FEMINIDAD Y FEMINISMO
DE RAMIRO DE MAEZIL
HACE más de dos meses que D. Gregorio Martí-
nez Sierra tuvo la bondad de consultar mi
opinión acerca de la intervención de la mujer espa-
ñola en los negocios del Estado, sin que me haya
sido posible en nueve semanas evacuar la consul-
ta, y no por falta de tiempo, sino por falta de
energía. Como los periódicos se llevan toda la que
tengo, las cartas que recibo se quedan sin res-
puesta, ymis amigos y corresponsales, desairados,
se sentirán con justicia agraviados, a menos que
pn espíritu de santa caridad les haga comprender
que, si he de seguir escribiendo en los periódicos,
no me es posible sostener correspondencia priva «
da ni con mis relaciones ni con mis lectores.
Y ello me duele, porque muchas veces esas car-
tas que dejo sin respuesta me sugieren interesan-
lis
G. MARTÍNEZ SIERRA
— I - I I I - ' - iiiiwi j I— ^r TiTi«m TT-MTr^T-rTrr— m^M'
tes temas. Así, en esta consulta del Sr. Martínez
Sierra se toca un punto que realmente me fasci-
na. «¿Cree usted que, en realidad, existe oposi-
ción esencial entre feminidad y Jeminismo?»
Del otro tema, el relativo a los derechos electo^
rales que puedan ser otorgados, en prudencia, a
las mujeres españolas, poco puede decir un ausen-
te, porque todo depende de la situación de he-
cho de las mujeres españolas del día.
Se me figura— y la idea no es nuev^ — - que las
leyes positivas deben limitarse a constatar, a ase-
gurar hechos sociales existentes ya. ¿Es que in-
tervienen ya las mujeres españolas en la vida del
Municipio o en la del Estado? Pues debe conce-
dérseles el voto municipal o el voto nacional. Y nó
se me conteste preguntándome si es posible que las
nrojeres intervengan en la vida poUticá sin tener
el voto, porque esto sería no querer entendemie.
Yo he estado interviniendo toda mi vida en la po-
lítica y no he ejercitado nunca d voto, ni creo
haber figurado nunca en ningún censo electoral.
Aun sin tener el voto, pueden las mujeres in-
tervenir en la vida del Municipio, en la regional
y en la del Estado. ¿Que ya son muchas las que
intervienen en la cosa pública? Pues regularícese
su posición por medio del voto, por lo cual pre-
fiero entender la obligación de votar y no el de-
recho facultativo de votar o no votar. Y si no in-
tervienen, no hay problema. En punto a conve-
niencia o inconveniencia de las leyes positivas, lo
decisivo es el hecho social.
116
LA MUJER MODERNA
¿Existe oposición esencial entre Jetninidad y
feministnoP He aquí el problema. Se trata de
una oposición innegable, esencial, universal, eter-
na; pero también ha habido siempre en este mun*
do feminidad y feminismo.
Feminidad es la mujer como misterio. Misterio
de la carne, o misterio del espíritu, o misterio de
la síntesis de espíi"itu y de carne, según los casos.
Dante escribe en las primeras páginas de la Vita
Nuova la primera impresi<)n que le produjo Bea-
triz:
«Se me apareció vestida del color más esplén-
dido, modesta y decente, ceñida de púrpura y
adornada como convenía a su edad tierna. En
aquel instante, lo digo con verdad^ el espíritu de
mi vida, que mora en la cámara más secreta de
mi corazón, se puso a temblar tan violetamente
que se manifestó terrible hasta en las últimas
arterias, y pronunció, tembloroso, estas pala-
bras: Eece Deus fortior me veniens dominabu
tur tnihi,»
Sí, esto es la mujer como feminidad: una fuer-
za más fuerte que nosotros. Lo primero que se le
ocurre a Romeo al encontrar a Julieta es desear
no seguir siendo el que era antes. Y ello no de-
pende, sino accidentalmente, del odio que separa
a la$ dos familias de Capuletos y Monteácos, sino
que es esencial al amor este enajenamiento, que
no es, como dice la palabra, sino el impetuoso e
imposible anhelo de salir de uno mismo para en-
trar y fundirse en la substancia de otro ser.
117
G. MARTÍNEZ SIERRA
Pero el enajenamiento del amor mo necesita ser
suscitado en nosotros por la feminidad. La femi-
nidad concreta, el sentirse enamorado de una
mujer determinada o el deseo de enamorarse de
una mujer determinada, no es sino la localización^
la individualización del amor. Lo que constituye el
amor es el salirse de sí mismo, y ello es ley univer-
sal de la Naturaleza. Todos los individuos, anima-
dos o inanimados, se hallan condenados a fundirse
los unos en los otros, y los que son en los que no
son o no son totalmente . Los individuos animados
tienen además el don de sentir este salirse de s£
mismos. Los seres )iumanos gozan también de la
facultad de poder elegir el objeto de su amor.
Eligen, esto es, aciertan o se engañan. Esta li-
bertad de elección es su gloria y su cruz. Pueden
poner su amor en la mesa ,del comedor o en la
caja de caudales. Pueden amar el mando o el re-
nombre. Pueden amar al prójimo o a la mujer. El
primero y grande mandamiento les ordena amar
a Dios sobre todas las cosas, pero les es dable
desobedecerlo.
En este sentido, la feminidad es un pecado gra-
ve. Lo mismo la feminidad del hombre que pone
en la mujer aquel amor supremo que debe reser-
varse a Dios o a la substancia divina, el bien, la
verdad o la belleza, que la feminidad de la mujer
cuando desea suscitar en el hombre un amor que
llegue a la locura.
El «eterno femenino», lejos de ser, como Goe-
the decía, el camino de las alturas, es siempre,
118
LA MUJER MODERNA
siempre, una caída: es uno de los modos de la
Caída de Adán. Hay caídas más bajas , convenido.
Vale más enamorarse de una mi\jer que no del
vino. Hay caídas más altas. El filántropo que pon e
en el prójimo el amor que debe a Dios, cae más
alto que el enamorado. Pero la feminidad es siem-
pre una caída, una malversación.
De aquí la superioridad del feminismo. El fe-
minismo es la consideración de la mujer como
compañera y no como misterio. «Dios creé a
Eva, dice el Génesis, para que Adán encontrase
en ella una «ayuda idónea». Y Milton ha dicho,
en las líneas más hermosas que han salido jamás
de mente humana, que cuando Adán y Eva fue-
ron expulsados del Paraíso,
«The world was all before them. Where to choose
Their place oí rest, aad Providence to guide.
They, hand in hand, with wondering step and slow
Through Edén took their solitary way.»
(El mundo entero se tendía ante ellos. Dónde elegir —
Su lugar de descanso y la Providencia como guía. — Ellos,
dándose la mano, con paso yacilante y despacio, — Por el
Edén emprendieron su ruta solitaria.)
Ante el misterio del mundo, Adán y Eva ca-
minan con las manos enlazadas, y cuando se mi-
ran en los ojos no veií en ellos más misterio que
el reflejo del misterio del mundo. Náufragos so-
bre ima misma tabla, Adán se siente ser como
Eva, y Eva se siente ser como Adán. Esto es
substancialmente el feminismo: la conciencia de
119
G. MARTÍNEZ SIERRA
la identidad del destino de Adán y Eva, en con- '
traste con la feminidad, que surge cuando, olvida*
do el destino común, Eva se erige en destina
para Adán, y Adán mira a Eva como a su desti-
no, o viceversa.
Y entonces es cuando Eva, en muchas ocasio-
nes, se vuelve una carga para Adán, en vez de
ser un alivio; \m estorbo, en vez de ser un bácu-
lo. Entonces es cuando el uno y el otro se apar-
tan de su destino, y en vez de coadyuvar al de la
Humanidad, lo impiden y lo retrasan.
Con ello queda dicho que feminidad y feminis-
mo son incompatibles. La mujer puede ser nues-
tra compañera o nuestro misterio; pero no puede
ser al mismo tiempo nuestra compañera y nues-
tro misterio. O la vemos como un camarada de
penas y alegrías, o como un destino misterioso al
que nos queremos someter o al que deseamos do-
minar.
Me figuro que esta conclusión no satisfará al se-
ñor Martínez Sierra, porque serán muy contados
los hombres modernos que je contentarán con
ella. El hombre moderno desea enamorarse como
un loco, y cuando llega a enamorarse como un
loco, quisiera convertir al ser amaáo en compa-
ñero suyo. El hombre moderno es como un niño
que quiere la luna. Quiere el feminismo y la fe-
minidad al mismo tiempo. Quiere la mujer que
le ayude y comprenda, y la que le enloquezca y
torture, o la que sea por él enloquecida y tortu-
rada. Y eso es un absurdo, un imposible. Es como
120
LA MUJER MODERNA
si pretendiese en una mujer, al mismo tiempo, la
locura y la sensatez.
Pero hay que elegir... ¿Llegaiá a comprender
el hombre moderno la dolorosa necesidad de te-
ner que elegir?
XIII
EL FEMINISMO ES LA UBERTAD DEL HOMBRE
DE LUIS ARAQUIS2AIN
HA tenido usted, mi querido amigo, la bondad
de pedir mí opinión sobre unas cuantas cues-
tiones genéricas de feminismo, que define usted
como «la igualdad de la mujer y el hombre en de-
rechos y deberes civiles y políticos, y, por lo tanto ,
la facultad de intervenir efectiva y directamente
en la vida de la nación». Creo que el liberalismo no
puede tener base duradera sino en la democracia,
aunque algunas veces se dé sin ella por accidente
histórico y aunque otras parezca decaer dentro de
ella, y en consecuencia soy partidario de que to-
dos sean iguales ante la ley y de que la ley sea
igual para todos. Y eB la palabra todos, claro
está, va incluida la mujer, que debe, por esta ra-
zón, intervenir en todos los negocios del Estado y
del Municipio.
123
G. MARTÍNEZ SIERRA
La cuestión de su superioridad o inferioridad
sobre el hombre no afecta a este principio demo-
crático, como no le afecta el hecho de que los
hombres sean física, nioral e intelectualmente
distintos entre sí. En realidad, la mujer no es su-
perior ni inferior al hombre, sino fimdamental-
mente distinta, y, por lo tanto, inconmensurable
con él. Más bien se complementan en lo espiritual
no menos que en lo fisiológico, y esta razón hace
suponer que su ingerencia en los negocios públi-
eos imprimiría a la política una plenitud y una
delicadeza de que hoy carece. Hay problemas,
como el matrimonio, la enseñanza y la guerra,
entre otros, en que la voz de la mujer tendría
tanta o más autoridad que la del hombre, y su in-
fluencia sería en extremo provechosa, sobre todo
en el último, en la guerra. En último término, las
mujeres no lo harían peor que los hombres.
En cuanto a su feminidad, el feminismo, la par-
ticipación de la mujer en la cosa pública, la acre-
centaría. Porque lo que hoy llamamos feminidad
no es, generalmente, sino un complejo ardficio,
una densa red psicológica, creada por seculares
circunstancias sociales para apresar matrimonial-
mepte al hombre. El Don Juan no es más que un
mito forjado como reacción contra esa falsa y
omnipotente feminidad; sólo existe Doña Juana .
El feminismo, en cambio, dará a la mujer mayor
independencia económica y social y la redimirá
de esa suprema preocupación del matrimonio, que
de ese modo pasará a ser una de tantas cosas en
124
LA MUJER MODERNA
rf I lili II. .111 1 1 II 1 1 1 1 II I I III
la vida, en vez de ser, como hoy, la fundamental
7 casi la única. Entonces aparecerá la mujer en
toda su simplicidad, en su verdadera naturaleza,
y será, ciertamente, más femenina en lo último,
aunque externamente se despoje de ese complica-
do aparato de conquistar hombres que ha ido
construyendo, durante los mejores años de su
vida, en complicidad con una de las mayores pla-
gas sociales: el modisto. La estúpida manía de la
moda casi diaria, tan hábilmente aprovechada por
irnos cuantos explotadores de la vanidad social^ y
la preocupación del matrimonio, ahogan hoy en
la mujer lo mejor y más femenino de ella.
Y por lo que se refiere al instinto de materni-
dad, no haya cuidado de que el feminismo lo ami-
nore. El ejemplo de algunas estériles o desnatu-
ralizadas, que figuran en la agitación feminista
extranjera, hace creer que femínismp equivale a
marimachismo. Pero esto es un error de genera-
lización. También hay marimachos allí donde no
existe el feminismo. La mujer es madre sobre
todo y siempre, y la actividad política, al dotarla
de upa mayor independencia económica, ha de
robustecer ese instinto en lugar de debilitarlo.
La maternidad tendrá entonces un sentido más
amplio; en un régimen feminista, la mujer se
sentirá dos veces madre: madre de hijos y de du-
dadanos.
Todo lo que antecede se refiere a la mujer, ge-
néricamente. Pero si particularizamos la cuestión
al caso de la mujer espaflola, el feminismo tiene
125
G. MARTÍNEZ SIERRA
para nosotros, los habitantes de esta ibérica por-
ción del mundo, un valor especial y extraordina-
rio. La mujer española vive actualmente dentro
de un horizonte demasiado estrecho: el hogar y
la iglesia. Y a su modo, hace constantemente po-
lítica. En mi entender, una de las causas funda-
mentales de la pobreza espiritual que caracteriza
a nuestra vida pública, una de las razones de que
el español ande en política con las alas cortadas »
como pobre ave de corral incapacitada para todo
alto vuelo, es la concepción puramente doméstica
que tiene de la existencia de la mujer. La mujer
española es la negación de la civilidad, de la exal-
tación política, del romanticismo vital. Según su
criterio, todo anhelo del hombre que no busque la
consolidación y mejoramiento del hogar, es re-
probable locura. Ante todo, hay que hacer «ca-
rrera». De ese modo, las actividades más puras
del espíritu y, por lo tanto, las menos remunera-
tivas hallan en la mujer española, cuando se trata
del esposo, del hermano o del hijo, una tenaz re-
sistencia. El feminismo, al extender el espíritu
social de la mujer sin despojarle por eso de su ca-
rácter doméstico, contribuiría, en cambio, a fo-
mentar en el hombre sus impulsos más nobles, sus
inclinaciones más desinteresadas, y de esta suerte
tendríamos mejores ciudadanos. Hoy apenas exis-
ten más que padres e hijos de familia. Lo prueban
esas dos plagas de nuestra vida pública que pade-
cemos: el favoritismo y el nepotismo.
Fuera del hogar, el foro político de la mujer es-
126
LA MUJER MODERNA
pafiola es la iglesia. Privada de participar direc-
tamente en la vida pública, busca en la religión
positiva heredada la expresión de su personalidad
social. Y la halla. No se confunda religiosidad con
política eclesiástica. Todas las Iglesias son, en el
fondo, política, actividad de gobierno. Hoy por
hoy, el instrumento más fiel y eficaz de la Iglesia
es la mujer, que lleva su política al hogar y, de
rebote, por presión sobre el hombre, a la vida pú-
blica. El feminismo, sin reducir por eso la religio-
sidad de la mujer, ensancharía su radio político y
la eximiría de la necesidad social de reíugiarse Qn
la iglesia. Entonces sus relaciones con el eclesias-
ticismo serían espontáneas y libérrimas, no, como
ahora, impuestas fatalmente por un estado social
que excluye a la mujer de la vida pública. Con
ello saldrían ganando la mujer, la Iglesia misma
y el hombre.
Estas serían las influencias capitales del femi-
nismo sobre la vida española, aparte las comunes
a todos los pueblos. No se trata, pues, solamente
de un derecho fundamental, sino también de un
poderoso estímulo para nuestra vida civil. La
mujer española, al extender su existencia más
allá del hogar y de la iglesia, estaría en mejor si-
tuación de engendrar y formar hijos— ciudadanos
e hijos — santos. El gran problema de España no
estriba tanto en fomentar la tierra como en mol-
dear hombres de elevado espíritu. Y esta tarea
depende en gran parte de la liberación de la mu-
jer, carcelera de sus carceleros. El estado servil
127
G. MARTÍNEZ SIERRA
de la mujer española es demasiado tiránico para
«1 hombre. Loado sea el feminismo si ha de aca-
bar con él. En soma: el hombre será el más liber-
tado por el feminismo.
XIV
UN político militante es partidario de
QUE LA MUrjER INTERVENGA DIRECTAMENTE
EN LA GOBERNAaÓN DEL ESTADO
SEÑORAS mías: Decididamente, la causa femi-
nista está de enhorabuena en España, y a
medida que voy recibiendo respuestas me alegro
más de haberme lanzado a pedir opiniones. La que
hoy van ustedes a leer es del ilustre escritor, y
no menos ilustre político, D. José Francos Rodrí-
guez. Tiene por esto importancia doblada. No se
trata ya de un soñador, de un espíritu a quien pue-
da tacharse de estar, por el continuo y exclusivo
trato con las musas, un tanto alejado de las reali-
dades de la vida corriente. Cierto que el Sr. Fran-
cos Rodríguez es un pensador y un idealista; cierto
que ha venido al campo de la política desde el más
noble campo del pensamiento; pero el trajín del
trabajo diario le ha dado la experiencia necesaria
para contrastar sus idealismos con la realidad, tro-
129
G. MARTÍNEZ SIERRA
candólos en posibilidades. Además, en cuestiones fe-
ministas es el suyo voto de excepción, porque pre-
cisamente en el cargo público que desempeña tie-
ne a diario ocasión de apreciar el valor y la efi-
ciencia del trabajo de la mujer española. Y no
hay mejor manera de valorar la capacidad de un
ser humano— sea hombre o mujer — que ver cómo
se porta en el desempeño de una labor seria, de
utilidad pública, que exige exactitud, paciencia y
probidad.
Dice el Sr. Francos Rodríguez:
«L No hay oposición esencial entre lá feminidad
y el feminismo. La que existe la crearon los pre-
juicios sociales. Una mujer con todos los atributos
correspondientes a su sexo, con todas las delica-
dezas psicológicas, con todos los refinamientos
sentimentales que la caracterizan, puede y debe
intervenir en la vida de la nación. Son tantos y
tan variados los esfuerzos exigidos por la vida iso-
cial moderna, que no basta para realizarlos una
mitad del género humano. Si por razón de sexo
se deja ocioso al elemento femenino, la tarea de
mejorar el mundo, que es la impuesta a la huma-
nidad, o se entorpece, o sólo a medias se cumple.
Cuando'^e habla del hombre, se habla de todo$
los hombres y de todas las mujeres del mundo.
Ahora, que la parte masculina, adjudicándose el
papel de soberana, atribuye papeles, reservándose
el principal por motivo de fuerza, y ésta cuestión
130
LA MUJER MODERNA
no se dirime con el poderío del músculo, sino con
los dictados eternos de la justicia.
Ella reclama que la mujer sea tratada como co-
rresponde al interés social. En las relaciones so-
ciales, los hombres guardan y suelen guardar
atenciones de señorío, que deben sustituirse por
las de carácter fraternal. Las preferencias galan-
tes son taimadas expresiones de dominio.
Creo, pues, que los dos sexos, el masculino y el
femenino^ deben colaborar en la acción de la vida
con medios análogos, y tener análoga participa-
ción en los derechos; pero opino que el reconoci-
miento de tal analogía debe condicionarse.
Note usted que hablo de analogía, no de igual-
dad. El problema no ha de consistir en que cada
persona dé un voto, sino en saber la condición del
voto que ha de dar. Debe otorgarse una suprema
igualdad a cada elemento social; pero teniendo en
cuenta que ha de ejercer su derecho en medios
diferentes. C^da uno tiene su papel, y el que todos
los representen todos sería tan perturbador como
el que unos pocos se apropien en absoluto la re-
presentación y dejen a los demás como especta-
dores.
Hay que especializar la vida, y, reconociendo
el derecho de todos, atenerse a las aptitudes-, al
saber y al carácter de cada cual.
II. Claro está que siendo las leyes expresión
del derecho y defensa contra los que quieren vul-
nerarle, la mujer, como el hombre, debe contri-
buir a formarlas. En realidad, si no directa, indi-
131
G. MARTÍNEZ SIERRA
rectamente, toda la sociedad crea leyes, porque
impone sus costumbres, manifiesta sus necesida-
des, y con ello sugiere al legislador las prescrip-
ciones que sirven para el gobierno de las colecti-
vidades.
No hay que echarse por e\ lado del ridículo, ha-
blando en son de mofa de senadoras y diputadas.
Este problema no se resuelve con ingeniosidades
y donaires. Precisamente lo que urge es contra-
riar al misoneismOj siempre dispuesto a defender
las normas viejas y a no cambiar la postura
adoptada.
En efecto: muchas de las leyes carecen de la
perspicacia y de la ternura que predominan en el
espíritu femenino. Tengo, pues, por indudable
que la mujer contribuirá en lo futuro y como es
debido a la formación de las reglas por las cuales
se rigen los pueblos.
III. En la vida municipal está todavía más pa-
tente la necesidad de que intervenga la mujer.
Hace nueve años, discutiendo en el Congreso el
proyecto de ley llamado de Administración local,
aduje varias razones en favor de que las mujeres
formaran parte de los Concejos. Para ir vencien-
do los escrúpulos y moderando la extrafleza de
cuantos rechazan la intervención femenina en la
vida política, bueno fuera que se pensase como pró-
logo de la obra el acceso de la mujer a los A3run-
tamientos. Muchas de las cuestiones municipales
requieren indispensablemente el concurso femeni-
no. ¿Cómo considerar a las mujeres ajenas a pro-
132
LA MUJER MODERNA
blemas que se llaman educación, vivienda, ali-
mentación, abastos y otros parecidos?
Búrlense cuanto quieran quienes suplan con in-
genio la razón; pero es lo cierto que en los Muni-
cipios se nota la falta del espíritu femenino. Al
cabo y al fin, es todo Concejo como un hogar co-
mún, donde a cada paso hay que tratar de hábitos
de la vida, de tradiciones locales, de cosas, en fin,
acerca de las cuales pueden definir cuantos en la
comarca viven, y muy singularmente las mujeres*
IV. Creo que debe intervenir la mujer en los
negocios del Estado. No sólo debe intervenir, sino
que interviene, y ejerciendo la más alta magistra-
tura con acierto, con aplomo, con grandeza en
muchos casos, y de ello hay en nuestro país un
ejemplqf que nos enorgullece.
Creo además que la intervención de la mujer
en los negocios públicos debe ser franca, directa,
lo cual destruiría la intervención indirecta, sola-
pada y perniciosa de que hay varios casos, ningu-
no loable.
A veces, los hombres que se escandalizan de
que la mujer llegue a influir directamente en la
vida pública, se someten a las exigencias, capri-
chos o voluntariedades de la esposa, cuando no
de la hembra. Y ese influjo, que suele dar por re-
sultado malas obras, sí que debe condenarse y
proscribirse.
V. Pero con el fin de que se consiga en España
el triunfo de ideas que considero razonadas, pro-
gresivas y beneficiosas, es preciso modificar las
133
G. MARTÍNEZ SIERRA
- .. ■ .^,,„„„^,^^,.^.^ ,
condiciones de la sociedad por medio de la educa-
ción. Hay que educar a los hombres para que no
se alarmen por cosas que no producen ningún
asombro en los pueblos cultos, y educar a las mu-
jeres para que se pongan en condiciones de ocu-
par el puesto que les pertenece.
El problema del feminismo requiere previa-
mente una acción vigorosa y perseverante de cul-
tura general. Requiere además propagandas in-
tensas y continuas, como la que usted realiza, y
por la cual merece sinceros plácemes.
Para el bien de la Patria hay que poner en
acción todos los espíritus, y esa tarea es de escue-
la y de maestros. La escuela para la infancia, y
los maestros para las demás edades. En la escuela
y en los educadores está el cimiento indipensísble
para la fábrica que se quiere alzar.
No se busque el apoyo de la fisiología para di-
vidir en dos partes a la humanidad, dejando a una
sometida a la otra. La mayor diferencia no con-
siste en dos sexos, sino en dos estados de alma .
El estado de ignorancia, de atraso, que lleva a
los mayores males, y el estado que proporciona
la instrucción, útil para quien la posee y para sus
semejantes.»
Como ven ustedes, la opinión del Sr. Francos
Rodríguez es resueltamente favorable, y está
dada con una franqueza que no tiene parecido
ninguno con las ambigüedades prudentes en que
suelen envolver las suyas los políticos meramente
134
LA MUJER MODERNA
profesionales. Y no hay que olvidar que el que
hoy opina así ha sido ya ministro. Sin embargo,
no le asusta que puedan existir en España muje-
res diputadas y senadoras. Esto es un buen sínto-
ma y una buena lección para los temerosos... y
para las perezosas. Señoras mías, no van ustedes
a tener más remedio que ponerse a estudiar a
toda prisa, para no dejar en mal lugar a los hom-
bres ilustres que con tanta lealtad y generosidad
defienden la causa femenina.
XV
HAY QUE DESBARBARIZAR ALFOMBRE
DE ALBERTO IN:^ÚA
HE aquí lo que puedo responder al cuestionario
sobre el problema del feminismo:
A la primera pre^nta: No creo que exista opo-
sición esencial entre feminidad y feminismo y que
ca mujer deba ser excluida de los asuntos públi-
cos: municipales, nacionales e internacionales.
Pero tampoco creo que puede equipararse en
absoluto al hombre y la mujer, porque la oposi-
ión que existe entre los términos feminidad y
virilidad es de orden biológico, físico y moraL
La oposición que existía en la antigüedad entre
hombres libres y esclavos, así como todas las ca-
tegorías de las sociedades en que dominaba — o
domina— la idea de casta, estaba formada por pre-
juicios, convenciones, errores, abusos, lo que us
ted quiera, porque no reposan sobre ninguna rea-
137
G. MARTÍNEZ SIERRA
lidad biológica, sino sobre una modalidad política
que, como tal modalidad, evoluciona y puede lle-
gar a desaparecer. Los pensadores griegos creían
que era natural que hubiese esclavos. A los filóso-
fos y moralistas de la Enciclopedia — Voltaire y
Diderot, inclusive — les parecía una quimera el
ideal republicano y lo esperaban todo del despo-
tismo ilustrado. A los individualistas les pone
fuera de sí el socialismo. Y, sin embargo, ya no
hay esclavos: la república se ha establecido en dos
terceras partes del mundo civilizado y el socialis-
mo atrae a toda la política Contemporánea...
Pero la mujer y el hombre no están separados
por sofismas filosóficos o tradiciones políticas, sino
por la carne y por el sentimiento. No hay modo de
llenar el abismo que la Naturaleza interpuso entre
los dos sexos: abismo que es abrazo cuando llega
la hora de la m^,temidad. Veo que de una verdad
clarísima me ha salido una paradoja. Usted sabe
lo que quiero decir. Creo— y toda la vida mil ve-
ces secular me da razón— que no se puede— ni se
debe— virilizar a la mujer. No juguemos con el
absurdo.
¿Entonces? Pues que manteniendo las dos cate-
gorías naturales de la masculinidad y la femini-
dad debemos ser feministas, pero no desenfrena-
damente, sino equitativamente feministas. Y lla-
mo feminismo equitativo al que consistirá en dar
a la mujer todo lo que merezca y en no quitar al
hombre en la nación — como en la casa— su pre-
ponderancia. El hombre cumple exclusivamente la
138
LA MUJER MODERNA
más transcendental y dolorosa de las funciones
sociales: la de la guerra, Y que no se diga que si
el hombre es soldado, la mujer es madre: la pa-
ternidad sobrepuja con mucho en responsabilidad
y en esfuerzo a la maternidad. Me parece, en con-
clusión, que la mujer y el hombre no pueden te-
ner en absoluto los mismos derechos y deberes
civiles y políticos, porque puede haber capitanas
como Juana de Arco, pero no soldadas. Las mu-
jeres se baten bien durante unas horas. Por eso
son grandes revolucionarias y van a buscar a
Luis XVI a Versalles y ayudan a tomar la Basti-
lla y a echar por tierra a los Romanoff... Pero no
son militares de oficio. Son nerviosas, espanta-
dizas y volubles por naturaleza, y está bien que
sean asi.
Acentuando las diferencias, es decir, estudian-
do las diferencias entre la mujer y el hombre, po-
drá llegarse a establecer un cuadro bastante justo
de las funciones que son privativas de Adán y las
que lo son de Eva, así como de todas aquellas a
que pueden concurrir los dos. Estas son, que
conste, las más numerosas. De hecho el feminis-
mo se ha ido instaurando en las sociedades mo-
dernas desde que las mujeres comenzaron a ejer-
cer las profesiones liberales. Si hay médicas^ y
abogadas, y químicas, y profesoras de todas las
ciencias, claro está que deben existir juesas, ma-
gistradas^ concejalas^ diputadas, etc., etc. Pero
no se puede llegar a todo esto de golpe. Hay que
ensayar ^\ feminismo. Antes del sufragio universal
139
G. MARTÍNEZ SIERRA
a las mujeres debe establecerse un sufragio res-
tringido. Y hasta me parece lo mejor fundar un
tercer Cuerpo colegislador que sea exclusivamen-
te femenino y que necesite del apoyo de uno de los
dos Querpos masculinos para aprobar o desechar
una ley. Asi se iría preparando a las señoras al
régimen parlamentario. Pero esto es una simple
cuestión de procedimiento.
Queda contestada con lo anterior la segunda
pregunta de su cuestionario. Si, la mujer debe
contribuir a la formación de la ley. ¿Cómo? El
modo cambiará según el pais y según el grado de
emancipación y de cultura de la mujer. Lo que no
podrá admitirse nunca es que en un parlamento
estén en mayoría las mujeres, ni que formen par-
te del poder ejecutivo. Bueno, ya se encargará el
hombre de no dejarse arrebatar los pantalones.
Tercera pregunta: ¿Por qué— pregunto yo —
ha de ser la administración municipal tarea esen-
cialmente femenina? Esencialmente, no; princi-
palmente, acaso. La mujer administra en peque-
ño mejor que el hombre. Su paciencia, su minu-
ciosidad y su probidad son mayores que las del
varón. El Municipio es la casa de la ciudad (Casa
de la Villa, Hotel de Vi lie J, y la casa no va a de-
rechas sino bajo la administración femenina. (Léa-
se El ama de la casa..,) Todo lo que sea contar,
distribuir y poner orden en las cosas lo hace la
mujer con más detenimiento y certeza que el
hombre. Estas últimas lineas responden a la pre-
gunta cuarta; pero la mujer será tanto más moral
140
LA MUJER MODERNA
y ordenada cuanto menos sufra la influencia del
hombre. Para mí no puede haber feminismo sin
divorcio^ ¿eh? Esto es lo mas impprtante de la
cuestión.
Quinta pregunta: Los mejores medios de ca-
pacitar y preparar a la mujer española para las
tareas sociales que la aguardan, son, entre otras:
A. Capacitar al hombre español para el femi-
nismo. Hacerle comprender que la mujer ha na-
cido para algo más que la cocina y el gineceo y
que vale tanto como él. Arrancarle al hombre es-
pañol la idea, mitad mora y mitad monástica, de la
inferioridad femenina. Desbarbarizar al hombre
español, en una palabra, para que no sea bestial-
mente celoso y bestialmente lúbrico. Mientras las
mujeres no puedan salir solas, viajar solas, vivir
solas, etc. , no podrá hablarse en España de femi-
nismo. No es a ellas^ sino a ellos, a los que hay
que preparar para la nueva vida social.
B. Hay que establecer la enseñanza primaria
obligatoria para los dos sexos y convertir nues-
tras Escuelas Normales de Maestras en centros
equivalentes a los liceos y gimnasios para señori-
tas del resto del mundo. La filie de la concierge
sabe más en Francia que la hija de la marquesa
en España.
C. Hay que establecer el divorcio. No es se-
rio, ni digno, ni limpio que sólo España, entre los
grandes pueblos occidentales, siga con lo de la in-
disolubilidad del vínculo, que huele a sofisma de
confesonario. La víctima de la indisolubilidad es la
141
G. MARTÍNEZ SIERRA
mujer, a la que la voz pública llama lo que usted
sabe si se atreve a imitar al hombre, que tiene
derecho a todo. Una mujer separada ha de ser
casta como una monja (de las que lo son) para no
acarrearse el desprecio público. Sin divorcio no
hay independencia ni dignidad femenina, y sin
estas dos cosas no puede haber feminismo.
Z>. Y claro está que en cuanto haya divorcio
habrá en España separación de la Iglesia y el Es-
tado y verdadera libertad de conciencia. Porque,
de lo contrario, nuestra mujer votará por el can-
didato de su confesor. Y esto, no, no, no... Para
terminar: tenemos que proteger a nuestra mujer
(tan intuitiva, tan lista, tan valiente) contra el
señorito soez, contra el chulismo ambiente» con-
tra el marido déspota y barba-azulesco y contra
el confesonario.
XVI
LA MUJER-PERSONA
DE CONCEPCIÓN SÁIZ
SI por feminidad entendemos todo lo que fisio-
lógica y psíquicamente es propio de la mujer^
nada de lo que con tal concepto se relaciona pue-
de ofrecerse en oposición; oposición que no existe
en el término Jeminismo, aun entendiendo por él,
ya que no la igualdad, la equivalencia entre los
derechos y los deberes civiles y políticos de la
mujer y del hombre.
Fundóme para hablar de equivalencia en que
siendo el derecho función correlativa del deber e
imponiéndose las diferencias fisiológicas entre
hembra y varón como raíz de sus privativos de-
beres naturales, no puede existir entre los civiles
y políticos, de aquéllos derivados, esa conformi-
dad exacta desuna cosa con otra en natura-
leza, calidad y cantidad, que expresa, tomado
143
G. MARTÍNEZ SIERRA
en SU estricta acepción, el vocablo igualdad.
Admito yo el Jetninismo como derecho de la
mujer a intervenir directamente, con responsabi-
lidad personal, en la vida total de la nación, con-
tribuyendo a formar las leyes por que ha de regir
se. ¿Supone esto la reclamación del derecho elec-
toral para la mujer española? No. Creo que el
parlamentarismo está agotando sus postreras
energías, y no deseo que mis compatriotas agos-
ten en flor las suyas para obtener un derecho
que la escogida minoría masculina desdeña ejer-
citar y la ignara mayoría ejercita a título lu-
crativo.
La vida social ha de transformarse necesaria-
mente tras la honda crisis que la humanidad (y el
humanitarismo) está sufriendo, buscando piara
ello otras orientaciones y otros medios de organi"
zación distintos de los que nos han traído a la do'
lorosa situación actual. En los nuevos derroteros
que seguirán los pueblos, la mujer no será ya
peso muerto; su actividad ilustrada ha de contri-
buir a crear sociedades más humanas. ¿Cómo?
El tiempo lo dirá.
Es innegable que la mujer posee en mayor gra-
do que el hombre las dotes de previsión, orden y
moralidad indispensables a un buen administra-
dor; dotes que, agregadas a la ausencia de com-
promisos políticos (imperantes en las decisiones
masculinas), cuando se apliquen a nuestra desdi-
chada gestión municipal producirán obras útiles
en beneficencia, enseñanza, ornato público, etc.
144
LA MUJER MODERNA
■ 1 ■ ■ ■ ■
Pasemos ahora a la cuarta pregunta de su in-
teresante cuestionario.
La igualdad de derechos políticos, tan mal di-
gerida por las masas, ha despertado el ansia de
goces, desterrando de la vida moderna el molesto
elemento moral. En la segimda mitad del si-
glo XIX, la apertura del istmo de Suez constituyó
el noble triunfo de la Ciencia y del Trabajo; medio
siglo después, las obras del canal de Panamá mos-
traron al desnudo la corrupción moral de los su-
cesores de Lesseps.
La educación cívica moderna no ha bastado,
ni creo baste nunca, a llenar el vacío de la supri-
mida educación religiosa. El concepto de la mo-
ral pura, del bien por el bien, sólo es accesible a
los altos espíritus; el vulgo, movido por impulsos
pasionales, no se detiene ante consideraciones
éticas, y como el vulgo... va en coche, lleva a los
más altos asuntos del Estado el espíritu... amoral
que nos corroe. La mujer, de costumbres más pu-
ras que el hombre y de mayor religiosidad, pon-
drá en los negocios del Estado ^ si llega a interve-
nir en ellos, más alta moralidad.
Heme ante el arduo problema de indicar me-
dios para «capacitar y preparar a la mujer espa-
ñola para la nueva tarea que le ha de incumbir
por ley del progreso». Contestaré con muy pocas
palabras: Hacerla mujer y persona.
Hasta ahora, la mujer que se preció de'seiio
consideraba ajeno a su condición cuaníto excedía
del orden -doméstico, y en el extremo opuesto, la
145
10
G. MARTÍNEZ SIERRA
que aspiraba a sumarse al esfuerzo social, miró
desdeñosante lo que tendía a convertirla en cen-
tro del familiar bienestar. Cuandoel pensamiento
femenino rebasaba el umbral del hogar, propios y
extraños atribuían el caso a excepción, loable o
censurable, pero en fin de cuentas excepción, lo
que no deja de ser halagador. Ese concepto des-
aparecerá en la presente centuria. La mujer-per-
sona tendrá, como el hombre, su vida íntima, in-
dividual y familiar; cumplirá su misión de perpe-
tuadora, ^conservadora y educadora de la especie,
y a la vez llenará sus deberes de miembro inte-
grador de la nación, interviniendo en la vida cívi-
ca en cuanto ésta reclame su participación, favo-
rable siempre a la moralización social.
La mujer española, para la vida del hogar, no
necesita aprendizaje: raza y tradición la han doc-
torado en virtudes domésticas; para ejercitar la
ciudadanía ha de aprenderlo todo. ¿Cómo? ¿Dón-
de? Esto, amigo mío, se relaciona tan íntima-
mente con la organización de la enseñanza nacio-
nal, que su exposición exigiría un libro.
XVII
EDUCARLA, EDUCARLA, EDUCARLA. . .
DE RAFAEL ALTAMIRA
CON mucho gusto contesto a las preguntas con
que me honra en su amable carta, respecto
a la cuestión femíni$ta. Muy brevemente, a fin de
evitar a usted y a los lectores una disertación más
o menos erudita, de la que sólo ]as conclusiones
pueden interesar.
No creo que exista oposición esencial entre Je-
minidad y feminismo, en el sentido que usted da
a estas expresiones; nada justifica esta mal enten-
dida oposición, que acaso se explique por la nove-
dad que supone, dado el concepto tradicional que
sobre nosotros pesa respecto a la misión de la
mujer en la sociedad.
La administración municipal es, a mi entender,
tan femenina como masculina, pero en modo al-
147
G. MARTÍNEZ SIERRA
gano privativa y especial de mngimo de los dos
sexos.
¿Medios de preparar a la mujer española para
el triunfo del feminismo? Sencillamente, educarla,
educarla, educarla, e incorporarla a todas las
obras sociales, pero con mucha instrucción por
base.
XVIII
A MAYOR LIBERTAD, MAYOR VIRTUD
NO creo que haya oposición ninguna^dice, res-
pondiendo a nuestro cuestionario, d seftor
don Torcuato Luca de Tena, ilustre directíH* de
ABC^di quien ustedes, señoras mías, j yo debe-
mos tan profunda gratitud, por habernos presta-
do generosamente las columnas de sus dos perió-
dicos, A B C y Blanco y Negro , durante ya más
de dos aftos, como tribuba desde la cual defender
la causa feminista—, no creo que haya oposición
ninguna entre feminidad y Jeminismo. Es más:
creo que cuanto más feminista sea una mujer, es
decir, cuanto más exacta y más elevada tenga la
comprensión de su propio valer, más sutil será su
encanto femenino. Yo no he visto jamás, en el
noble anhelo de la emancipación de la mujer, ese
fantasma del «marimacho» que nos quieren pre-
sentar los detractores del feminismo. Al contra-
rio: cuanto más libre, cuanto más emancipada,
149
G. MARTÍNEZ SIERRA
más mujer me parece. Hasta ahora no sé que se
le haya ocurrido a ^adie que un esclavo sea más
riríl que un hombre libre. La emancipación, afor-
tunadamente, no modifica las cualidades caracte-
rísticas del sexo; si acaso, las mejora. Pues si no
hay peligro de que la emancipación produzca en
el hombre la feminidad, ¿por qué temer que cause
la masculinidad en la mujer?
Además, en la realidad de la vida estamos vien-
do todos los días el ejemplo práctico. Entre la in-
consciencia zafia de una moza del campo o la
abierta comprensión de ima mujer de ciudad,
¿quién puede negar que es mucho más femenina
la segunda?
Opino también, con usted, que la mujer que su-
fre todas las trabazones, todas las ataduras de la
ley, debe contribuir a formarla. No creo que con
ello saliera perdiendo nadie, como no sea los que
conservan todavía como un estigma atávico el
criterio moro de que la mujer es poco más que
mía cosa creada exclusivamente para el placer y
la explotación.
Si las mujeres mandasen.,,^ reza una copla
zarzuelesca que se ha hecho popular; si las mu-
jeres mandasen, muchas iniquidades que al ampa-
ro de la ley se cometen, no se cometerían. ^Pue-
de haber nada más absurdo que una mujer solte-
ra, que a los veintitrés años dispone libremente de
su fortuna, a los cuarenta, con más experiencia de
la vida, no pueda, por el hecho de ser casada, tener
derecho a defender el patrimonio de sus hijos?
150
LA MUJER MODERNA
La intervención de la mujer en la elabora-
ción directa de las leyes les prestaría una canti-
dad de bondad, de ternura, de caridad, de coqa-
pasión, que difícilmente les otorgarán nunca los
hombres.
Creo que con esto contesto en lo esencial a las
preguntas del cuestionario. Los demás puntos son
derivaciones lógicas del tema principal, que por
sí solas se han de ir resolviendo con un poco de
interés y otro poco de buena voluntad.»
Hay en la respuesta, neta y resueltamente fa-
vorable a la emancipación de la mujer, del señor
Luca de Tena unas cuantas palabras en las cua-
les quiero que pongan ustedes, señoras, especial
atención, porque en ellas está encerrado un as-
pecto moral del problema feminista de notable
importancia.
Dice: «Cuanto más exacta y más elevada ten-
ga (la mujer) la comprensión de su propio valer. . . »
Conciencia exacta y elevada... comprensión... Me-
diten ustedes sobre esto, porque de muy poco val-
dría que consigan ustedes derechos si no se dan
ustedes cuenta perfecta, no ya de lo que esos de-
rechos significan, sino de lo que ustedes son esen-
cialmente, de lo que valen en realidad, de sus ca-
pacidades exactas, de sus limitaciones inevita-
bles, de sus facultades y de sus ignorancias, de
sus noblezas y de sus flaquezas. Un derecho ad-
quirido no es más que una semilla enterrada; el
fruto depende, tanto como de ella, de la calidad
151
G. MARTÍNEZ SIERRA
del terreno en que haya caído. Todas ustedes,
católicas lectoras mías, recuerdan la parábola
evangélica, y saben qué fué menester para que el
grano diera ciento por uno. Así, en la víspera de
esa emancipación, que el esfuerzo de las mujeres
de otras tierras está logrando para ustedes, es
preciso que examinen ustedes serena — lo cual
vale tanto como decir severamente—la calidad
del terreno que puedan ustedes ofrecer a la semi-
lla que está a pimto de caerles en el huerto.
Pregúntense ustedes, y respóndanse con toda
sinceridad: ¿Soy yo digna de levantar la vo2 en
el negocio de la vida española? ¿Tengo un con-
cepto claro de lo que es la Patria y una ele-
vada idea de pai deber como patriota? ¿Tengo un
ideal deñnido de bondad, de justicia^ de progreso?
¿He trazado a mi actividad posible un camino es-
pecial, mío, esencialmente mío, aunque sea pe-
queño, aunque sea la más humilde de las «vere-
das» campesinas, pero que yo conozca y que lleve
a un lugar determinado? Si la antorcha de la li-
bertad pasa junto a mí, ¿qué candelita, por mo-
desta que sea, podré yo, encender en su lumbre?
¿O qué grano de arena podría llevar al edificio^
eternamente en construcción, de la vida pública
y el bien general? ¿Soy maestra en algo? Y si no
lo soy, ¿no pudiera, con trabajo y buena voluntad,
llegar a serlo? ¿Qué es lo que me interesa? ¿Qué
es lo que comprendo? ¿Qué es lo que amo y qué
es lo que aborrezco? ¿Y por qué lo aborrezco o lo
adoro? ¿Cuál es la ley de mi vida interior, y de
152
LA MUJER MODERNA
dónde me viene, y por qué la acato? ¿Qué quisie-
ra yo que fueran mis hijos para el mundo? Y al
mismo tiempo, ¿cómo desearía yo que fuera, et
mundo en que ha de producirse y desenvolverse
la vida de mis hijos? ¿Cuáles son mis más íntimas
rebeldías pontra la ley y la costumlpre en todos
sus aspectos: familiar, social, religioso, jurídico,
y en qué están fundadas? ¿Tengo voluntad, o soy
meramente voluntariosa>Mi aquiescencia al esta-
do presente de las cosas, ¿es resignación, es in-
consciencia, o es sencillamente pereza?
Y así sucesivamente. «Cuanto más exacta y
elevada tenga la comprensión de su propio va-
ler...» La comprensión exacta de lo que ustedes
valen no puede dársela sino un tenaz, escrupulo-
so, perseverante examen de conciencia... En
cuanto a lo de que esta comprensión sea eleva-
da..., eso ya no depende del examen, sino de la
voluntad. Para elevar el concepto que ustedes
a sí mismas se merezcan es preciso que levanten
ustedes el ideal, que olvidándose vn poco, no ya
de sí mismas — que la abnegación o negación del
propio interés es frecuente virtud y aun corrien-
te flaqueza de mujeres — , sino de lo que inmediata
y cordialmente les atañe, levanten ustedes el pen-
samiento, guía primera del corazón, a más altas
empresas, que le saquen ustedes del recinto en-
cantado y jardín deleitoso de los afectos familia-
res y le lleven al campo libre del amor a la huma-
nidad.
El aire libre es sano, y el encierro, dafiino. No
153
G. MARTÍNEZ SIERRA
■ ^
teoian ustedes que por extender el radío de sus
amores y hacerlos caridad, vayan a perder fuer-
za ni eficacia los lazos familiares y los debe-
res que dentro del hogar estén ustedes obligadas
a cumplir. Mucho más madres de los propios hijos
sabrán ser ustedes si han contrastado ustedes y
fortalecido su virtud maternal en los ejercicios de
«maternidad humana», a que les haya obligado,
fuera del hogar, su condición de mujeres libres,
responsables y patriotas. Mejor educación recibi-
rán los hijos de la madre que sabe de la vida y
trabaja por mejorarla, que de la encerrada y en-
claustrada sombra que consoló con un amor apa-
sionado, enfermizo y despótico sus amarguras de
inútil y sus tedios de irresponsable.
Además, la maternidad «familiar» no es más
que una fase de la vida de la mujer, una prepara-
<:ión para su maternidad «social», que ha de venir
más tarde como corona y complemento de aquélla.
Y precisamente muchos de los males, tristezas y
tormentos de la vida individual de madres e hijos
vienen de la corrupción de este instinto maternal,
que debiendo emplearse «humanamente», se em*
pefian las mujeres en prolongar familiarmente más
allá de los límites precisos. Hay un momento en
que fuera de la dulce adhesión sentimental, que
debe durar tanto como la vida, ya el hijo no nece
sita de la madre. La madre, sin embargo, sigue
necesitando hijos, y la persistencia de esa «necesi;
dad» es prueba de que existe una función en que
pueda satisfacerse. Esta es, sencillamente, la fun-
154
LA MUJER
MODERNA
ción política 7 social. Para terminar, únicamente
quiero repetir a ustedes: «A mayor libertad,
mayor virtud. A más amplios derechos, más
estricta conciencia» .
v
XIX
V
UNA MUJER ANTI-PEMINISTA
DE CARMEN ROJO
CiNCtTBNTA aflos consagrada a la educación de
la mujer me han hecho conocer su psicolo-
gía, 7 le anticipo que la confusión de los sexos en
las profesiones, en los cargos públicos y especial-
mente en la política, sería, en principio, un aten-
tado contra la familia, la paz del hogar y el por-
venir de la raza. «
Los seres se han de desenvolver en relación
con su naturaleza y con su destino, y, por lo tanto,
forzar la naturaleza de la mujer, exigiéndola
energías y virtudes de que carece y desviarla del
fin esencial de su vida, es un crimen de lesa huma-
nidad.
El problema del feminismo se planteó en Espa-
ña hacia el año 70, y desde entonces ha progresa-
do mansamente, sin mido, pero de modo tan eficaz,
167
G. MARTÍNEZ SIERRA'
que ha logrado cambiar radicalmente la fisonomía
moral y física de la mujer, sin que pueda decirse
que haya ganado en el cambio. En la actualidad
tiene mayor cultura, pero está peor educada; ha
ganado energías y ha perdido ideales y delicade-
zas; si por su trabajo se ha hecho independiente!
ha relajado los lazos de la familia, y tal vez haya
fomentado la vagancia de hombres desaprensivos;
al emanciparse perdió para siempre la felicidad
que proporcionan los puros afectos de la familia,
y pasa una vida tan triste como la pintó el señor
Ángel Guerra en un precioso artículo.
Pero como la evolución es un hecho que, guste
o no, hay que aceptar, las circunstancias obligan
a pensar en los medios de encauzar estas corrien-
tes para evitar graves peligros.
El feminismo, tal como hoy se entiende y se
practica, es el mayor enemigo de todo lo femeni-
no. Las feministas parece que tratan de borrar los
rasgos y el carácter propios de la mujer, y con
sus exageraciones ridiculas, su afán de exhibición
y hasta por su porte externo, han hecho odioso el
feminismo.
Mirado el asunto desde otro punto de vista, la
mujer que emplea su vida en el desempeño de un
oficio o profesión, tiene abandonada la familia. La
que pasa el día en la fábrica o en el taller, deja su
casa sucia, fría, sin los primorosos cuidados de
una mano cariñosa que se consagre a proporcio-
nar a los suyos el posible bienestar.
Las comidas se hacen en la taberna; los hijos»
158
LA MUJER MODERNA
abandonados durante muchas horas en el arroyo*
¿Ganará la clase obrera con este sistema?
La que pasa la vida en la redacción de los pe-
riódicos, la que politiquea y frecuenta ciertas re-
uniones, no sirve para el hogar, en el alto sentido
q[ue damos a esta santa palabra. Afortunadamen-
te, estas mujeres constituyen una exigua minoría.
Si el feminismo se concretara a educar a la mu-
jer para que conociera y practicara sus derechos
civiles, haría un gran bien a la sociedad; pero
pretender que la mujer tome parte activa en la
política, será envenenar lo que aún está*sano, y
como dice María Carbonell: «Si la política ha de-
gradado media humanidad, para qué degradar la
otra media»; y no es que a la mujer le ialte inte-
ligencia; su intuición es asombrosa, su compren-
sión rápida concibe las ideas con claridad, a pesar
de faltarle instrucción; pero la vanidad y el amor
propio desenfrenado la incapacitan. Al verse ob-
jeto de las miradas del público, sólo desea, pueril-
mente, lucir, brillar sin reparar en las consecuen-
cias. Para conseguir, no el triunfo de la idea que
sustenta, sino su propio triunfo, lucha con ener-
gía, supliendo con la astucia lo que le falta de
fuerza.
Esto no es decir que deba prescindirse de la co-
laboración de la mujer en la obra social. Creo que
puede y debe intervenir eficazmente de modo in-
directo educando a sus hijos, inspirándoles altos
ideales, creando en ellos virtudes personales y cí-
vicas, y compartiendo la vida intelectual con el
159
C MARTINEZ SIERRA
mando, en quien influye, evidentemente, toda mu-
jer de espíritu superior.
Como las lejes antes de discutirse y de votarse
en las Cámaras son ideales y aspiraciones del
pueblo, la mujer que tiene conciencia de sus debe^
res trabaja para formar la opinión pública, condu-
ciéndole a todo aquello que puede contribuir al
enaltecimiento de la patria.
Sin comprometer a la mujer en las luchas polí-
ticas, puede intervenir directamente en muchas
funciones del Estado. La Beneficencia en todos
sus aspectos, la EnsefLanza en todos sus grados,
no sólo para niñas, sino para los varones hasta la
edad de diez a doce años, son funciones que, por
su carácter maternal, están en perfecta armonía
con los sentínaientos femeninos.
La administración municipal puede estar tam-
bién con ventaja encomendada a la mujer, en
quien dominan los hábitos de orden y economía.
Y si teniendo en" cuenta la situación actual, en
la que hay millones de mujeres solteras que tie-
tien derecho a vivir y, por lo tanto, a crearse una
posición independiante que afirme su personali*
dad, queremos ampliar su esfera de acción, debe-
mos capacitarlas para todo aquello que esté en
armonía con su naturaleza <
Las pequeñas industrias que pueden desarro-
llarse dentro del hogar, el Arte, el Comercio, al-
gunas profesiones como la Medicina y la Far-
4aiacia, son ocupaciones bastantes para emplear
41 todas las mujeres que necesiten gomarse el pan
160
LA MUJER MODERNA
O sostener a un padre anciano o a un huerfanito;
pero entiéndase bien, que hablo de la mujer solte-
ra o viuda sin hijos, o con hijos emancipados. A
la mujer casada se le debe prohibir toda ocupa-
ción que la separe del hogar y que sea inctwnpa-
tible con los sagrados deberes de la maternidad.
Para que estos intentos de sano feminismo no
fracasen, es menester educar a la mujer en un
ambiente de religiosidad, de sencillez y modestia,
de honor y dignidad, que borre todo asomo de
vanidad y de egoísmo y despertar en ella las
ideas del deber, de patria y de humanidad, y que
ño espere más recompensa que la propia satisfac-
ción de haber contribuido al bien general con su
trabajo y con sus ejemjdares virtudes.
11
XX
ES IMPOSIBLE NEGAR LA IGUALDAD
DE L UIS DE ZUL VETA
ME parece imposible negar la igualdad de la
mujer y el hombre en derechos y deberes
civiles y políticos, sin negar, al mismo tiempo, la
esencia misma de la vida pública moderna. Por-
que, en ésta, aquellos derechos y deberes no na-
cen ni de las condiciones individuales ni de la fun-
ción social ejercida. En lo fundamental, son inhe-
rentes a la personalidad humana.
Negar el voto a la mujer en un régimen
democrático, equivale a negarle la personali-
dad misma. Vota, en principio, todo español
adulto sólo por serlo. Pero por una contradic-
ción absurda, no vota la maestra o la doctora
cuando vota el analfabeto; no vota la viuda que
gobierna una familia y una hacienda; la direc-
tora de una Escuela Normal no puede llevar su
163
G. MARTÍNEZ SIERRA
/
papeleta a la urna como el último de los orde-
nanzas.
De un modo más general, tampoco creo que
deba cerrarse artificialmente, con prohibiciones
legales, ningún camino, ningún estudio o carrera
a la mujer. En aquellos para los que no sirva,
no entrará o no adelantará. Dejemos que, libre-
mente, la naisma experiencia, la realidad com-
pleja, fluctuante, flexible, vaya colocando en su
lugar cosas y personas. Aparte de que siempre
puede haber mujeres excepcionales. ¿A qué cerrar
por anticipado ninguna puerta?
No está ahí el problema, a mi juicio. No es de
orden legal, que en eso el feminismo sólo tropieza
con la tradición, o mejor dicho, con Ta rutina. Es
de naturaleza moral y social. Suponiéndola ya
igual ante la ley, libre de trabas extemas, ¿qué
orientación le conviene seguir a la mujer? ¿Cómo
^ha de educarse ella y ser educada? ¿Qué fines idea-
les se debe proponer en la vida para desenvolver-
se según su peculiar naturaleza y derramar sobre
el mundo toda la plenitud de su corazto y de su
alma?
No se enriquecerá gran cosa el espíritu huma-
no por el hecho de que algunas mujeres hagan
mejor o peor lo que hoy vienen ^ciendo los hom-
bres. Lo interesante sería pensar en, . una modali-
dad nueva, femenina, en el arte, la ética o el de-
recho.
¿No se. alude a esto al preguntar si la interven-
ción de la líiujer en los negocios del Estado pon-
164
LA MUJER MODERNA
dría en su funcionamiento un elemento de mora-
lidad y un sentido práctico y constructivo, de que
en la actualidad carece? Hoy nuestra cultura es
casi exclusivamente masculina. No porque las
mujeres no la tengan, sino porque apenas contri-
buyen a crearla. La participación directa, origi-
nal, de la mujer, esa nota o tonalidad femenina,
daría a la cultura ün valor más totalmente huma-
no, que hoy no alcanzamos a conjeturar.
¿Será esto posible? Hay quien lo duda; se habla
de limitaciones naturales. La casa, los hijos...
Poco a poco; no confundamos ciertas serviles,
pequeñas obligaciones doínésticas que cabría mo-
dificar fácilmente, con la misión de la materni-
dad, que es intangible, eterna, santa. Pero ¡quién
sabe lo que, precisamente en ese sentido, habrá
de realizar en el porvenir la cultura de la mujer.
Hoy se empieza a pensar, por ejemplo, que la
parte importante, eficaz, de la educación corres-
ponde a los seis primeros años de la vida. Recien-
tes trabajos de psicología y de pedagogía vaij en
esta dirección. A esa edad, y aun después, la
educación está muy ligada a la maternidad. Y la
educación no es labor fácil ni que pueda realizar-
se medianamente sin mucho espíritu, y mucha
'ciencia, y constante estudio, y una gran elevación
moral, y toda la delicadeza artística imaginable!
XXI
ACCIÓN, NO PALABRA
DE BLANCA DE LOS
RÍOS DE LAMPEREZ
SINGULARMENTE honrada por una demanda de
mi opinión humilde acerca de lo que se llama
«el problema del feminisno>, correspondo a soli-
citación tan enaltecedora haciendo para con usted
una excepción única, pues jamás quise intervenir
en polémica alguna, y menos que en ninguna en las
promovidas sobre tan debatido asunto; porque yo
entiendo que en Espafia, donde discusión se llama
apasionamiento, se sirve mejor la causa de nues-
tro sexo con la acción que con la palabra; la pa-
labra enardece y encona la lucha, y la acción se
impone incontrastable, no combate, actúa, evi-
dencia con el hecho, lo cual es más que vencer,
haber vencido sin luchar; así como mil años de
discusión acerca del poder y belleza de la luz, no
167
G. MARTÍNEZ SIERRA
dirían lo que dice un rayo de sol rompiendo de sú-
bito entre las nubes y penetrándonos hasta la me-
dula del alma. Así entiendo yo que se demuestra
y que ha de imponerse el feminismo, sin lucha,
sin revolución: por evolución, por fuerza incon-
trastable de las corrientes de la Historia.
Intentaré expresar mi sentir contestando, di-
recta o implícitamente, a sus interrogaciones.
Me pregunta usted si creo que existe oposición
entre feminidad y feminismo; y resueltamente
contesto que no hay tal oposición, entendiendo
por Jeminidad la perfecta armonía del dualismo
psicofísico que integra -nuestro sexo, y por Jetni-
nistnOf la afirmación de la igualdad espiritual de
la mujer y del hombre ante toda ley y todo de-
recho.
A mi parecer, el problema del feminismo, en
realidad, no debiera existir, entendido como con-
traposición entre feminismo y antifeminismo, por-
que, como acaba de decir mi insigne amiga la
condesa de Pardo Bazán, «no hay mujeres ni
hombres ante la ley — ante ninguna ley «— , sino
Humanidad tan solo». Humanidad dividida o re-
partida en dos sexos, hechos para completarse y
armonizarse, no para hostilizarse en modo al-
guno.
El concepto de la inferioridad intelectual de
nuestro sexo, único fundamento o fórmula táci-
tamente convenida por los hombres y pasiva o
indiferentemente aceptada por las mujeres, para
mantenemos por largos siglos en minoridad mo-
168
L A -M U.J ER MODERNA
■■l.WI,! lililí IIIJI ^11 «—L . ' - ' '
ral y como al margen de la vida, no fué nimca
cierto, ni es ya, en modo alguno, sostenible. Toda
la Historia atestigua de la no inferioridad men-
tal de la mujer respecto al hombre. Toda la His-
toria demuestra que la mujer, dotada de un alma
hecha tan a semejanza de Dios comp la del hom-
bre, fué, por lo tanto, siempre igual al hombre
espirítualmente; tUTO idénticas facultades menta-
les y afectivas, idénticas potencias del espíritu; y
para mostrarse igual al hombre en el actuar hu-
mano de ese espíritu, para traducir en altas accio-
nes o en obras del entendimiento su espirituali-
dad, sólo necesitó siempre una cosa: ocasión en
qtie manifestarse.
Cuando la ocasión llegaba traída por el acaso, o
mejor por la Providencia, la mujer, en posesión
de su albedrío, desplegaba enteras las alas del
espíritu — del espíritu humano, que Dios encen-
dió con su soplo, sin achicarlo ni agrandarlo al
infundirlo en el uno o en el otro sexo — , y como
si aprpvechase ávidamente la rara oportunidad
de afirmar su moral soberanía, la mujer se mos-
tró siempre a la altura y aun por encima de la
misión que se le confiaba. ¿Ejemplos? Pedirlos
significa ignorar la Historia; pero ahí está el pa-
sado de la realeza. Nadie ignora que en la serie
de los soberanos fueron muchos más en número
los varones que las hembras, y nadie ignora tam-
poco que, proporcional y aun absolutamente, el
número de las grandes reinas es muy superior al
de los grandes reyes; más aún, que toda ingente
169
G. MARTÍNEZ SIERRA
nacionalidad, en su período de florecimiento, se
personifica en una mujer, desde Semiramis hasta
nuestros días. Y cuéntese que las grandes reinas
no lo fueron ni por predestinación milagrosa, ni por
derecho divino, ni seleccionándolas entre las de
su generación, ni llegaron a su grandeza por lar-
ga y sabia preparación cultural; muchas de ellas,
como Isabel la Católica, por glorioso ejemplo, su-
bieron al trono fortuitamente — en general, para
suplir la falta de un varón, que hubiese sido infe-
rior a ellas—; la suerte las llevó a reinar, y la
suerte — ¡casualidad elocuentísima! — las halló
siempre aptas para tan alto ministerio: la ocasión
feliz las reveló, pero ellas eran,
Y lo que ocurrió a lo largo de la Historia con
las grandes reinas ocurre obscura y concluyen-
temente a diario con mil mujeres anónimas que
todos conocemos: viven obscuras, caseras, ha-
cendosas o frivolas y ociosas, olvidadas, igno-
rantes de sí mismas, en el retiro de su hogar
aristocrático, pobre o burgués, o bullendo en
sociedad, y un cambio de fortuna, la ruina o
la viudez, las revela; el espíritu baja a ellas en
lenguas de fuego, el amor maternal o filial las
inspira, las hace autodidactas; conviértense en
mecanógrafas, institutrices, profesoras, catedrá-
ticas; y con milagrosa multiplicidad de aptitu-
des — y yo podría citar casos gloriosos — saben
ser, a un tiempo, educadoras, enfermeras, mo-
distas habilísimas de sus niños, y profesoras,
catedráticos admirables en grandes centros do-
170
LA MUJER MODERNA
centes. La ocasión las reveló, pero ellas eran.
Mas los ejemplos son multitud. ¿Se quiere un
magno ejemplo colectivo? Solemne y aplastante
nos lo ofrece la guerra mundial que presencia-
mos. En Francia, en Alemania, en Inglaterra, en
todas las naciones beligerantes se ha dado el caso
colectivo con simultaneidad y unanimidad por-
tentosas. Sin preparación, sin aprendizaje, las
mujeres han acudido a llenar los vacíos que de-
jaban los hombres en todas las manifestaciones
del trabajo y de la actividad humana. Fué la
ocasión reveladora — la mayor que vieron los si-
glos — de las aptitudes del sexo. Ante tal ejem-
plo, los que aún hablaban de inferioridad femeni-
na han enmudecido. Por dura ley de las circuns-
tancias, el feminismo adviene como debe adve-
nir, no por revolución^ por evolución; ^\ auxilio,
la magna intervención femenina en la vida so-
cial, ocasionada por la guerra, no se realiza en
pugna con el hombre, sino en mancomunidad con
él, y así ha de ser siempre esta armonía humana.
Cuando cese esta guerra espantosa, las muje-
res, necesariamente, seguirán cubriendo las ba-
jas de los hombres, ocupando infinitos vacíos que
dejó la muerte, sustituyendo a los innumerables
inválidos de la hecatombe, ayudando a los su-
pervivientes en la enorme obra de la reconstitu-
ción de sus patrias, hechas pavesas y escombros.
Nuestro sexo, a pesar de su atrofia secular, in-
evitablemente hereditaria, seguirá sustituyendo
al otro sexo en todas las manifestaciones de la ac-
171
G. MARTÍNEZ SIERRA
tívidad humana, y sustituyéndole — según refe-
rencias — no con desventaja, sino con aptitudes,
para improvisadas, asombrosas.
Así, no sólo no es ya lícito — no lo fué nunca — ,
sino que no es racionalmente posible, hablar de
la inferioridad de la mujer. Y descartada su ca-
lumniosa inferioridad espiritual, es un crimen de.
lesa justicia proceder, social o legalm^te, como
si tal inferioridad existiera.
Siglos hace que en la patria de Isabel la Ca-
tólica y de Teresa de Jesús no era licito afirmar
tal interioridad, y ya dije en otra ocasión que
«con Santa Teresa se incorporó triunfalmente la
mujer a la vida intelectual del mundo», y demos-
tré con palabras de la excelsa doctora que la San-
ta puso plena conciencia en esta asociación del
sexo a la vida espiritual colectiva (1).
Reconocida por indubitable la no inferioridad
de la mujer repecto al hombre, creo asimismo de
justicia reconocer la no identidad de facultades
morales y sensitivas, es decir, el predominio
afectivo en toda la vida espiritual femenina res-
pecto al otro sexo.
Así — cifiéndome a nuestras mujeres — entien-
do yo que todas^las egregias españolas que llega-
ron a las cumbres de la inmortalidad, no llegaron
a ellas a pesar de ser mujeres, sino precisamente
(1) Influjo de la Mística, de Santa Teresa singular-
mente, sobre nuestro grande arte nacional, página 24,
texto y nota.
172
LA MUJER MODERNA
^^^^— ^M^ ■ I » ■■Illa I II — ^— — ^— — ^^M^M»^^^»^»-^— 11 I I I ■ I I l| I ^■^■^—11 ■■■■!-■- -■ MI n i I ■» I ■ I ■ ^^»^— I M ^^^»<^M ■ mM
por serlo — y aquí entra la identidad entre femi-
nidad y feminismo — ; porque en la mujer la vida
intelectual es mucho más una que en el hombre
con la vida afectiva; asi todas las ideas tienen en
ella raíces de amor y floración de belleza, y el ra-
zonar femenino tiene siempre hervores e ímpetus
de afecto y lumbres de fantasía, lo cual no es
defecto ni flaqueza, sino virtud y poder doblados;
porque pensar que arraiga en el sentir, nace ani-
mado de calor de humanidad, de sentido de justi-
cia, de poder de acción y de vida. Y con las alas
de fuego del amor (del amor a Dios, del amor de
patria, del amor de caridad, del amor a la belle-
za), lá mujer, condicionada para toda alta em-
presa mental, aunque no preparada ni educada
para ella — antes apartada tercamente de todo
estímulo y actividad del entendimiento — , se alzó
tríunfalmente a las más excelsas cumbres y pro-
bó con el hecho lo que la ley (no el derecho) y
la fuerza le negaban. Así Concepción Arenal fué
tan alta doctora en4^enalismo, por lo que Santa
Teresa (aparte la santidad) fue tan gran maes-
tra en Mística, porque la raíz de la ciencia en la
Arenal era caridad, amor, y la raíz de la alta
ciencia y de la soberana poesía de Santa Teresa
era el amor a Dios y al prójimo, y no hay cien-
cia como la cienqia de amor aprendida por alma
de mujer. Y como somos semejanza de Dios, pue-
de decirse, en pequeño, de toda empresa que el
amor inspira, lo que Teresa de Jesús dijo de las
palabras de Dios: *que tienen Juerea de obra*.
173
G. MARTÍNEZ SIERRA
He aquí el secreto de que toda idea y propósito
de mujer tenga fuerza de obra, que arraiga
siempre en amor, y el amor es el padre de la
acción y de la vida.
Esta diversificación de facultades, que origina
una diversificación de aptitudes, determina ya
por sí las distintas actividades y actuaciones a
que han de aplicarse con preferencia, respectiva-
mente, hombres y mujeres. (Nótese que digo con
preferencia y no con exclusivismo.) A esa natu-
ral diferenciación — cualitativa, no cuantitativa,
que no supone superioridad ni inferioridad, sino
diferencia armonizable — , a ese predominio de la
afectividad, que predestina a la mujer a su alta
misión de esposa y de madre, que el Cristianis-
mo ha levantado a la más excelsa cumbre moral,
han de someterse y adaptarse preferentemente
los destinos y actividades de la mujer. Claro es
que la mujer ante todo ha de ser madre; pero ni
los deberes de la maternidad absorben entera la
vida de la mujer, ni excluyen, antes exigen, el
mayor cultivo del espíritu, ni todas las mujeres
son madres. Hay una verdadera multitud de mu-
jeres solteras, un gran número de viudas, obli-
gadas todas a luchar por la vida, por su vida
y por la de los suyos, y a tales mujeres, noble-
mente trabajadoras, a veces luchadoras heroi-
cas, mártires de abnegación^ es iniquidad ce-
rrarles los caminos, depreciarles la labor, con-
tradecirles los méritos, regatearles la tabla en
el naufragio o el laurel en la noble lid iptelec-
174
LA MUJER MODERNA
tual por el grave delito de haber nacido mujeres.
No sólo por utilitarismo — que no existimos
únicamente para lo que el mundo llama útil — ,
no sólo por misericordia, sino, como ha dicho la
gloriosa condesa de Pardo Bazán, ^poríjue es
justo» , deben abrirse a la mujer los nobles cami-
nos de la acción social, intelectual y estética.
¿Legisladoras? ¿Administradoras de intereses
públicos? ¿Por qué no? Ya nuestras fundadoras
excelsas, desde Santa Teresa a Ernestina Manuel
de Villena, probaron sus dotes sociales, legislati-
vas y económicas. */Magna legífera!* — ¡Magna
legisladora! — llamó León XIII a Teresa de Je-
sús, entusiasmado ante la sabiduría que dictó las
Constituciones y consejos a sus monjas. Y en
cada familia — y de familias se componen las na-
ciones — , ¿no es la mujer administradora y hacen-
dista admirable?
En el gran concierto humano, la complicada
vida moderna necesita de todos los brazos y de
todos los cerebros; la distribución del trabajo se
impondrá por fuerza de las circunstancias y en
razón de las aptitudes y de los méritos individua-
les. Lo que por el momento importa es deponer
absurdos prejuicios y reconocer de hecho a la
mujer prerrogativas sociales, que de derecho le
corresponden por su jerarquía espiritual, en nada
inferior a la de la otra media humanidad.
XXII
EL TRIUNFO DEL FEMINISMO ES INEVITABLE
DR FRANCISCO LARGO CABALLERO
PARA un socialista, el feminismo ha de ser una
de tantas reivindicaciones a que aspira su
parado, el cual tiene en su programa la igualdad
de derechos políticos y civiles para todos los ciu-
dadanos de ambos sexos.
Yo, por mi parte, en un principio acepté este
aspecto del problema social por puro sentimenta-
lismo, sin estar en absoluto libre de los prejuicios
corrientes entre los que aceptan sin examen las
teorías de Mocbius, pero hoy es en mí una con-
vicción profunda la justicia de la aspiración de la
mujer a intervenir efectiva y directamente en la
Tida de la nación, y en la cual ella desempeña
una función acaso superior a la del hombre, y que,
a pesar de todas las oposiciones, va siendo una
realidad.
177
12
G. MARTÍNEZ SIERRA
Es, a más de injusto, absurdo el que las leyes
penales y civiles obliguen a la mujer a su cum-
plimiento so pena de ser juzgada sin ningún ate-
nuante, y, en cambio, no se la permita cooperar a
su confección.
Es inhumano negar a la mujer el derecho a in-
tervenir en la obra legislativa de carácter social
cuando por el inevitable desarrollo y perfecciona-
miento de los instrumentos de trabajo y por la es-
tructura económica del régimen capitalista, cada
día es mayor el número de las que se incorporan a
los que trabajan en la industria, en el comercio, en
la agricultura y hasta en las profesiones liberales.
Es una enormidad impedir a la mujer su inter-
vención en la obra de fijación y distribución de los
impuestos y arbitrios y obligarla a que contribuya
a sostener las cargas económicas del Estado.
Es hasta criminal obligar a la madre a entregar
a sus hijos para la prestación del servicio militar
y no facilitarla el modo de que influya directa-
mente para que este sacrificio sea realizado por
todos dentro de la mayor equidad y justicia.
Considero pueril querer sostener, hoy, que las
condiciones morales y de capacidad mental para
la dirección política y administrativa, y especial-
mente esta última, de la nación son inherentes a
uno solo de los sexos, pues la historia nos ha en-
señado que no siempre ha sido el hombre el guía
y arbitro de los destinos del Estado y de la fami-
lia, como lo demuestra la preexistencia del dere-
cho materno y del matriarcado.
178
LA MUJER MODERNA
La teoría de la inferioridad mental de la mujer,
de Moebius, y su afirmación de que aquélla sólo
debe ocuparse de parir y cuidar de sus hijos, está
siendo muy desvirtuada por los hechos, y éstos
nos están demostrando que la diferencia de con-
diciones morales e intelectuales de la mujer con
relación a las del hombre no es absoluta, sino tan
relativa como la que existe entre los hombres mis-
mos, y que en su mayor parte es, más que natural,
producto de un sistema social que tiene por base
la desigualdad de los medios para el fácil desarro-
llo de las condiciones naturales del individuo.
El triunfo del feminismo es inevitable, y será
más inmediato cuanto mayor sea el progreso in-
dustrial y económico de las naciones, siendo com-
pleto al verificarse la ineludible transformación
del régimen individualista actual en otro socialis-
ta; pero considero indispensable para preparar y
capacitar mejor a lá mujer, a fin de que la transi-
ción no sea tan violenta, el que reciba upa educa-
ción integral, tanto intelectual como física y has-
ta práctica, dándole acceso a todos los centros de
enseñanza y cultura, incluso a las Escuelas de Ar-
tes y Oficios.
XXIII
RUISEÑOR EN JAULA
DE F. GÁRCÍASANCHÍZ
LEO con mucho interés, querido y admirado^
Gregorio, sus artículos de ^ ^ C^ en que se
trata de conceder a las n. jjeres todos ios dere-
chos sociales que el hombre monopoliza, que ha
usurpado tal vez. Es admirable su campaña, pero
yo la encuentro un poco inactual. ¿Me permite
usted una observación? Condensaré mi razona-
miento en breves palabras. Antes de otorgar a las
mujeres la igualdad con el hombre, procuremos
elevar a las españolas a la dignidad de la fémina
europea. Es decir, que sean mujeres la nuestras.
Porque, y debido a la torpeza y la brutalidad va-
ronil, puede afirmarse que la mujer española vive
en la mayoría de los hogares como bestezuela do-
méstica, y no siempre en calidad de bichito de lujo,
como un ruiseñor en una jaula. Y lo peor es que
181
G. MARTÍNEZ SIERRA
nacen ya las españolas con una heredada resigna-
ción, decididas a la esclavitud, sin tan siquiera al-
bergar propósitos de rebeldía en el fondo del alma,
ese alma que casi no existe por falta de cultivo.
El español suele ser ignorante, despótico, vani-
doso y hasta cerril. Los escritores facilitaron la
excusa gallarda y pintoresca de tanta plebeyez
con el abolengo árabe, de que se enorgullecen los
hidalgos, y con las caballerescas metafísicas cal-
deronianas. Este salvaje presumido, que abunda
en la Península, necesita ejercer su cacicazgo en
su casa para vengarse de los caciques que sopor-
ta en la oficina, la calle y el círculo. En las pro-
vincias del Sur puede analizarse el fenómeno con
toda prolijidad. Gobierna allí como un virrey un
personaje de campanillas, que no se destaca por
su talento ni por sus virtudes. El triunfo de la
majeza vestida de levitt y condecorada con va-
rias cruces^ Luego hay el rebaño obediente, su-
miso, cobarde. Cada uno de esos borregos, que
obedecen al pie y la pedrada del falso pastor, se
convierte en leoncíto así que entra bajo el techo
familiar. Y sus esposas, que son buenas, dulces,
limpias de pecado, soportan al tirano^ ridículo y sin
dignidad personal. Yo quiero creer que se humi-
llan por grandeza de alma, que aceptan el marti-
rio en nombre de Dios y de los hijitos, o, si no,
que se hallan amedrentadas, o que son de una
ignorancia absoluta. ¿Cómo no rechazar la idea
de que la mujer, reflejo del cielo en la tierra, se
acomode a la complicidad con el marido que no se
182
LA MUJER MODERNA
rebela de que le marquen con un hierro en la es-
palda, de que lo utilice un pirata legal para sus
correrías afrentosas, criminales?
Cada vez que se habla de expansión española
por el mundo, se recuerda a quien aconseja la
conquista que antes deberíamos colonizar los de-
siertos de la patria. ¿No cree usted, mi ilustre
amigo Gregorio, que ocurre lo mismo en esto del
problema de la mujer? Debemos conseguir prime-
ramente que las españolas se percaten de su con-
dición de criaturas humanas, y luego vendrá como
feliz consecuencia la rebeldía femenil en contra
de los tiranuelos absurdos. Una vez me pregun-
taba una muchacha inteligente y discreta que por
qué la mayoría de los hombres se apartan de las
mujeres cultas. «Amiga mía—la respondí—, por
temor al fracaso; porque ya no podrían sostener
su arbitraria superioridad, porque son tontos y no
son puros de corazón.» Es preciso que la mujer
española sea algo más que una máquina incuba-
dora o un ama de llaves, que adquiera los privile-
gios debidos a su sensibilidad, sin que se achaque
a histerismo la ternura, el talento, las vagueda-
des del espíritu. Y es preciso también que deje de
vivir encerrada en su calabozo, y que acabe en
nosotros la constante afrenta mental de suponer
a nuestra compañera siempre al borde de todas
las flaquezas y claudicaciones...
Señor apóstol Martínez Sierra, perdone usted
mi intervención; pero me parece que usted tra-
taba de dar el voto a quien aún no tiene voz.
/
XXIV
PUESTO QUE LA MUJER DEBE CUMPLIR LA LEY,
DEBE CONTRIBUIR A FORMARLA
DB PEDRO DE RÉPIDE
ES indudable que la tradicional educación de la
mujer española, y la situación que entre nos-
otros se la depara por un atávico prejuicio musul-
mán, pueden dañar en su principio el reconoci-
miento y la práctica de los derechos femeninos a
que usted se refiere en su cuestionario.
Pero ello no debe ser obstáculo para que se rea-
lice la incorporación de las mujeres a la vida
pública, ya que, como usted afirma muy bien, la
mujer se halla sujeta a la ley tan estrictamente
como el hombre. Y debe, por lo tanto, contribuir a
la formación de la ley, pues que se halla obligada
a cumplirla.
La administración municipal es tarea esencial-
mente femenina. Hombres que se considerarían
186
G. MARTÍNEZ SIERRA
ofendidos si en su propia casa se les quisiera en-
cargar de tales menesteres como la limpieza, el
avituallamiento y todo el cuidado del buen orden
doméstico, afánanse, en cambio, por dedicarse a
estas mismas labores ampliadas al servicio de sus
convecinos.
La intervención de la mujer en los asuntos de
Estado yo no sé si traería, como usted pregunta,
un elemento de moralidad y de sentido práctico,
porque en estas cualidades allá se van hombres y
mujeres como formados que son del mismo fragi.
lísimo barro. Hasta ahora no se conoce el sistema
más que viendo en la historia reinas al frente de
los pueblos, y unas veces ha resultado bien y otras
mal, lo mismo que cuando ha gobernado un rey en
vez de «una reina hembra», como se dijo una vez
en las Cortes.
Eli cuanto al medio que usted demanda para la
capacitación y preparación de la mujer ante su
nueva tarea de intervención en la vida pública,
me parece necesaria una educación racional y
libre de prejuicios. Lo mismo en las mujeres que
han de colaborar en la obra gubernamental y ad-
ministrativa, que en los hombres que han de tener-
las al lado y en los que han de ser gobernados y
administradas por ellas.
XXV
COMPAÑERA DSL HOMBRE
DE MA TILDE G, DEL REAL
EL feminismo, cuyo triunfo — en los países la-
tinos particularmente— parecía tan lejano
hace algunos aflos, ha hecho un avance tan for-
midable desde el comienzo de la guerra, que has*
ta los espíritus más apocados y pusilánimes lo ad-
miten ya, si no como cosa deseable, por lo menos
como posibilidad.
Las feministas extranjeras dicen que es triste
el que su causa se haya ganado a costa de tan-
tos sufrimientos y tantas lágri.aas. Sin duda han
olvidado que es ley de la Humanidad^ el que sus
grandes ideales, lo mismo que sus individuos, ten-
gan que venir a la vida entre lágrimas y dolores.
Pero, como decía nuestra insigne feminista Con-
cepción Arenal, «el dolor santifica y ennoblece
todo lo que toca» .
187
G. MARTÍNEZ SIER.RA
¿Existe —me pregunta usted— oposición esen-
cial entre Jeminidad y Jeminismo? Eso depende
del sentido que se dé a las palabras.
Si llamamos feminidad a la coquetería, a la frí-
Tolídad, a la inconsciencia de los deberes y resr
ponsabilidades que la Naturaleza y la vida impo-
nen a la mujer... ^nionces Jeminidad y femi-
nismo son términos incompatibles.
Pero si entendemos por feminidad el amplio y
armónico florecimiento de todas las energías y
cualidades espirituales y físicas con que el Crea-
dor ha dotado a la mujer —sin excluir la más
excelsa de todas, el instinto de conservación y
defensa de la especie, sublimizado en el amor
maternal—, en este caso el sentido de ambas
palabras es casi idéntico.
Si la mujer no puede intervenir en la elabora-
ción o modificación de las leyes de protección a
la infancia, ¿cómo podrá defender la salud y la
vida de sus hijos pequeños y del niño en general?
Si cuando mayores no tiene medios para im-
pedir que la ambición de un tirano o la exalta-
ción de un fanático los lleve a perecer en gue-
rras inicuas o inútiles; si no le es dado evitar que
un padre pródigo o poco acertado en los asuntos
los arruine; si ni siquiera puede ostentar la pa-
tria potestad más que a costa de la muerte de su
marido..., en todos estos casos, ¡cuántas veces
se sublevará su espíritu contra esas leyes injus-
tas, sin comprender que no serán justas para ella
y sus hijps hasta que ella misma no coopere con
188
LA MUJER MODBRNA
el hombre a su elaboración y modificaciónl Ade-
más, que, como usted dice con mucho acierto j
espíritu de justicia, el que no contribuye a elabo-
rar una ley no debe estar sometido a ella.
Pienso» como usted, que la administración y or-
ganización de muchos de los servicios municipa-
les es cosa muy femenina^ para usar el lenguaje
corriente. Por eso el voto municipal y el cargo de
concejal podrían desde luego ser otorgados a al-
gunas mujeres, destinándolas luego a aquellas
Comisiones y servicios más análogos a sus actua-
les ocupaciones; los mercados, la beneficencia,
etcétera, nada perderían con ser dirigidos y admi-
nistrados por mujeres.
En cambio, no creo que por ahora la interven-
ción de la mujer pudiese influir grandemente en
moralización de los servicios del Estado. Estoy
convencida de que la mitad de las veces, por lo
menos, que un hombre prevarica es por culpa de
una mujer. Sin embargo, yo no me opondría, si
de mí dependiera, a que fuese una mujer la que
desempeñara, por ejemplo, el ministerio de Ha-
cienda o el de Abastecimientos si se cree que tan
inútil organismo debe subsistir.
—¿Qué medios— dice usted — podríamos emplear
para capacitar a la mujer española para las nue-
vas tareas que bien pronto habrá de tener que
desempeñar por ley ineludible del progresor
En primer lugar, creo que es la misma mujer la
que debe capacitarse por medio del estudio y el
trabajo; y demostrando prácticamente, como han
189
G. MARTÍNEZ SIERRA
hecho sus hermanas de otros países, que sabe ha-
cer bien las cosas que se le encomiendan. Des-
pués, que todos los que, como usted, son entusias-
tas de esta noble causa continúen prestándole su
apoyo en el libro, en el periódico, por medio de
cursos y conferencias en que se traten seriamente
los asuntos relacionados con el mejoramiento so-
cial de la mujer.
Esto, unido al ejemplo de las naciones en que el
triunfo del feminismo es ya un hecho, nos hace
esperar para el porvenir días de paz y de ventu-
ra, en que la mujer, investida por fin de sus dere-
chos civiles y políticos, pero siempre amante com-
pañera del hombre, pueda colaborar con él en
todas las obras de resurgimiento y cultura de
nuestra querida patria.
XXVI
PARA TERMINAR.- UN POCO DE HISTORIA
YA qtie han podido ustedes leer y meditar la
opinión de unos cuantos ilustres compatrio-
tas sobre la tan debatida cuestión del sufragio
femenino, quiero, bajando del monte de la medi-
tación al llano de la realidad, hacer para ustedes
un poco de historia y responder a la pregunta
que acaso muchas de ustedes formulan antes de
cerrar este libro: ¿Qué se ha conseguido ya en el
mundo en este sentido? ¿Cuándo y cómo se han
dado, se han ganado y se han perdido las batallas
en favor de nuestro derecho? Aquí van unas cuan-
tas fechas y unos cuantos nombres, que pueden
servir a ustedes, a modo de programa, para un
estudio más completo de la cuestión.
La palabra «mujer» resume una larga historia
de dependencia y de subordinación injusta, de las
cuales Ja mujer de hoy se va emancipando gra-
dualmente, al menos en la civilización occidental.
191
G. MARTÍNEZ SIERRA
El movimiento llamado «feminista» no es, en
realidad, más que una lucha para lograr que se le
reconozca igualdad de «responsabilidad» y de
«derechos» con el hombre. Esta «igualdad» no
excluye la aceptación «voluntaria» de ciertas re-
laciones y condiciones particulares, no de subor-
dinación^ sino de especiali sacian, bajo la forma
de asociación en el matrimonio.
El concepto total de la posición de la mujer en
la vida social y su capacidad para tomar parte en
el trabajo del mundo^ han cambiado radicalmente
en el siglo xix. ¿Por qué? En primer lugar, a me-
diados del siglo aumenta en grandísima propor-
ción el número de mujeres. En segundo, la in-
vención de las máquinas, y en especial la de la
máquina de coser —que empieza a usarse de un
modo general hacia 1840 — sacan del hogar casi
todo el trabajo que la mujer realizaba en él ex-
clusivamente. Hay, pues, muchísimas más muje-
res que nunca — en proporción al número de hom-
bres— y tienen muchísimo menos que hacer. La
mujer tiene tiempo para pensar, para reflexionar
sobre la vida y sobre sí misma: todo el que medita
ensancha su conciencia, y la conciencia, al per-
feccionarse, ineludiblemente exige más obligación:
esto es lo que se llama hambre y sed de justicia.
Este impulso, tan inevitable como una ley na-
tural, ha hecho salir a las mujeres que se habían
quedado «sin obligaciones domésticas» fuera del
círculo de sus hogares en busca de «justicia
social». Pero al querer empezar la lucha y el tra-
192
LA MUJER MODERNA
ba]o, se han encontrado sin armas y sin medios.
Les faltaba saber y les faltaba poder. Por eso la
reivindicación femenina tiene dos clamores: pide
la educación^ el arma moral, j pide el derecho al
voto, el arma material.
Los dos países verdaderamente libertadores de
la mujer han sido Inglaterra y Norteamérica.
Entre las fechas de importancia para el triunfo
femenino en su lucha por el saber deben ustedes
recordar las siguientes:
1848. Se funda el Queen^s College (Institución
especial para enseñanza de mujeres) en Ingla-
terra. Fundador, Frederick Denison Mauríce«
1849, Elizabeth Blackwell se gradúa de mé-
dico en el Colegio Médico de Geneva (Estados
Unidos de América), después de reñidísima lucha.
(Véase su viáa escrita por ella misma.)
1859. Esta misma valerosa mujer es admitida
en el Registro Médico de la Gran Bretaña.
1865. Miss Garret Anderson obtiene el título
y el diploma de la Sociedad de Farmacéuticos de
la Gran Bretaña.
1876. Se aprueba la ley concediendo a los
Cuerpos Examinadores británicos el derecho a
conferir todos sus grades y títulos sin distinción
de sexos.
1908. El Real Colegio de Médicos y Cirujanos
de la Gran Bretaña decide admitir en su seno a las
mujeres, en perfecta igualdad con los hombres.
De aquí en adelante, en el campo del saber y el
trabajo profesional ya no hay discusiones.
193
it
G. MARTÍNEZ SIBRRA
Lo extraño es ya, no que las mujeres ocupen
una esfera cualquiera de actividad, sino que exis-
ta alguna de la cual estén excluidas. '
Lucha por el poder ^ es decir, por el voto, que
es la única forma de ejercerle, dentro del actual
sistema de Gobiernos parlamentarios.
Empieza el movimiento a mediados del si-
glo XIX, aunque ya en Inglaterra se habían publi-
cado dos libros, c^ue se pueden llamar precurso-
res: uno en 1697, Serious proposqls to ladies^
por Mary Astell, y otro en 1790, Vindication oj
the rights of warnen, por Mary Wollstonecraft.
1857! Se forma la primera Asociación política:
Shejfield Jemale Politicol Association,
En Julio del mismo año, Mrs. }onh Stuart Mili
pública un artículo «feminista» en la Westminster
Revue,
1858. Se. funda el periódico La Mujer In-
glesa.
Esta es la que puede llamarse era de prepara-
ción.
1865, John Stuart Mili (autor de La esclavi-
tud Jemenina^ libro que todas las mujeres deben
leer y meditar), es elegido diputado por West-
minster y coloca el sufragio femenino en el pro-
grama de su candidatura.
1867. John Stuart Mili presenta la primera
petición en favor del sufragio femenino ante la
Cámara.
1870. Se funda el periódico feminista ÍFom^n's
Sujfrage Journal,
194
LA MUJER MODERNA
Hasta 1906 se hace un trabajo político, al pare-
cer ineficaz. Las proposiciones en favor del sufra-
gio femenino que se presentan en todas las legis-
laturas a la consideración de la Cámara británica
son rechazadas invariablemente.
De 1906 a 1910 la lucha adquiere nuevos des-
arrollos. Las mujeres continúan la propaganda
constitucional; procurando influir sobre los repre-
sentantes del país; pero apelan además a otros
medios: organizan meetings, interpelan a los mi-
nistros liberales, organizan metódicamente una
serie de disturbios y alteraciones de orden público
que han hecho famoso en el mundo entero el títu-
lo de «sufragista». Miss Christabel Pankhurst y
miss Annie Kennev son multadas en Mancbester
en 1906 por sus trabajos de propaganda, y enton-
ces las mujeres deciden hacer oposición sistemá-
tica e incesante al Gobierno, sea cual sea, hasta
que cualquier partido acepte oficialmente la reso-
lución de conceder el. voto a las mujeres. Se deci-
den dos formas de oposición: 1.^ Campañas con-
tra los candidatos del Gobierno, sean quienes fue-
ren, y 2.* Comisión incesante de pequeños delitos
que atraigan la mayor atención posible sobre la
causa de la emancipación femenina. Esta lucha^
al parecer extraña y desconcertante, dura en la
Gran Bretaña hasta la declaración de la guerra
en 1914.
En América el feminismo ha adoptado otros
métodos, porque desde el momento mismo de la
colonización, la mujer ha sido compañera del hom-
195
G. MARTÍNEZ SIERRA
bre en el trabajo y ha ganado por esto una gran
consideración en el concepto de su «asociado». El
alborear de la «conciencia política» de la mujer
americana se encuentra en los manifiestos de Abi-
gail Addams (mujer del presidente John Addams),
de Mercy Otis Warren y de Hannah Lee Corin,
que piden que la mujer —ya que paga impuestos
lo mismo que el hombre— tenga representación
directa en el Parlamento.
1869. Se funda en New- York la National
Women's Suffrage Associatiofiy y en Cleveland
la American Woman^s SuJJrage Association,
Estas dos Asociaciones se unen en 1890 y cons-
tituyen la National American Woman^s SuJ-
Jrage Association^ de la cual, desde 1900, es pre-
sidenta Miss Chapmann Catt.
En 1902 se funda el organismo que más eficaz-
mente ha trabajado en favor del sufragio feme-
nino: La Alianza Internacional para el Sufra-
gio Femenino (International Woman^s SuJJrage
Alliance).
1907. Se funda ea Bruselas el periódico Jus
SuJJragiiy órgano de la Alianza.
El primer país que otorga a las mujeres el de-
recho al voto es Nueva Zelanda, en 1893. Siguen
los Estados de Australia, de los cuales el primer
Estado (Sur Australia) le concede en 1894 y el
último (Victoria) en 1908.
Estados Unidos de América. —El primer Esta-
do que concede el voto a la mujer es el de Wyo-
ming, en 1869.
196
LA MUJER MODBRNA
f
En Finlandia se concede en 1906 el sufragio
universal para todos los ciudadanos mayores de
veinticuatro años, y hay 19 mujeres miembros de
la Dieta.
En Noruega, desde 1907 votan las mujeres que
pagan un cierto impuesto sobre la renta. Después
de la guerra, que ha demostrado indudablemente
la capacidad de la mujer para la vida pública y
el trabajo social, se han conseguido los resultados
siguientes:
Dinamarca e Islandia conceden el voto a la
mujer en 1915.
La Revolución rusa incluyó la extensión del
voto a la mujer en su Asamblea Constituyente, y
la segunda Revolución la iguala en absoluto en
derechos políticos con el hombre.
El Reino Unido de la Gran Bretafia e Irlanda
concede el derecho al sufragio a la mujer en 1918.
La primera mujer elegida miembro del Parla-
mento es lady Astor.
Este mismo año de 1918 da el voto a las muje-
res del Canadá, y por efecto de la Revolución se
e concede también a las mujeres de Alemania,
Austria, Hungría, Polonia y Checoeslovaquia.
En 1919 le otorgan Succia y los Países Bajos.
En los Estados Unidos de América, 35 Estados
(en ellos votan ya las mujeres) se han adherido a
la reforma; la Constitución exige que sean 36 los
que hayan tomado esta resolución para que la
adopte la Federación toda. Poco falta, pues, para
el triunfo completo.
197
G. MARTÍNEZ SIERRA
Hasta ahora ningún país latino ha adoptado la
reforma. Las dos Cámaras del Parlamento italia-
no han aprobado ya la ley; pero el Parlamento se
disolvió antes de que el rey hubiese puesto su
firma. De todos modos, es de esperar que pronto
sea un hecho.
En España, como ustedes saben, empieza a agi-
tarse la opinión en este sentido. La AlianBa In-
ternacional para el Sufragio de la Mujer estará
celebrando en Ginebra su octavo Congreso en el
momento en que se imprima este libro. Por pri-
mera vez estará nuestra patria representada por
unas cuantas mujeres en una reunión de esta ín-
dole. Esperemos que este paso adelante sea pre-
cursor de nuevas, eficaces y fecundas actividades
femeninas en esta patria nuestra, en que hasta los
hombres están un poco dormidos ante los proble-
mas y las orientaciones de la vida nueva, que im-
periosamente se imponen en el mundo.
FIN
Índice
¿ÍCL
Pi6logo 7
I. — BI feminismo y la Bspafia que piensa, ... 11
n. — La política, que, én resnmidas cuentas, es
el buen gobierno de una casa grande,
debe ser negocio ezclnsiyamente feme«
niño. — Opinión de Armando Palacio
Valdés 17
m. — El gobierno de las mujeres. -^Fragmentos
de Armando PálAcio Valdés 23
IV.— -Acerca del feminismo. — Opinión de Julio
Cejador 53
V. -*Como mujer la enidaron y para que como
mujer hablase « '..... 71
VI.— Opinión de un gran novelista (Ricardo
León), que es al propio tiempo fer-
viente católico 77
Vn.—- Hágase lo justo porque es justo. Si es o
no es conveniente, se verá después»*—
Opinión de la Bzcma. Sra. Condesa de
Pardo Basan 88
201
í N D I C ]
Págs.
Vni. — El peligro de la incultura y de la volun-
tad ineducada. — Opinión de Gómez Sa-
quero 91
IX.— La inmoralidad de la influencia oculta.—
Opinión de M. Linares Rivas 97
X. — Lo único que pedimos. —Opinión de Ma-
ría de Maeztu 103
XI. — Obras son amores y no buenas razones.—
Opinión del Sr. Alcalá Zamora 109
XII.— Feminidad y feminismo. — Opinión de Ra-
miro de Maeztu ....• 115
Xm.— El feminismo es la libertad del hombre. —
Opinión de Luis Araqulstain 123
XIV. — Un político militante es partidario deque
la mujer interrenga directamente en la
gobernación del Estado. — Opinión de
D. José Francos Rodríguez 129
XV.— Hay que desbarbarízar al hombre,— Opi-
nión de Alberto Insúa 137
XVI. — La mujer-persona. —Opinión de Concep-
ción Sáiz 143
XVII. — Educarla, educarla, educarla...— Opinión
de Rafael Altamira 147
^Vni. — A mayor libertad, mayor virtud. — Opi-
nión de Luca de Tena. . . . « 149
XIX. Una mujer anti-feminista.— Opinión de
*
Carmen Rojo 157
202
í N
Págs.
XX. — Es imposible negar la igualdad. — Opinión
de Luis de Zulueta 163
XXI. — Acción^ no palabra.— Opinión de Blanca
de los Ríos de Lampérez 167
XXII. — El triunfo del feminismo es inevitable. —
Opinión de Francisco Largo Caballero . 177
XXin. — Ruiseñor en jaula. — Opinión de F. García
Sanchíz 181
XXIV. — Puesto que la mujer debe cumplir la ley,
debe contribuir a formarla -—Opinión
de Pedro de Répide 185
XXV. — Compañera del hombre. — Opinión de Ma-
tilde G. del Real 187
XXVI, — Para terminar. — Un poco de historia. . . . 191
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Segunda edición 3,50
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Mama . — Madrigal . — El pobrbcito
Juan 4,50
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Tú ERES la paz 4,50
Abril melancólico 4,50
El diablo se rIe. Novelas 4,50
Granada. Gafa emocional 4,50
Motivos 4,50
La feria de Neuillt. liust. de Barradas 4,50
Feminismo . — Feminidad . — Españo-
lismo 4,50
La mujer moderna 4,50
La selva muda. Novelas 4,50
El peregrino ilusionado. Ilustraciones
de Laura Albéniz 4,50
Aldea ilusoria. Ilustraciones de Laura
Albéniz 4,50
Esperanza nuestra. — Sueños de una
noche de Agosto.— RosiNA es frAgil.. 4,5©
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TRADUCIDAS POR O. MARTÍNEZ SIERRA
LA PRINCESA MALENA. LA INTRUSA. LOS
CIEGOS 3,50
PELEAS Y MELISANDA. ALADINA Y PALO-
MIDES. INTERIOR. LA MUERTE DE TINTA-
GULES 3,50
AGLAVENA Y SELISETA. ARIANA Y BAR-
BA-AZUL. SOR BEATRIZ 3,50
LA SABIDURÍA Y EL DESTINO 3.50
EL TEMPLO SEPULTADO 3,50
COLECCIÓN
ESMERALDA
OBRAS DE' ENTRETENIMIENTO Y EDUCACIÓN, AÑA-
DEN A SU MÉRITO INTRÍNSECO SUS CONDICIpNES
DE MORALIDAD Y ENSEÑANZA, CONSTITUYENDO
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CUANDO LA TIERRA ERA NIÑA, de Hawthor-
NE. Traducción de G. Martínez Sierra. Ilustraciones
en color de Fontanals.
LOS TIEMPOS DIFÍCILES, de Dickens. Traduc-
ción de José Camino Nessi. Dustraciones de Ba-
rradas.
CANCIÓN DE CUNA
POR G. MARTÍNEZ SIERRA
Obra premiada por la Real Academia Espaffola.
DIBUJOS DE FONTANALS
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Cano, Bartoli, Beato Angélico, Bellini, Bot-
TiCELLi, Caroto, Crivelli, Donatello, Dure-
ro, Genhle de Fabriano, Giorgione, Leo-
nardo DE ViNCí, Lippi, Lorenzo de Credi,
Luga de la Robbia, Luini, Mantegna, Mem-
LiNOy Miguel Ángel, Mino de Fiésole, Mora-
les, MuRiLLO, Pbrugino, Rafael, Sassoferra-
To, Van Eyck y Verrocchio
Un tomo en 4.** de 220 páginas, tiradas sobre
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JUICIOS DE EMINENTES ESCRITORES Y CRÍTICOS.
RETRATO DEL ARTISTA
SANTIAGO RUSIÑOL. 31 fot., 6
JULIO ANTONIO 26-6
J. ROMERO DE TORRES 27-7
JOAQUÍN SOROLLA 27-7
RAMÓN CASAS 33-6
IGNACIO ZULOAGA 71 - 15
MIGUEL VILADRICH " 29-6
MANUEL BENEDITO 29-6
F. ALVAREZ DE SOTOMAYOR. 29 - 6
AGUAFORTISTAS 33-6
JOSÉ M> LÓPEZ MEZQUITA.. 29-7
EN PREPARACIÓN
FEDERICO BELTRÁN.
GUSTAVO DE MAEZTU.
EDUARDO ROSALES.
JOSÉ CLARA.
ANSELMO MIGUEL NIETO.
MANUEL CASANOVAS.
RETRATISTAS DEL SIGLO XVI, XVII. XVIII
Y XIX
ANTONIO MORO.
PANTOJA.
CARREÑO.
SÁNCHEZ COELLO.
VICENTE LÓPEZ.
FEDERICO DE MADRAZO.
IMP. FtLIX MOLINER
LBGAKITOS, 54, MADRID